15 diciembre, 2020

Los árboles de la Unidad Independencia

por Pablo Emilio Aguilar Reyes | @pablochief

 

Fotografía de Luís Young

 

Mis padres crecieron en la Unidad Independencia, al sur de la Ciudad de México. Con el paso de las décadas, el frío que envuelve al departamento que dejaron atrás mis abuelos maternos lo han vuelto cada vez más inhóspito. Las frondas de los árboles proyectan una sombra oscura sobre las viviendas ubicadas en las plantas bajas. Si cada vez es más intenso el frío, se debe a que cada vez son más altos los árboles. Es decir, tras más de sesenta años de haber sido plantados, ellos siguen creciendo. Crecen lentamente, pero crecen aún así. 

Los árboles tienen muchas virtudes. Más allá de todas la bondades que poseen como bien medioambiental —reciclan el aire, filtran el agua, etc.— los árboles son un fin en sí mismo. Sin embargo, aquellos árboles en la Unidad Independencia se han vuelto un problema: su altura impide que llegue luz a los pisos inferiores de los edificios residenciales, haciéndolos oscuros y fríos. Tales árboles fueron plantados ahí con toda voluntad, siguiendo una lógica cuya máxima dice que los árboles aportan el valor de ser siempre agradables y de contribuir a la salud medioambiental de la ciudad. Sin embargo, no había forma de que los arquitectos de la Unidad Independencia pudieran saber con antelación que, más de medio siglo después, los árboles se convertirían en un problema que iría en contra del propósito por el cual fueron plantados en primer lugar. Esto que sucede con las acacias, los pinos y los ocotes de la Unidad Independencia, puede suceder con todos los árboles que plantamos.   

Más allá de lo anecdótico, esta instancia sirve para dar cuenta de que los árboles tienen —tanto en sentido literal como figurado— un lado oscuro: proyectan una intensa sombra, sus frondas pueden crecer por encima de lo previsto, se pueden caer durante una tromba y sus raíces pueden quebrar tuberías y banquetas. Por lo tanto, un árbol no es un recurso valioso más de lo que puede representar una amenaza. Al suponer que los árboles son siempre agradables o valiosos sólo por el hecho de ser árboles, les estamos menospreciando al no reconocer que es parte de su naturaleza tener un posible excedente, un crecimiento constante que supera el lugar que les conferimos. Tampoco quisiera decir que los árboles son nocivos o peligrosos por naturaleza; desde luego que los árboles pueden ser maravillosos o mágicos, sin embargo, si lo son es por una cuestión circunstancial, que pudo haber sido o no el caso y aquello que lo definirá a veces está más allá de nuestra voluntad. No se puede controlar el crecimiento de un árbol, sólo se puede plantar y podar, aunque ha de saberse que podar un árbol es hacerlo menos árbol. A reserva de seguir ramificando lo diré brevemente: los árboles merecen nuestro respeto y esto implica saber que pueden salirse de control, que el simple hecho de ser árboles no tendría por qué automáticamente hacerlos maravillosos o agradables ante nuestros ojos. Las disciplinas del diseño, la arquitectura y la planeación urbana le atribuyen a los árboles un valor intrínseco sin reparar en estas cuestiones, de las que hoy nos ocupamos y que aquejan al departamento de mis abuelos. 

Aprender de los árboles sería caer en cuenta de que aquello que hacemos con ellos, es decir, no considerarlos en su totalidad potencialmente amenazadora, lo hacemos con otras cosas. La arquitectura, por ejemplo: el conocimiento y las herramientas con las que un arquitecto diseña una magnífica casa son las mismas que puede emplear para diseñar un lugar en el cual alguien permanezca ahí privado de su libertad. La arquitectura no necesariamente hace del mundo un lugar mejor al construirse. Entre otros ejemplos de cosas a las cuales les atribuimos automática y erróneamente una cualidad positiva intrínseca están las cosas más generales, de enfoque histórico, como el conocimiento, el progreso, la ley, el arte, etc., pero también están las cosas más individuales, fugaces y contingentes: el encuentro afectivo, el amor, la niñez, e inclusive la salud. “La salud no es un bien en sí mismo. Su fin es la reincorporación del paciente a su primitivo lugar dentro de la vida cotidiana”, anota Hans-Georg Gadamer. El filósofo danés Søren Kierkegaard, en su libro El concepto de la angustia, se dedica a justificar cabalmente el por qué ningún acto humano, ni la más alta honradez, ni el peor pecado, es a final de cuentas absolutamente bueno ni absolutamente malo. Lo mismo digo de los árboles. 

De todos los árboles que están en la Unidad Independencia, no todos fueron plantados. Es decir, ellos han seguido su curso natural, creciendo, dejando más árboles y muriendo, y todo sin enterarse del hecho de que proyectan una larga sombra. En términos generales, considero que los frondosos volúmenes de sus copas hacen de la Unidad Independencia un lugar entrañable y un paisaje por derecho propio, sin embargo, la condición que posibilita tal encanto es la dimensión incomprensible y la energía caótica de los árboles, ante la cual es imposible tener antelación. ¿Qué tanto podemos presumir conocer de un organismo vivo del cual solo vemos la mitad? Su otra mitad, enraizada y oculta bajo tierra demuestra la naturaleza caótica de los árboles, cuyas raíces, en este caso, corren aún más profundas que los cimientos de los edificios vecinos. Ellos seguirán recibiendo la sombra de los árboles que siguen creciendo. Creciendo lentamente, pero creciendo aun así.

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