11 junio, 2013

Las reglas de la densidad

por Rodrigo Díaz | @pedestre

La densificación de las ciudades se convirtió en panacea. No hay documento oficial que no hable de la creación de ciudades compactas, como Los Ángeles, como vía para enfrentar los grandes desafíos urbanos contemporáneos. En urbes de gran tamaño esto no es opción: las largas distancias y el alto costo del suelo obligan a la maximización del uso de cada metro cuadrado. Mantener las economías de aglomeración propias de las grandes metrópolis demanda disminuir distancias y tiempos de traslado, lo cual se logra cuando las distintas actividades están más cerca unas de las otras. Las ciudades compactas son, por lo general, más eficientes de administrar y mantener, su consumo energético tiende a ser menor, lo mismo que sus emisiones de gases contaminantes y el efecto invernadero.

Sin embargo, la alta densidad no es buena per se. Mal manejada puede traducirse en hacinamiento y promiscuidad, en deterioro del paisaje y congestión vehicular. Vivir en la densidad exige determinadas reglas de convivencia entre los edificios y el entorno en que se insertan. La historia al respecto es abundante. La construcción sin ningún tipo de regulación de los primeros rascacielos en Nueva York, como el Equitable (1915) y el Woolworth (1916) —en gran medida simples extrusiones de la manzana— produjo zonas permanentes de sombra que generaron el deterioro inmediato de las edificaciones que les rodeaban. Esto obligó a la ciudad a establecer un sistema normativo para la densidad que dejaría de entenderse como un crecimiento indiscriminado en la vertical. Primero aparecerían líneas de rasante, re-tranqueos y conos de edificación orientados a garantizar minutos de sol a las propiedades vecinas. Luego se regularía el estacionamiento, con la restricción del número de cajones para así desincentivar la llegada a los nuevas moles en automóvil particular; en la Gran Manzana, la alta densidad urbana no se entendería disociada de las redes de transporte público, única forma de alimentar grandes concentraciones de vivienda, comercio y servicio en áreas reducidas; The Shard, en Londres —el recientemente inaugurado edificio de Renzo Piano que es el más alto de Europa— sólo ofrece 48 cajones de estacionamiento a los 12,000 ocupantes de sus 87 pisos.

Nuestras grandes ciudades necesitan densificarse, pero de forma planeada, un modelo en el que las mayores concentraciones de actividades no signifiquen el colapso del entorno ni la degradación de las edificaciones vecinas. Poco de eso ha ocurrido. “Fuck the context” dicen que alguna vez dijo Rem Koolhaas. Su anteproyecto para la Torre Bicentenario, un ataúd vertical que llevaría a la muerte el tejido de Lomas de Chapultepec, da verosimilitud a la leyenda. Afortunadamente la idea quedó en el papel. La historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa. Le llegaría el turno a César Pelli, Richard Meier (al parecer el Pritzker da derecho a todo), y a otros destacados despachos de arquitectura, para armar su propia vía a la densificación urbana, esta vez en el muy tradicional y horizontal pueblo de Xoco, al sur de la ciudad. La publicidad aguanta todo: bajo el concepto de “La ciudad viva”, el proyecto Mítikah (vaya nombre) es presentado como “un solo espacio (que) integra modernidad de vivienda, comercio, oficinas, servicios y áreas verdes, favoreciendo la sustentabilidad, calidad de vida de sus habitantes y la convivencia con el entorno, del cual resalta su arraigo a la tradición y la cultura”.

Panorama

La realidad es algo distinta: en la práctica, el proyecto se desenvuelve con la delicadeza de un elefante dentro de la frágil cristalería del pueblo de Xoco. La publicidad habla de tradición y cultura, pero los volúmenes —el mayor es de 60 pisos— se insertan sin establecer el más mínimo diálogo con el entorno. Más bien es un monólogo planteado en los términos exclusivos del megaproyecto. Habla de sustentabilidad, pero en vez de promover el uso del transporte público, la caminata y la bicicleta, se da el gusto de aportar 10,000 estacionamientos (verdadero imán de automóviles) a un sector que ya sufre los estragos de la congestión vehicular. Mítikah se plantea como la nueva ciudad, pero es una ciudad que reniega de una que ya existe y que pareciera dar vergüenza. En una celebrada columna, el poeta chileno Cristián Warnken recurrió al gigante egoísta de Oscar Wilde para referirse a esta particular forma de concebir la arquitectura y la ciudad: “El empresario que ‘sueña’ una torre o un mall de manera narcisista y egoísta, el arquitecto que proyecta la obra sabiendo en el fondo de su alma que se trata de un horror, los alcaldes que hacen vista gorda de los efectos de estas ‘intervenciones’, el funcionario que firma el permiso de construcción respectivo, el ministro que reacciona tarde, el parlamentario que no fiscaliza a tiempo, cada uno de ellos, en su esfera de acción propia, es responsable de sus actos y omisiones. No es cierto que porque la legislación lo permita, yo pueda desde destruir un entorno patrimonial hasta producir un colapso vial que arruinará la calidad de vida de miles de mis compatriotas, y sentir que lo que hago no es éticamente reprobable porque está legalmente permitido”. La voracidad de los promotores inmobiliarios, la miopía de las autoridades, y la permisividad ciudadana le han dejado el camino libre a gigantes egoístas que no entienden que densificar es mucho más que construir muchos pisos uno encima del otro. No todo está perdido: los gigantes también pueden ser generosos. La multiplicación del suelo en la vertical ofrece la extraordinaria oportunidad no sólo de crear nuevas ciudades en la altura, sino de mejorarla en el nivel de la calle. Imaginar y planear la manera en que construimos la densidad aparece como el gran desafío urbano de los años venideros.

*Texto publicado en Arquine No.64 | Vivienda colectiva | Las reglas de la densidad

*Rodrigo Díaz es arquitecto y planificador urbano chileno, pero sobre todo peatón por convicción. Participará el jueves 13 de junio como parte de la fila cero en Arquine Jams No.6 | Vivienda social, un debate abierto sobre la vivienda colectiva y de interés social, con el fin de revisar las claves que permitirán la evolución y el relevo de los modelos de vivienda colectiva conocidos.

RDIAZ

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