15 diciembre, 2015

Lo bello y lo justo en arquitectura (1)

por Alberto Pérez Gómez

La posible convergencia entre la ética y la estética, entre lo bello y lo justo en la práctica arquitectónica, es a mi juicio un problema fundamental para nuestra disciplina en estos primeros años del tercer milenio. Esta preocupación, y su resolución particular en obras arquitectónicas, tendrá un impacto importante no solo en el desarrollo de nuestras ciudades, sino en la posibilidad de supervivencia de nuestras culturas. Tradicionalmente, desde el inicio del siglo XIX y particularmente durante el movimiento moderno del siglo XX, el interés político, ético o social de la arquitectura se ha entendido como antitético a su sentido poético o artístico, entendido casi siempre como un problema de «composición» del objeto arquitectónico. Ejemplos son las rubricas de “arquitectura social” o “arquitectura sustentable” con sus connotaciones tecnológicas, tradicionalmente opuestas a los intereses formales de los arquitectos frecuentemente considerados como grandes innovadores formales. Hoy las posiciones de vanguardia cuestionan incluso que la arquitectura tiene una función social o crítica, o que representa una posición política.

Numerosos malentendidos en torno a este problema han mantenido nuestra profesión en una posición marginal en la cultura. En casi todo el mundo se perpetua el sin sentido de una arquitectura supuestamente artística sin un autentico discurso teórico, que le de raíces en el lenguaje y los hábitos  cotidianos. O la absurda, supuesta alternativa, de una arquitectura de interés social  o simplemente sustentable que no es más que una actividad de ingeniería civil.  La polarización es falsa. La producción de una arquitectura a la vez poética y ética no es excepcional y ha sido posible a lo largo de nuestra historia, particularmente con anterioridad al momento de radicalización del sujeto como creador durante el siglo XVIII. La posibilidad de una tal arquitectura en el presente, responsable de su verdadero contexto físico y cultural a la vez que poética, ha sido la preocupación fundamental de mis especulaciones teóricas.

En vista de los fracasos del funcionalismo y de la supuesta alternativa, el formalismo banal identificado generalmente con lo posmoderno, la deconstrucción, o las novedades paramétricas, incapaces generalmente de crear espacios verdaderamente significativos para la humanidad, se vuelve difícil defender la legitimidad cultural y la importancia de nuestra disciplina.  Igualmente, identificar a la arquitectura con la simple producción eficiente de edificios, su mínimo denominador común, es muy perjudicial. La arquitectura implementa la tecnología, pero debe trascenderla, demostrar su capacidad como poética, revelando a la humanidad el sentido profundo de la vida, permitiéndole participar en una totalidad física, política y cultural que siempre la desborda y que en efecto le da consciencia.

Es importante enfatizar: nuestra consciencia no termina en el cráneo ni radica únicamente en el cerebro. Alva Noë explica: es encarnada y ubicada en el lugar. Las posiciones más interesantes de la neurobiología contemporánea, con raíces en la fenomenología existencial, afirman precisamente la falsedad de la concepción cartesiana de la realidad que pretende que cada uno de nosotros «construye» el significado dentro del cráneo a partir de información, llevando naturalmente a menoscabar el sentido luminoso y emotivo, o neutral y hostil, presente en nuestro entorno natural y cultural. Este malentendido que es prevalente en la modernidad nos hace ciegos a la importancia fundamental de la arquitectura y el diseño urbano: una disciplina llamada a dar lugar a lo maravilloso de lo cotidiano que existe a priori en el mundo encarnado, incluso a un sentido de lo sagrado que no es dependiente de religiones o posiciones teológicas.

Una visión más cuidadosa de nuestras tradiciones arquitectónicas en sus verdaderos contextos culturales, míticos, políticos y epistemológicos, sugiere una manera diferente de entender la arquitectura y su universo discursivo —una disciplina capaz de ofrecer a la humanidad, a lo largo de los siglos, y a través de diversas encarnaciones y modos de producción, un auténtico mundo encantado, atmósferas apropiadas a la acción significativa y armoniosas con la naturaleza, y experiencias en artefactos singulares capaces de expresión universal, dirigidos a la imaginación corporal: esto es, mucho más que un placer ornamental o superfical, o la solución técnica de algunas necesidades pragmáticas

La comprensión de esta situación es un primer paso de la mayor importancia. Sin embargo, debemos conceder que el problema para el arquitecto se ve complicado por la mentalidad tecnológica y consumista dominante en nuestro mundo que fácilmente cuestiona la capacidad de la arquitectura de significar, más allá de su sentido utilitario y pragmático, como si fuera un signo o la marca de un producto. Y desde la vertiente de la producción, el mundo tecnológico considera la especialización como la única solución a la gran proliferación de información en toda disciplina y, por consiguiente, tiende a pasar por alto el autentico conocimiento, la sabiduría que se da únicamente a través de nuestros hábitos y habilidades encarnadas (como el conocimiento que tiene el artesano de la madera, sólo adquirido después de muchos años de trabajo o los programas poéticos propuestos por algún arquitecto).

En otras palabras, nuestro mundo tecnológico tiende a ignorar la importancia de la capacidad ética de todo profesional para responder por sus acciones, en vista no de un código estrecho de deontología, sino en función de nuestra experiencia global de la vida, aquí y ahora, en función de una cultura amplia y con raíces históricas. Primeramente, es nuestra responsabilidad imaginar cómo nuestro proyecto es una promesa para el bien común, y los valores encarnados por las instituciones son nuestra responsabilidad. ¿Es justo diseñar una prisión bellamente detallada cuando quizás los carceleros son mas nocivos para la sociedad que los supuestos criminales? Dentro de un marco tecnológico estas preguntas parecerían ilegitimas: la única posibilidad supuestamente legítima para la arquitectura es aceptar la comisión de algún gobierno criminal o alguna corporación y concebirse exclusivamente como construcción eficaz y posiblemente estética.

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