4 junio, 2019

Lecumberri 3: el archivo

por Alfonso Fierro

 

En Kalpa Imperial, la obra en dos tomos de la argentina Angélica Gorodischer, una serie de contadores de cuento reconstruyen la historia de un Imperio que existió hace mucho tiempo, en algún lugar. La reconstruyen como los contadores de cuento pueden hacerlo: a partir de historias, anécdotas y leyendas que escucharon de otros contadores, que a su vez escucharon de otros contadores, todos los cuales agregaron algo, quitaron algo u olvidaron algo de la historia en el proceso de revivirla. La memoria del Imperio que ofrecen los contadores es así fragmentaria, como ruinas, de ahí que el libro esté compuesto de pequeños relatos aislados y no un todo coherente. Pero es también una memoria dúctil y creativa, una memoria cuya recomposición sucede en las plazas o en las tabernas o en la intimidad del hogar. Frente a su oralidad, los contadores de Kalpa Imperial contraponen otra memoria, la memoria oficial de los gobernantes en turno del Imperio. Esta otra memoria, más bien sólida, se construye y reside en dos lugares: primero, en los monumentos públicos donde tienen lugar los ritos de estado como la conmemoración del nacimiento o muerte de algún emperador; y luego en los documentos custodiados por los Archivistas: “Mi vida, señores, transcurre entre folios. No he visto nada y lo he leído todo. Eso que has vivido también está escrito, catalogado, clasificado y archivado, y si tu mujer quiere conocer tu infancia, no tiene más que recurrir a mí”. 

En 1982, la prisión panóptica de Lecumberri, el Palacio Negro, una de las obras cumbre de la modernidad porfiriana y sitio emblemático de la represión política de la posrevolución que culminó en el 68, pasó a convertirse en el Archivo General de la Nación. Una placa colocada en la primera sección del edificio en 1997 –el año en el que el PRI perdió la mayoría absoluta en el congreso por primera vez– reconoce al político y al arquitecto a cargo del proyecto: “A quince años de la transformación del Palacio de Lecumberri en Archivo General de la Nación, reconocimiento al Lic. Jesús Reyes Heroles, Secretario de Gobernación 1976-1979 y al Arq. Jorge L. Medellín Sánchez, autor de la remodelación”. Uno tan sólo puede imaginarse la ceremonia cuando develaron la placa a solo tres años de que el PRI perdiera la presidencia, los aplausos y los discursos, los rostros políticos que aparecieron por ahí, que adularon y brindaron a la salud de quien tuvieran que hacerlo. 

Como la placa, el edificio en general funciona como un dispositivo de la memoria que opera sobre distintos niveles, todos los cuales buscan establecer una conexión entre la presencia física del Archivo General y la solidez del estado del que el archivo contiene, organiza y custodia los documentos oficiales. El visitante entra a Lecumberri por un primer edificio con forma de hebilla que sirve como recepción, donde quizá antes se registraba a los presos, se les revisaba y se les quitaban sus pertenencias. También ahora hay que dejar en unos casilleros todas las pertenencias salvo el material para investigar (lápiz, credencial, hojas sueltas), y también ahora hay una revisión de seguridad. Una vez que pasas la revisión y te registras en un libro de visitas, debes dirigirte a la sala donde está el catálogo, todavía en el edificio-recepción. El catálogo en realidad yace dentro de seis computadoras, un mapa virtual de carpetas que se van desdoblando en otras carpetas que a su vez se desdoblan en más carpetas, como los senderos que se bifurcan de Borges. ¿Y no contenían estos senderos, según Borges, todas las versiones posibles de una historia? En efecto, buscar algo en esa cartografía virtual le hace fantasear a cualquiera en la enormidad laberíntica de documentos y papeles que residen en el edificio panóptico que se ve tras la ventana: el panóptico debe contenerlo todo, como esa biblioteca que Borges asemeja con el universo en otro de sus cuentos. 

