8 septiembre, 2020

Los obsesionados de la autoconstrucción

por Aura Cruz Aburto

 

La Villa Savoye en 1965. Foto de Victor Gubbins.

 

Antes de darle la palabra (o el teclado más bien) a mi colega y amigo Daniel de León Languré, me gustaría encuadrar el contexto de este artículo. Hace unos meses publiqué un texto que hablaba de arquitectura, experticia e injusticia. Este tema no ha parado de discurrir sólo en mi cabeza sino, afortunadamente, en el diálogo con más colegas, con más personas. A partir de este despliegue de conversaciones, hemos decidido (sí, hemos, los varios, los dialogantes) debatir más ideas, no para encontrar “la verdad”, sino para problematizar aún más nuestras prácticas, particularmente en su dimensión política. 

Pues bien, uno de los derroteros que me han parecido más interesantes es el que Daniel abrió ante mí: quizá el tema es que los arquitectos estamos tan atrincherados con una supuesta propiedad proyectual sobre la unidad doméstica, que nos estamos perdiendo muchos otros ámbitos donde la arquitectura requiere intervenir, requiere pensar y requiere convertirse en una profesión habilitante (versus su versión inhabilitante a la Iván Ilich). Les invito a que leamos juntos lo que Daniel tiene que decirnos:

 

 

Los obsesionados de la autoconstrucción

Por Daniel de León Languré

 

La sociología no valdría ni una hora de trabajo si ella debiera ser un saber de experto, reservado a expertos.

P. Bourdieu, Cuestiones sobre sociología

 

En 1931 el cineasta ruso Medvedkin y un grupo de 32 entusiastas del cine montaron en un tren, que viajó desde Moscú, un estudio de cine con todo lo necesario para producir una película. Después de montar el equipo de grabación, los laboratorios de edición, animación y el área de exhibición, el área sobrante para cada uno de ellos equivaldría a un metro cuadrado. El objetivo del viaje, dijo Medvedkin, era registrar todo lo que él y su equipo veían para luego mostrarles a las comunidades aledañas las mejores prácticas encontradas a su paso. De esa forma todos podrían aprender de todos y poco a poco construirían un nuevo mundo. 

En las últimas semanas ha tenido lugar un debate en el gremio de la construcción y en particular entre los arquitectos derivado de ciertas medidas del gobierno federal para paliar la crisis económica, en particular la de extender créditos de vivienda a los trabajadores y promover su uso en dinámicas de autoconstrucción. Bajo la lógica presidencial, si estos recursos llegan a los trabajadores directamente y los usan efectivamente en construir, ampliar o mejorar su vivienda contratando a mano de obra local, la base de la pirámide social, la de menos recursos, podría beneficiarse. 

Estas declaraciones han originado una gran cantidad de reacciones en contra bajo el argumento de que lo que terminará pasando es la construcción de viviendas de pésima calidad o mal gusto, en el mejor de los casos. Con ciertos aires burlones se ha pronosticado que los recursos no sólo no se ocuparán en la construcción de sus viviendas sino que serán usados en la consolidación de vicios y frivolidades. 

No está demás decir que es posible que fenómenos como la ocupación de territorios con vivienda de baja densidad, por nombrar uno de ellos como ejemplo, pueda ser uno de los resultados adversos, sobre todo si se parte desde el paradigma de la densificación como medida para hacer más eficiente todo tipo de infraestructura en las zonas más consolidadas de las ciudades. Por otro lado, en una sociedad tan desigual y clasista como la mexicana, también ha salido a relucir una serie de prejuicios en las conversaciones entre arquitectos que se autoproclaman como los únicos autorizados a decidir cómo debe vivir una persona y cómo deben los trabajadores usar los recursos que por años han producido.

Uno de los prejuicios más comunes es pensar que aquellos que acuden a la autoconstrucción es seguramente porque son pobres y por lo tanto ignorantes, viciosos y/o incapaces de concebir por ellos mismos aquello que se le llama “buen diseño”. Esta racionalización y equiparación de las cualidades de una persona con las de un objeto hasta el punto en que son indiferenciables no es algo nuevo. Boris Groys señala que probablemente pueda encontrarse su rastro cuando Adolf Loos indica que “el hombre moderno que se tatúa es un delincuente o un degenerado”, es decir, que si algo es cuestionable éticamente también lo es estéticamente y viceversa. Sin embargo, algunos de los que llegan a tal conclusión también son los que suelen elogiar lo pintoresco de la vivienda vernácula y pueblos o incluso lo toman como punto de partida y justificación para sus diseños bajo la idea de rescatar una tradición constructiva.

