9 febrero, 2017

Life on TV

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

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¡La televisión! Aparato icónico del siglo XX donde los haya. Suya fue una de las revoluciones espaciales más importantes de la pasada centuria. Desplazó del centro del hogar a la chimenea —lugar central de proyectos de Frank Lloyd Wright o Mies van der Rohe (quien se dice tenía en casa la televisión más grande conocida)— que pasó a ser propiedad de esa nueva fuente de calor y luz —e información.

Sin avisar mucho, la televisión cambió los horarios y usos de la arquitectura, ocupando, cada vez con mayor frecuencia, el lugar más importante de cada hogar, alrededor del cual orbitaba el resto de las estancias. Y entonces evolucionó: los primeros aparatos, gigantes y pasados, se hicieron más planos y ligeros, multiplicándose en número hasta llegar a cada uno de nuestros bolsillos, en pequeños dispositivos móviles en los que recibimos miles de contenidos de forma diaria.

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En el proceso, la misma televisión tuvo que cambiar, de un reducido número de canales con horarios acotados pasó a la televisión por cable y a la programación a la carta, hasta llegar a las televisiones por internet de la actualidad: Netflix, Amazon y demás variantes.

La televisión ayudó a construir nuestra forma de vivir; no sólo afectó, como se ha dicho, a ciertos hábitos y costumbres, sino que impuso formas de vestir, gustos musicales e, incluso, formas de diseñar y habitar un espacio interior: las series de televisión, por ejemplo, eran un espejo para nuestro hogar. De ella aprendimos, sin ser muy consciente de ellos, formas en las que podíamos disponer nuestros muebles y ocupar nuestros espacios. La visibilidad de su contenido era la clave: estar constantemente expuestos a un contenido era también una forma de asimilarlo. La arquitectura lo sabía. El mismo Le Corbusier lo intentó sin mucho éxito. Sabía de su potencial, pero aún no estaba preparado para ella: se colocaba de espaldas a la cámara y le faltaba adaptarse al nuevo ritmo que imponía. Su “fracaso” fue compensado pronto por Philip Johnson, quien hizo de la televisión algo natural: sonreía a la cámara, usaba frases cortas y más sonoras que ayudaban al espectador a hacer el contenido más accesible. Lo mismo ocurrió con los Eames, que convirtieron la imagen movimiento en parte esencial de su trabajo: desde pabellones a documentales y publicidad. Más allá de la banalidad (arquitectonica, claro está) que puedan tener las series, la televisión era (¿es?) la oportunidad de explicar una disciplina que parece muchas veces limitada a sus propios profesionales.

Hoy por hoy, y quizás por ello, las series y documentales dedicados a la arquitectura, si bien existen, escasean, al menos si lo comparamos con otras artes como la música o la gastronomía. ¿A qué se debe ese desapego? ¿Es la arquitectura demasiado de nicho? Es posible, como es posible también que falte una nueva forma de comunicar la arquitectura —una disciplina que puede pasar de la escala en detalle al conjunto en un abrir y cerrar de ojos.

Si repasamos algunos de los documentales de los últimos años dedicados a arquitectos y a la arquitectura, gran parte de ellos se centran en la personalidad creativa de un determinado nombre —¿Cuánto pesa su edificio Sr. Foster?, My Architect, Sketches of Frank Gehry, Rem— o el repaso de la vida en un destacado edificio de la historia de la arquitectura —Elevador, The Infinite Happiness, Koolhaas Houselife— pero pocas veces se centran en la idea del proceso creativo en sí.

Ahora —el próximo 10 de febrero— llegará Abstract: The Art of Design centrada en diseccionar cómo el diseño influye en nuestra vida, intentando corregir esa falta. Producida por Scott Dadich, editor en jefe de la prestigiosa revista WIRED, se centra en ocho destacados innovadores del campo del diseño; el capítulo dedicado a la arquitectura tendrá a Bjarke Ingels como protagonista. Desde el punto de vista meramente mediático, él es un buen heredero de Johnson: sabe moverse delante de la cámara y es capaz de sintetizar en pocas frases —y algunas infografías— un proyecto para el WTC de Nueva York o un edificio de viviendas que quiere ser montaña.

Bjarke se lanza al vacío –literalmente según el trailer– y abraza la nueva vida del ocio audiovisual, en la que el creativo –sea arquitecto o cocinero– expone lo ilusionante de su vida cotidiana. La pregunta, sin embargo, permanece, ¿logrará esta serie llevar más allá del interés de unos pocos el complejo mundo de la arquitectura?

 

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