Pero antes de llegar al panóptico propiamente dicho, uno tiene que atravesar un túnel que funciona como museo pedagógico del archivo a través de una pequeña exposición que tiene como objetivo explicar lo que es un archivo y su importancia para “la nación”. Ya Justo Sierra en Evolución política del pueblo mexicano (1909) relacionaba la falta de un verdadero archivo con la inestabilidad política del siglo XIX y la ausencia de un estado ordenado y capaz (que él, por cierto, veía en el Porfiriato). El archivo representaba para Sierra la memoria del estado y su registro en la letra escrita: un archivo guardaría y organizaría estadísticas sobre la población y los recursos, daría pruebas históricas fidedignas, registraría los actos del estado y nombraría a sus responsables, facilitaría el ordenamiento necesario para una buena recaudación fiscal… En fin. No había archivo porque no había estado, pero no había estado, en buena medida, porque no había archivo. La exposición sigue justamente esta línea. Detrás del intento de enseñarnos lo que es un archivo de la nación, nos argumenta que el estado mexicano existe y que el Archivo General es justamente el registro físico y material de su existencia. Por eso están ahí, en la exposición, los símbolos patrios: las distintas banderas o la letra del himno nacional. Por eso están ahí también, en vitrinas, originales o réplicas de los documentos que formaron al estado, de los Sentimientos de la nación de Morelos a la Constitución del 17. Por eso hay también un mapa virtual del territorio donde uno puede encontrar información sobre cada una de las entidades que conforman la federación de “estados unidos” mexicanos. Y por esta misma razón parece estar ahí ese texto informativo que dice que la cantidad de material que contiene Lecumberri se extendería por 52 kilómetros lineales. 52 kilómetros de estado: asumimos que quieren decirnos que eso es mucho. 

Finalmente, tras atravesar el túnel, el visitante llega por fin a la circunferencia central del panóptico. Donde antes estaba la torre de vigilancia ahora sólo hay un piso de mármol techado por un domo geodésico con un tragaluz en el centro. El aspecto es el de una monumental biblioteca, esas donde se oyen los pasos del solitario que la atraviesa, donde la luz –símbolo de la pureza y la sabiduría– penetra desde arriba y hasta abajo dramáticamente. Alrededor de esta circunferencia, como rayos solares, están las crujías que resguardan los documentos en las antiguas celdas de los presos. Una de las crujías, sin embargo, se utiliza como otro espacio museográfico. En este caso, una exposición de Siqueiros y sus encierros en Lecumberri como preso político. Si el gesto de la exposición del túnel era pedagógico, en este caso el gesto es de reconocimiento: se da cuenta del pasado del edificio como prisión y, más específicamente, como sitio de la represión política del estado posrevolucionario. La intervención arquitectónica se corresponde con este gesto, pues al mismo tiempo que nos enseña el pasado del edificio como prisión, pretende superarlo al convertirlo en una biblioteca monumental y agradable, casi un ameno paseo histórico, como si uno visitara un convento colonial o algo así. Para ello entran las fuentes y jardines en los patios, el domo y su tragaluz, el mármol o el inmobiliario de madera para leer, a la vez que algunos espacios se destinan a explicarnos lo que el edificio fue. En este sentido, la operación museográfica y arquitectónica de Lecumberri funciona como una especie de purga del pasado: fuimos autoritarios, lo reconocemos, pero justo porque lo reconocemos, ya no lo somos más. 

Es en la purga del pasado autoritario que opera en Lecumberri a través de este gesto de reconocimiento y superación donde puede verse que este es un proyecto orgánico de la así llamada “transición a la democracia”, entendiéndola no como un evento que sucedió en el 2000 o en el 97 o en algún otra fecha precisa sino más bien como un proceso de larga duración en el que el aparato político e ideológico del PRI fue perdiendo la hegemonía y legitimidad sobre el estado poco a poco. En El antiguo régimen y la transición en México, Jesús Silva Herzog Márquez ofrece como dos puntos nodales de este proceso la reforma electoral de Reyes Heroles a finales de los setenta y la pérdida de la mayoría absoluta en el congreso en el 97: quizá por pura casualidad, ambos nodos se conectan de una forma inquietante en la placa de Lecumberri. 

Otra forma de decirlo es que, como sede del Archivo General de la Nación desde los años 80, Lecumberri es parte de ese momento histórico en el que el estado mexicano comienza a revisar y reconocer su pasado autoritario en busca de una nueva armadura democrática. En Kalpa Imperial de Gorodischer, como dijimos, la memoria oficial se construía en los monumentos públicos donde tienen lugar los ritos de estado y en los documentos que residen en el archivo. Lecumberri es los dos al mismo tiempo: es un archivo que, además de fungir como registro y custodio del estado, funciona también como (otro) museo público que explica la formación, desarrollo y consolidación del estado mexicano de la independencia a la revolución hasta finalmente llegar a la supuesta era democrática. Lecumberri es así el rito del estado que se cuenta su propia historia para reafirmarse, que la revisa museográfica y arquitectónicamente para purgar aquella parte que le avergüenza y, en este proceso, poderse reconstruir. 


Referencias: 

Angélica Gorodischer. Kalpa Imperial. Buenos Aires: Minotauro, 1983: p. 37. 

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