A base de elogios y autocomplacencias, se ha formado la ilusión ingenua de que sólo de la mano de los arquitectos se va a poder solucionar la escasez de vivienda y de esa manera alcanzar un mayor nivel de desarrollo en ciudades. Quizás valdría la pena preguntarse si la razón por la que existe la autoconstrucción y representa una opción real para la mayoría de las personas es porque los mismos arquitectos, o algunos de ellos, han privilegiado la búsqueda de proyectos que se validan más a través de la imagen y difusión en los círculos selectos de la sociedad que por medio de un sentido de justicia social y material hacia los que históricamente han sido poco favorecidos, es decir, preferir los encargos de casas en zonas acomodadas que garanticen una publicación, por sobre la casa de una o dos plantas que pertenece a una familia de estrato socioeconómico bajo ubicada en la periferia.

 

Este abandono, tanto mediático como educativo, de la reflexión acerca de la vivienda para la mayoría de los mexicanos, se suma a su vez al abandono que ya el gremio ha hecho sin aspavientos en otras ramas de la cultura material de nuestro país. Si otras áreas como carreteras, puertos marítimos y aéreos, instalaciones de producción de energías y alimentos, fábricas, sitios de almacenamiento y otros tantos ejemplos de infraestructura ya han sido abandonados e incluso han dejado de ser materia de especulación arquitectónica en las universidades y escuelas de arquitectura desde hace mucho tiempo, es obvio que entre los actuales y futuros arquitectos se perciba la autoconstrucción de la vivienda como la pérdida de uno de sus últimos y más fuertes bastiones de supervivencia profesional.   

Una manera de elevar la calidad del debate sería la de abandonar la postura defensiva y tomar una actitud más proactiva para recuperar campos de trabajo o incluso redescubrir nuevas áreas de estudio y reflexión arquitectónica. Por ejemplo, si se sigue pensando obcecadamente que la arquitectura es posible solamente en el 2% del territorio perteneciente a las ciudades, estaremos dejando de ver el otro 98% que exige urgentemente una mirada atenta, desprejuiciada y analítica, esa mirada que se supone los arquitectos tenemos.

Sin embargo, aún dentro de las mismas ciudades existen fallas tan elementales que tal vez por eso no merecen su atención. Banquetas, jardineras y demás elementos mínimos de carácter urbano y espacio público se perciben mal diseñadas y son símbolo de una desidia que a muy pocas personas, incluidos los arquitectos, les parece interesar. De nuevo, si la autoconstrucción resulta tan generalizada es en parte porque no se ha sabido dar el mensaje de que dicha disciplina, en nuestro país, es fundamental y está al alcance para todo público, que no se trata de un privilegio superfluo sino de una condición indispensable.

 

Finalmente creo que vale la pena hacer un esfuerzo de autoevaluación. Si actualmente los créditos se darán a los trabajadores es porque por lo menos ellos tienen ese derecho laboral. Una gran proporción de los trabajadores actuales en oficinas de arquitectura, ya sea profesionales u obreros, no tienen ese derecho y han sido contratados bajo esquemas que no les permiten siquiera cotizar y postular en un futuro a esos recursos. Con esa práctica de regateo laboral mezquino y con un mercado inmobiliario altamente segmentado, posiblemente menos del 10% pueda acceder en su vida a una vivienda hecha por un arquitecto y si no es por medio de la autoconstrucción, ¿entonces qué opciones tienen?

 

Cinetren de Medvedkin

 

Después de su viaje, Medvedkin y su equipo narraron cómo en una ocasión dos campesinos se acercaron a su tren para señalar un error de diseño en uno de sus vagones. Filmaron sus testimonios e inmediatamente viajaron a la fábrica para mostrarle lo que personas externas habían descubierto a través del uso y que los ingenieros ignoraban. Después de ver la proyección y tras una discusión, los ingenieros reconocieron su error e implementaron los cambios y el ideal del tren que modifica los sitios por los que transita por medio del cine obtuvo una pequeña victoria. 

Removiendo el romanticismo e ideología de su travesía, es posible que uno de los primeros pasos para nosotros, los arquitectos, sea enunciar un mea culpa y reconocer que esa tradición constructiva que muchos ponen en duda es, de hecho, de la que muchos obreros echan mano cuando se involucran en las obras, pero que en aras de perpetuar y atraer para sí mismo el reflector (una suerte de autoconstrucción que también habría que poner en duda) el arquitecto tiende a invisibilizar y menospreciar. 

Imaginemos lo que pasaría si otras expresiones materiales y plásticas fueran practicadas sólo por profesionales. Si sólo los fotógrafos fueran los autorizados para tomar fotografías o los músicos de conservatorio para crear melodías. La arquitectura, como disciplina, tiene más años que los que tiene el sistema universitario para otorgar diplomas y repartir licencias. La monopolización del conocimiento es una ilusión y habrá que decidir si seguimos creyendo en ella o vemos e interpretamos lo que tenemos enfrente de nosotros.

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