10 mayo, 2017

Lo que esconde el monumento

por Christian Mendoza

 

Recientemente, se ha liberado en distintas esferas del arte y de la crítica un debate en torno a los valores del arte público. Haciendo una generalización, tan imprecisa como todas, podemos decir que las conclusiones son más o menos las mismas: cierto arte público contemporáneo no es más que la extensión de ciertos presupuestos oficiales que buscan legitimar agendas políticas más que culturales. Ahora, si bien este cuestionamiento tiene los suficientes fundamentos para sostenerse, podemos trazar una diferencia entre lo que entendemos como arte público y la lógica de branding que ha tomado no sólo a la Ciudad de México, sino que se ha colado a otros espacios, como sucedió en el campus central de Ciudad Universitaria. Estamos hablando de la instalación de letras, altas como el tamaño de una persona, como #CDMX y, de una manera más puntual, #HechoEnCU. Para bien o para mal, el arte público es una herencia de ese priísmo que pudo ver en el arte una fábrica de imaginarios: el Estado construía su propia faz a través de piezas públicas. Los pesos estéticos pueden ser diversos –en un extremo, tenemos el proyecto de la Ruta de la Amistad; en otro, al Guerrero Chimalli de Sebastián– pero, a grandes rasgos, se siguen cumpliendo las mismas funciones propagandísticas. ¿Qué podemos decir, entonces, de las letras que se han esparcido con tanto ahínco en los sitios más fotogénicos de la capital? ¿Significan lo mismo que las esculturas públicas, cuya aspiración es representar patrimonio público? Ya lo decía Joaquín Díez Canedo en su texto titulado CDMX: “Esta ciudad simbólica e imaginaria, reducida a unas siglas que adornan todo lo que es público y que intentan alejar a la población de los muy reales problemas de lo cotidiano, es la ciudad que Mancera pretende gobernar: una ciudad mediática y reduccionista, contralada por un poder que no quiere admitir discursos encontrados. No hay mucho que hacer. Sometidos como estamos a un régimen de espectáculo y comunicación, en donde lo importante no es la acción sino el discurso en torno a ésta, el sistema político y económico mundial ha pretendido convertir a las ciudades contemporáneas en marcas”. Sin decir que la instalación de los monumentales letreros es moralmente menor al arte público –ya que éste puede ser tan cuestionable como aquellas–, podemos declarar que no es más que diseño gráfico destinado no a simbolizar –como en su momento lo hizo la Ruta de la Amistad– sino a comunicar, es una estrategia de posicionamiento de marca que funciona. Así como todos reconocemos el logotipo de Nike, cualquier habitante de la ciudad identifica las letras CDMX. Esa misma estrategia de “brandeo” fue traducida en Ciudad Universitaria:

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En 2007, Ciudad Universitaria fue declarada Patrimonio de la Humanidad. En 2009, obtuvo el Premio Príncipe de Asturias. Ciudad Universitaria es una de las obras arquitectónicas de índole colectiva más relevantes del siglo XX. También, es un campo en el que se han librado conflictos sociales, y como cualquier otro terreno urbano, es un contenedor complejo que alberga diversas clases económicas y múltiples prejuicios. Infraestructuralmente, Ciudad Universitaria es problemática. Por sólo mencionar un ejemplo, en algunas facultades comienzan a surgir movimientos impulsados por alumnos solicitando baños en mejores condiciones, y sobre todo, más seguros. A ciertas horas en que las facultades se encuentran casi desalojadas, utilizar un baño resulta un riesgo. También transitar en perímetros lejanos al campus central no es aconsejable para los estudiantes y para cualquier otra persona que se encuentre ahí. A veces, alumnos organizan grupos para acompañarse en su camino hacia el transporte.

Ciudad Universitaria también es el origen de una ideología en torno al monumento: el “orgullo UNAM”, una actitud que no es del todo inexplicable dada la tradición de excelencia académica, la representación que la universidad tiene con un equipo de futbol y el conocimiento que los estudiantes tienen sobre el patrimonio arquitectónico y artístico que alberga el campus, y bajo el cual puede llegarse a confundir la estrategia de marketing descrita anteriormente. Este orgullo a veces deja de referirse a la práctica humanística y científica que se pueda ejercer dentro y fuera de las aulas, tampoco a las perspectivas críticas que se puedan construir ahí.

El 3 de mayo de este año, fue reportado el hallazgo del cuerpo de Lesvy Osorio, encontrada cerca de la Facultad de Ingeniería. La Procuraduría General de Justicia trazó una imagen de Lesvy en la que pesaban más supuestos hechos aislados sin relación con el crimen que su condición de víctima. Esa misma semana, parte de la población femenina de Ciudad Universitaria convocó a una marcha para protestar en contra no sólo de ese feminicidio, sino de todos los que van tomando a México. Durante la protesta, aparecieron pintas sobre las letras de #HechoenCU. Las chicas escribieron los hashtags que explican su causa: el amargo #SiMeMatan y el #NiUnaMenos.

No se tardó en responder: se formaron comisiones de estudiantes para limpiar las letras y otros varios condenaron las acciones vandálicas. Pero quienes no logran ver que esas letras son una suerte de intrusión neoliberal que busca transformar cualquier sitio en una postal turística –por muy significativo o problemático que éste sea–, están confundiendo el patrimonio arquitectónico –que sí lo hay– con un posicionamiento de marca, y defendiendo, más por ideología, el letrero como parte del patrimonio universitario. Se trata de una mala lectura que no ha sabido entender que esas pintas son una respuesta simbólica. Debajo del branding ahora travestido en monumento, subyace una violencia sistemática hacia la mujer: denunciar por acoso que no han sido respondidas, las declaraciones de Marcelino Perelló, ahora destituido por la UNAM, y ahora Lesvy Osorio estigmatizada por autoridades de la ciudad. Esa mancha que parasitó no es más que la escisión de una realidad alarmante. Ojalá que vuelva a aparecer cuantas veces sea limpiada. Ojalá podamos entender qué mensaje es más importante.

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