Columnas
Habla ciudad: Santiago
Lo mejor que le pudo haber pasado a Santiago fue el incendio del triste edificio Diego Portales. Construido en 1971 [...]
3 julio, 2014
por Rodrigo Díaz | Twitter: pedestre
Un buen ejemplo de la falta de diálogo entre estructura y tejido urbano es el de Buenavista en la ciudad de México, un lugar en el que confluyen Metro, tren suburbano, tres líneas de BRT, bicicletas públicas y una cantidad difícil de precisar de líneas de microbuses, que convierten a la zona en un punto de transferencia modal fundamental en la estructura de la ciudad. Ante una situación así, uno esperaría la construcción de un entorno que aprovechara la alta concentración de flujos, algo así como un Euralille con sabor a tacos y tortas. Nada más lejano a la realidad. Con la excepción de la conexión subterránea entre estaciones de Metro y tren suburbano, la integración entre los otros modos es escasa, por no decir nula. La calidad del espacio peatonal es miserable (inseguro, inhóspito, descuidado, discontinuo, lleno de obstáculos), situación que se manifiesta en toda su magnitud en el peligrosísimo cruce de Insurgentes y Eje 1 Norte, ruta obligada para miles de personas que necesitan cambiar de modo de transporte. El entorno construido no es mejor. Donde uno esperaría que existieran edificios que mezclen oficinas, viviendas y comercio hay construcciones baratas de uno o dos pisos. El que debiera ser uno de los lugares más apetecidos (y caros) de la ciudad está ocupado por un restaurant, una gasolinera, una panadería, un Oxxo, y una escuela de cosmetología. El mundo al revés, la misma ciudad no duda en concentrar actividades en algunas de las zonas más pobremente servidas por redes de transporte público (ahí esté el ya clásico ejemplo de Santa Fe), fiel reflejo de políticas de desarrollo urbano que entienden la accesibilidad reducida al ámbito de las posibilidades del automóvil particular. Es cierto que la ciudad de México ha implementado algunos proyectos para revertir esta situación. Ahí están los nuevos Centros de Transferencia Modal (CETRAM) de El Rosario y Ciudad Azteca, buenos ejemplos de interacción público-privada que sí cumplen con su objetivo de ordenar flujos, facilitar el cambio modal, y proveer un entorno construido que saca ventaja de las condiciones de alta accesibilidad existentes. Sin embargo, siguen siendo excepciones en una ciudad que tradicionalmente ha considerado a la infraestructura de transporte más como un problema que como una oportunidad.
Trazados viales, usos de suelo, sistemas de transporte y construcciones deben ser parte de una misma estructura. Cuando estos elementos no están alineados la ciudad se mueve mal: crece la congestión, se multiplican los tiempos de viaje en un transporte público que se torna en extremo ineficiente para satisfacer las necesidades de una demanda en extremo dispersa. En este sentido, para revertir la situación es necesario que las pelotas que dibuja el urbanista salgan del diagrama y adopten una forma tridimensional. A su vez, las pelotas que dibuja el arquitecto deben responder a una estructura urbana y a los sistemas de movimiento que la conectan. Que ambos se pongan de acuerdo es tarea fundamental en una ciudad que quiera llamarse inteligente, sustentable.
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