18 junio, 2021

Las cartografías del dron. Conversación con Naief Yehya

por Christian Mendoza

 

El sello Debate publicó este año Mundo dron. Breve historia ciberpunk de las máquinas asesinas. El título se suma a una reflexión que su autor, Naief Yehya, ha sostenido en libros anteriores sobre la tecnología y sus implicaciones culturales. Entre las diversas repercusiones sociales que ha tenido un dispositivo como el dron en la historia reciente, Yehya involucra en su ensayo al rediseño que éste detona de instrumentos visuales con los que interpretamos al mundo, como son los mapas, y de los edificios donde habitamos esos territorios reflejados por distintas máquinas visuales (entre las que se encuentran Google Maps o las tecnologías deepfake) que afirman o contrarrestan al dron como un instrumento de guerra.

 

Christian Mendoza: Para comenzar, ¿qué consideras que provocó la aparición del dron en la historia de la tecnología?

Naief Yehya: Uno de los elementos fundamentales para entender al dron es que se trata de una extensión de algo que ya vivíamos a nivel virtual. Por decirlo de alguna manera, al Internet le creció un tentáculo físico con el cual podemos invadir la realidad: con el que podemos surcar el cielo. De alguna manera, el Internet siempre ha sido un ojo cósmico, capaz de verlo todo y de compartirlo. Ahora, se materializó un verdadero ojo volador, un ojo de Dios con la capacidad de lanzar truenos y de ejecutar gente en diferentes lugares del mundo. Para mí, siempre ha sido muy importante que lo primero que determina al dron, dentro de una lógica tecnológica que se ha vuelto omnipresente, es que se diseña con una materialidad contundente. Nos puede ver, nos puede escuchar, nos puede espiar y, eventualmente, ejecutar. Esa posibilidad de materializar este dispositivo a través de pantallas y representaciones es algo único y paradójico. En términos de la arquitectura, podemos decir que ésta siempre ha respondido a las guerras y a las tecnologías bélicas mediante dispositivos que contrarrestan o les restan eficacia a las armas. Cuando los muros eran la solución para las flechas o los obuses, éstos fueron la solución humana. Cuando la tecnología llega a desarrollar aviones, se necesitó otra clase de protección que no solamente fuera vertical, sino también horizontal. Esto se dio a través de búnkeres o radares. Cuando aparece el dron, ¿cómo te proteges de él?

 

CM: En tu libro propones un contrarrelato al uso bélico de las máquinas en general y del dron en particular, al cual nombras como ciberpunk. ¿La arquitectura puede involucrarse en este uso crítico de la tecnología?

NY: Considero que lo que ahora sigue es rediseñar las zonas de guerra. Lo grave es que las zonas de guerra ya son todas. Con la aparición del dron, la noción de teatro de guerra, de batalla, ya no tiene ninguna validez: ya es una reliquia. Es como pensar en las guerras de la Edad Media temprana, que eran más un desfile de modas con hombres armados frente a otros hombres armados, que a veces tenían el deseo de hacerse daño. Pero aquello era más un juego de impresiones. A partir del siglo XX, la guerra como la conocemos dio un giro total al volverse algo omnipresente; algo que está en todas partes, que ya no necesita de frentes de batalla ni de líneas de combate.  Creo yo que una de las primeras cosas que deben hacer los arquitectos que están preocupados por esto es repensar la arquitectura en términos de cómo piensa, cómo ve y qué es lo que busca un dron. Una de las ideas son los juegos de luces. La luz será fundamental para confundir a los drones. La ilusión que se puede crear con ruido: que un edificio genere su propio ruido ambiental como estrategia de defensa. Los códigos QR que, al momento de escanear no traducen una imagen directa, pueden llegar a ser muy importantes para engañar y hacer que los drones no te consideren un blanco. También están los juegos de transparencias, los muros que no son muros. Los muros que parezcan otra cosa. Los techos que crean una ilusión a partir de juegos de texturas. Todos estos elementos pueden establecer una auténtica guerra de desarrollo contra quienes están construyendo los drones. 

 

CM: ¿El dron ha cambiado cómo se representa el territorio?

