23 agosto, 2019

Los mutantes del centro comercial

por Christian Mendoza

I

Más de la mitad del metraje de la película El despertar de los muertos (1978) de George A. Romero se desarrolla en un centro comercial, el cual es tomado como un probable refugio por los cuatro protagonistas de la historia: Stephen Andrews y Francine Parker, dos reporteros, y Roger DiMarco y Peter Washington, miembros de un escuadrón SWAT, quienes aterrizan en el mall en un helicóptero robado del estudio de grabación donde laboran Fran y Stephen. Más tarde sabremos que aquello no operará plenamente como un refugio. ¿Qué los llevó ahí? Antes de su conquista de la plaza se nos narra, mediante una caótica transmisión del programa noticioso de donde salen el par de reporteros, que una extraña enfermedad asedia Estados Unidos. Llegan reportes de que los muertos parecieran estar infectados y están regresando de su estado físico, aunque no precisamente se tratan de resurrecciones multitudinarias, sino que vuelven convertidos en criaturas que tienen un hambre voraz de carne humana. Después de su atrincheramiento tras los muros del centro comercial, el cuarteto, entre secuencia y secuencia de tiroteos y cabezas destazadas, reflexiona sobre la presencia de los cuerpos putrefactos que recorren los pasillos de las boutiques, los bancos y los restaurantes. ¿Por qué están ahí, y por qué son tantos? Stephen ensaya una respuesta: tal vez los zombis almacenan una memoria de sus viejos hábitos, y ese sitio sigue siendo importante para ellos.

¿Romero nos está proponiendo una lectura sobre la funcionalidad de los centros urbanos, y sobre los cuerpos que los activan? ¿Será que la consecuencia obvia del apocalipsis zombi es la destrucción de los espacios? Por ejemplo, en la serie The Walking Dead (2010-), los personajes recurren a los suburbios, los tanques de guerra, las clínicas, y también a los centros comerciales, exclusivamente para salvaguardar temporalmente su integridad física. La totalidad de las metrópolis queda convertida en un refugio precario, las ciudades quedan en calidad de ruinas que apenas proveen de comida y servicios a los sobrevivientes. Pero la mirada de Romero, concentrada en la plaza comercial, complejiza incluso la misma idea de sobrevivencia. Jorge Fernández Gonzalo, en su libro Filosofía zombi (Anagrama, 2011), comenta la recepción de El despertar de los muertos y señala que la película se leyó como una crítica a la mercantilización del ocio:

“Las primeras lecturas de la época supieron ver muy pronto la crítica realizada a las modernas sociedades de gasto. La mercantilización agresiva ocupa todos los espacios de nuestra existencia, y hasta el ocio y los tiempos de tregua de la clase obrera, aquello por lo que tanto habían luchado los grandes movimientos proletarios de finales del siglo XIX y principios del XX, se han reintegrado masivamente en la corriente de intercambio capitalista. Ahora no trabajar nos envía directamente al consumo y a la mercadotecnia del lujo, el despilfarro efímero y las lógicas del gasto.”

Más adelante, Gonzalo enuncia una hipótesis sobre cómo la publicidad ha reconfigurado los espacios que habitamos:

“En lugar de conquistar los espacios públicos introduciendo la publicidad en ellos, con carteles y murales, construcciones monumentales, camisetas y productos destinados a una recepción masificada y no regulada, se ha privatizado el espacio, permitiendo así que las ciudades y los emplazamientos públicos sean sustituidos por el simulacro de las ciudades-mall, de las grandes superficies a modo de miniaturas urbanas.”

Stephen, Francine, Roger y Peter no experimentan un miedo constante ante los zombis. Logran acorralarlos en puntos estratégicos, cosa que les permite transitar por el centro comercial con relativa libertad. Tampoco los personajes recuerdan con tristeza los días terminados en los que los compradores eran simplemente compradores, y ese centro comercial era uno entre tantos antes de convertirse en un nido de monstruos. Stephen y Peter toman el dinero de un banco; Francine se prueba ropa frente a los espejos de las tiendas y tiene cenas lujosas con Stephen; y Roger se surte de balas y armamento porque el centro comercial sigue ofreciendo ese beneficio. Los cuatro deciden habitar las escenografías de la plaza, los falsos interiores que recrean departamentos donde los electrodomésticos mantienen su funcionalidad, y las estancias siguen estando para ver la televisión o tener sexo. Así como los zombis, los protagonistas vuelven al centro comercial por las funciones y las amenidades que éste alberga. Por otro lado, los zombis pareciera recopilar una imagen general de la ciudadanía. Enfermeras, carteros, jóvenes y religiosos continúan su tránsito por las vidrieras, manteniendo la ficción de la “miniatura urbana”.

La película abunda en escenas de ocio y entretenimiento actuadas por los sobrevivientes —como Francine en la estética, o simplemenete en una pose postcoital a un lado de Stephen—, mientras los zombis reptan por los pasillos al tiempo que las bocinas de la plaza siguen anunciando promociones y descuentos.

 

II

40 años después de El amanecer de los muertos, la tercera entrega de la célebre Stranger Things (2016-) vuelve a esbozar una alegoría sobre el centro comercial. A Hawkins, Indiana, llega el Startcourt Mall, un complejo que alberga cines, tiendas y restaurantes, y cuya artificialidad se expresa a través de imágenes iluminadas con neón. Además de llevar a la quiebra a los negocios pequeños, comandados por habitantes que han pasado toda su vida en Hawkins, el centro comercial no sólo es una ostentosa modernización urbana: también esconde una conspiración entre el acalde y el gobierno ruso. Los rusos, por supuesto los “malos”, están recuperando a un monstruo que quedara sepultado en una base científica asentada en el pueblo. Sólo que, esta ocasión, el monstruo desarrolla consciencia propia, y comienza a reconstruir su propio cuerpo con cadáveres de ratas y humanos. En una de las escenas climáticas de la serie, el monstruo irrumpe en el centro comercial, signo del éxito político, y este ensamblaje de cadáveres termina destruyéndolo. El mal encarnado rebasa el espacio que le dio cabida, el infame mall. Si la ciencia ficción y el horror son campos de especulación en torno a varios dispositivos culturales —el avance científico o, de nuevo, la publicidad—, el resultado de Stranger Things es mucho menos crítico —y mucho más entrenenido— que el de George A. Romero. El mutante que nace en el Startcourt Mall es el trasunto de una añoranza por el comercio local y la inocencia suburbana, mientras que los zombis de Romero, siguiendo la hipótesis de Stephen, buscan volver a su calidad de consumidores de productos hechos en masa. Pero podríamos pensar en una similitud. Al igual que los zombis no abandonaron el centro comercial, los habitantes de Hawkins acudieron en hordas a la reluciente plaza.

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