24 agosto, 2017

Las arquitecturas de Borges

por Christian Mendoza

En la mayor parte de la producción narrativa del argentino Jorge Luis Borges (24 de agosto de 1899- 14 de junio de 1986) se pone en marcha una idea de tecnología a partir de objetos que cumplen una serie de funciones y de discursos y que son analizados, estrictamente, a partir de estos lineamientos. Aunque la particularidad de sus descripciones sobre objetos es que frustra su mera revisión de catálogo, o bien, sus apologías, y deja en la superficie sus excesos absurdos o su carencia de sentido. