14 agosto, 2016

Los tacos y Luis Barragán

por Juan Palomar Verea

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Hacia 1926 Luis Barragán no había hecho más que dos obras en Guadalajara: ciertos arreglos en su casa natal de Pedro Loza 139 (que requiere aunque sea una placa conmemorativa), y otros arreglos, más enérgicos, en la casa de don Emiliano Robles León en la esquina de Madero y Pavo. Y le llegó su primer encargo para edificar una obra a partir del terreno limpio. Ésta fue la casa del doctor Robles Castillo, en la esquina suroriente de Vallarta y Argentina.

Con sus ejemplares de Les Colombières y Jardins Enchantés -de la autoría de Ferdinand Bac- muy a la vista y traídos de un reciente viaje a Europa, el joven ingeniero atacó el proyecto con todo el brío de sus 24 años. El resultado fue una nueva síntesis de arquitectura doméstica tapatía. Entre los chalets eclécticos que entonces se alineaban sobre la avenida Vallarta, la casa Robles Castillo fue una anomalía. Fue una recuperación de la tradición edilicia local, de la sencillez que caracterizó a lo mejor de Guadalajara, bajo la clave aún muy visible de las enseñanzas mediterráneas de Bac. Y lo central de la valía de estas enseñanzas es su natural y genuina confluencia con las centenarias herencias mexicanas. Pero, además, algo muy personal inédito y de hondo aliento despertaba: eran los comienzos del arquitecto más importante que México ha dado.

Es por todo lo anterior que esta casa fundamental, inmersa en un destino incierto, ha tratado desde hace 25 años de ser defendida por la Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán (FATLB), y por algunas autoridades, no siempre diligentes. Cabe apuntar que la casa tiene una segunda morada, construida por Barragán poco después, adosada por el lado de Argentina. Esta edificación, desde hace mucho tiempo, ha sido ocupada y bien mantenida, muy meritoriamente, por el arquitecto Alfonso Gómez Contreras. Varios destinos ha tenido la casa Robles Castillo como inmueble en renta. De los últimos: un restaurant bar, una cafetería de poco afortunado nombre, un local de tortas con apelativo gringo, y ahora –próximamente- un expendio de tacos “estilo Tesistán.”

Ya la FATLB, por medio de la arquitecta Arabella González Huezo, su presidenta, ha tomado medidas para tratar que este nuevo uso no solamente no sea nocivo a la finca, sino que también, mediante las acciones emprendidas por el nuevo establecimiento, recupere ciertos valores ahora perdidos. El señor taquero ha mostrado su buena voluntad. Esperemos que las gestiones prosperen y que las autoridades concernidas (INBA, Secretaría de Cultura Estatal, Ayuntamiento) hagan lo necesario.

Es curioso que ahora, voces que en su vida han hecho algo por el frágil patrimonio barraganesco se alcen para repudiar, con gesto de asco, que la casa proyectada por el Premio Pritzker mexicano sea ocupada por una taquería. Complejos y ridiculeces del peor de los provincianismos. Alfonso Alfaro ha hablado de cómo los espíritus más refinados (en este caso del arte) están mucho más cerca, y comparten muchas más cosas, con las raíces populares que con las pretensiones y prejuicios de la clase media aspiracional. Este caso puede ser un buen ejemplo de lo anterior. La gran arquitectura guarda una cierta indiferencia con respecto a la función, dijo Aldo Rossi. Así que ojalá don Taquero se aplique, los funcionarios también, y pronto tengamos una obra más de Barragán en buen estado, para orgullo local y nacional. Y que los tacos estén muy buenos. Mientras tanto, se podría invitar a los quejosos de la taquería y “preocupados” por el patrimonio de Barragán a algo hacer o proponer acerca de dos señalados trabajos del maestro actualmente semiperdidos y en repetidas ocasiones ya tratados de rescatar: la Capilla Abierta del Parque de las Estrellas en Jardines del Bosque (1956), y las dos casas para renta del licenciado Robles León (1929) de la esquina surponiente de La Paz y Colonias. A ver.

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Hugo González Jiménez (1957–2021)

Hugo González Jiménez nació en Guadalajara en 1957. Se inscribió en la Escuela de Arquitectura del Iteso hacia 1975 y se graduó con honores en 1980. Fue un alumno reflexivo, serio, brillante y solidario. Siempre se destacó por su tranquila apostura, su humor en sordina, sus dibujos y sus partidos arquitectónicos originales y sólidos.

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