20 septiembre, 2012

Los murales tras la celosía

por Arquine | @arquine

La Tallera genera una relación que concilia un museo-taller con las áreas que le rodean a partir de un simple gesto: abrir el patio del museo a una plaza adyacente girando una serie de murales desde su posición original. Se trata de un espacio en Cuernavaca, construido en 1965, que se convirtió en la casa-estudio del muralista David Alfaro Siqueiros durante los últimos años de su vida. La Tallera es “una idea que desde 1920 teníamos Diego Rivera y yo, es decir la creación de un verdadero taller de muralismo donde se ensayaran nuevas técnicas de pinturas, materiales, aspectos geométricos, perspectivas, etcétera”. Así definió Siqueiros este lugar, ahora intervenido por Frida Escobedo como museo, taller y residencia artística. Al abrirse el patio, el museo cede un espacio público pero al mismo tiempo se apropia de la plaza.

Los murales concebidos originalmente para estar al exterior funcionan como vínculo visual y programático con la plaza, al contener la cafetería, librería y tienda del museo; y a la vez separan la residencia para artistas. Al rotar los murales se ponen en juego los elementos simbólicos de la sintaxis arquitectónica de la fachada –considerando la condición de poliangularidad en la obra de Siqueiros– que cambia la habitual relación entre la galería y el visitante. Al igual que el exterior, el espacio museográfico de la galería –diseñado por Isaac Broid y Jorge Agostoni– se desdobla y genera nuevos vínculos espaciales. La distribución de estos espacios como juego de planos en muros y murales se devela al cruzar una celosía perimetral que delimita el contexto urbano; una pieza escultórica horizontal que resguarda la obra de Siqueiros.

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