NY: Se trata de una tecnología con inteligencia artificial que ha sido instruida para entender el territorio de manera altamente ideológica. Quienes han etiquetado las imágenes que utilizan para enseñar a los drones, tienen ya una ideología. Estos sistemas que están etiquetando cosas para que los drones identifiquen lo que deben buscar, están enseñándolos a mirar con ojos occidentales, o peor, con ojos bélicos, militares y occidentales, a todo lo que existe en el mundo. Por lo tanto, se construye una narrativa del paisaje que depende de este discurso, uno que finalmente es artificial. No es “la verdad”. Eso es interesante porque tienes todos estos aparatos que vienen nutridos de imágenes y de blancos que están construidos a través de este diálogo que se establece entre dos redes neurales que se contradicen al tiempo que se alimentan mutuamente. Sin embargo, están basadas en un diálogo sólidamente plantado entre la tecnología y la visión occidental. No puedo decir mucho sobre esto, pero, ¿qué pasa con los drones chinos? ¿O los drones turcos? ¿O los drones iraníes? ¿Cómo es que ellos miran el mundo? Imagino que los chinos en particular, como están en gran medida destinados a venderse en mercados occidentales, tratarán de competir con una visión estadounidense y europea del mundo. Pero creo que los drones iraníes tienen una visión distinta. Creo que lo iremos aprendiendo. Finalmente, nosotros somos los conejillos de indias. El dron está creando el mundo a partir de lo que ven y de lo que nosotros dejamos ver. 

 

CM: ¿Qué consecuencias ha tenido esto sobre cómo entendemos el territorio físico?

NY: Los 21 años que llevamos de este siglo han estado definidos por nuevas formas de entender el territorio que dan las nuevas construcciones y diseños para el combate y el rastreo. Son dominios que se van planteando en términos del alcance del dron. Se están reescribiendo los mapas con parámetros que son nuevos y distintos. El vínculo que Paul Virilio estableció entre el ojo, el territorio, el avión y la cámara establece de manera muy clara hacia dónde íbamos, pero creo que no se podía imaginar que lo que iba a re-descrifrar todo sería un aparato volador no tripulado. Algo que conlleva otro tipo de limitaciones y de libertades. Uno de los aspectos peculiares del dron es esta posibilidad de que uno puede permanecer volando 24 horas sobre una zona, algo que cambia completamente todo. No es un satélite que está en la estratosfera mirando una franja de la tierra, sino que se trata de un aparato que puede cambiar de perspectiva de una manera mucho más dinámica que cualquier satélite, y que puede reescribir el territorio. Evidentemente, esto nos ayuda a pensar cómo vamos a leer los mapas y cómo vamos a poblar los territorios que aparecen en esos mapas. Porque lo vamos a poblar de una manera diferente. 

 

CM: A menudo, los drones se colocan en posiciones estratégicas para no ser vistos. Esta condición invisible, sin embargo, tiene repercusiones muy tangibles en el territorio. ¿Cómo defines esta tensión?

NY: El dron es muy poco material, en lo que respecta a que difícilmente puedes identificarlo, pero tiene consecuencias tremendamente físicas. Cuando fue la marcha del 8 de marzo, en el momento en el que llegaron las mujeres a Palacio Nacional, me pareció fascinante que en el techo de este edificio había hombres con cañones que parecía que iban a agredir a las mujeres, pero que en realidad eran estaban cazando drones. A veces siento que estoy contando una historia digna de Tolkien: alguien en el poder entendió o imaginó que el dron sería una amenaza tan real que era necesario invertir en comprar estos cañones. Es un dispendio del presupuesto por una fantasía muy abstracta. El inconsciente y la realidad ya se van moldeando a partir de la idea del dron, de su amenaza potencial. Se va reconstruyendo una idea de la amenaza y la defensa, del poderío del pueblo y del poderío del Estado, y de cómo cambiarán los balances entre los poderes. Que yo sepa, no ha volado en México un solo dron de manera amenazante, mientras que en otros lados sí. Copiamos una noción del miedo para una realidad diferente. Esto impactará tanto los presupuestos de armamento como la ideología y, por ende, el territorio. 

 

CM: Además de las estrategias de diseño que ya mencionaste, ¿hay otras tecnologías que puedan combatir o burlar al dron?

NY: La tecnología del deepfake es una posibilidad para modificar los mapas. El deepfake puede usarse ya no para crear personajes o para poner la cara de Scarlett Johanson a una actriz porno, sino para transformar el territorio: engañar a la gente con territorios que no son. No sé qué tan real sea, pero he escuchado que se puede hackear a Google Maps con mapas recreados que muestren territorios distintos, no sólo con el objetivo de confundir al enemigo sino de hacerlo gastar en cosas innecesarias. Virilio cuenta que, en algún momento, se usaron tanques inflables para que viniera el enemigo y tomara fotografías de este armamento simulado, lo que provocaba que se cambiara la estrategia. También debemos tener estrategias de hackeo del territorio. Lo que más importa es esto: los sensores son susceptibles de ser engañados y los drones dependen de sus sensores. Hay conductores en tierra que miran a través del dron. Pero el conductor en tierra es el eslabón más débil del conjunto ciberpunk que es un dron. Es un ciborg que interpreta señales. Será una carrera armamentista entre quienes engañan al dron y entre quienes lo diseñan para que no sea engañado. 

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