5 abril, 2019

Las niñas bien: interiorismo y diseño para sobrellevar la crisis

por Christian Mendoza

En la película Las niñas bien (2018, Alejandra Márquez Abella) se le presta una especial atención a los objetos y a los espacios. Están ahí los anillos, el acabado de los lentes de sol, las cajas y el papel que envuelve a la ropa recién comprada, la superficie lista para estrenarse de las cremas para la piel. También, la cama con sábanas que se cambian diariamente, el vestíbulo con alberca, los muebles que oscilan entre referencias vernáculas —la silla de mimbre, la artesanía adquirida en Acapulco— y un gusto que ya quiere internacionalizarse, además del gran jardín que protege a la casa, una fachada genérica, aunque moderna, de vidrio y concreto. Estas no son escenas secundarias, operan más bien como un motivo fundamental para entender el relato. Es verdad que ninguna élite se debería narrar sin los objetos que la acompañan. Pero la clase social que la directora decidió retratar demanda un ojo que no estereotipe. Se trata de la clase burguesa mexicana que atravesó la década de los ochenta, la que estaba gozando de la prosperidad dejada por el gobierno de Luis Echeverría Álvarez y la que tendría que enfrentarse a la crisis extrema del sexenio de José López Portillo. La que logró ascender, para después terminar protestando a ladridos cada que se encontraban con el presidente en algún lugar público.

Esta recopilación de objetos nos va describiendo a una clase que ya está preparada para lo que Jean Baudrillard llama “la pasión por la propiedad privada”. No es que sus compras sean “inversiones responsables” sino que más bien configuran su propia subjetividad. A partir de una serie de movimientos financieros que podríamos entender de la misma manera en la que analizamos al coleccionismo y a la curaduría —la elección de los objetos, cuidadosa, va construyendo un argumento sobre el gusto—,  vemos cómo las prendas que se usan en el club de tenis no son las mismas para visitar a las amigas o para disfrutar de un domingo en casa. Por otro lado, la casa cambia su disposición cuando se ofrece una fiesta, ya que se debe exponer un espacio que resulte “espectacular” o un vestido que levante envidias por lo “divino” que se le ve a la anfitriona. No se están guardando las apariencias únicamente para los espectadores que van a la casa y la califican, también los mismos habitantes tienen que recorrer esos objetos, analizar su colección, demostrarse continuamente que aquella escenificación, esa vitrina, ha sido montada por ellos. Pero cierta atmósfera ominosa comienza a esparcirse sobre la trama. De pronto, en la mesa comienzan a hablar de política, la crema nueva le saca un sarpullido a la anfitriona y los cheques dejan de pasar. Pareciera que la crisis que se avecina descompone a la casa y a los objetos. El automóvil es chocado en una de las columnas del garaje y el agua deja de salir de las llaves.

 

Las niñas bien conserva un buen tono satírico. Las mujeres que se han dedicado a decorar los interiores que tanto trabajo han costado a su marido, ciertamente también se dedican al chisme y a la inquina. Prefieren denostar la portada de la revista de sociales donde sale la nueva rica, que leer la otra portada del periódico que está sobre la misma mesa, la que advierte sobre la inminente expropiación de los bancos. Pero la película abandona ese sensacionalismo de la serie fotográfica Ricas y famosas de Daniela Rossell, donde igualmente los objetos son los que hablan, aunque en un registro que nos permite escandalizarnos porque es la única lectura posible que las fotografías enmarcan: la de la repulsión por los excesos de la clase alta. Dos mujeres comiendo Cheetos, sentadas en unas sillas Mariposa de Pedro Friedeberg y jugando ajedrez son un ejemplo ilustrativo del mensaje que transmite Daniela Rossell. Pero para el contexto de la película, las vitrinas expositivas de las que he hablado terminan embargadas.

Y aquí es donde, tal vez, el público que se ha casado con el maniqueísmo social entre en conflicto. Fernanda Solórzano, en su lúcido texto “Cómo acercarse a una niña bien: Apuntes de cine para un país polarizado” (Letras Libres, 2019) enuncia una pregunta de una pertinencia incómoda para quienes, incluso, llegan a ver en un relato sobre las clases altas una denostación hacia los marginados: “¿Cómo puede una película cuyo tema sea la desigualdad social evitar retratos ingenuos que aticen la polarización?” Más adelante, la crítica ensaya su propia conclusión: “En el México de 2019, muchos pagarían por ver a las niñas bien entre las fauces de un león. Contra toda expectativa y prejuicio (incluido el mío), la versión cinematográfica de Las niñas bien resultó ser uno de los trabajos de adaptación más osados del cine mexicano reciente. La película de Alejadra Márquez Abella se aleja del voyerismo morboso y observa a sus protagonistas con una empatía normalmente reservada a quienes están en desventaja. ¿El propósito? Dar contexto y dimensión a un mundo de escapismo facilitado por el privilegio. No para hacer entrañables a quienes piensan y actúan desde un egoísmo arraigado, sino para dar cuenta del desplome de las certidumbres que les daban identidad.”

Si en Roma (2018, Alfonso Cuarón) vimos las divisiones espaciales entre el cuarto de servicio y la casa familiar, en Las niñas bien somos testigos de la desaparición de esos objetos de por sí fantasmales —elementos del escapismo, como bien señala Solórzano—; de los muebles, las prendas y los perfumes.

 

 

 

 

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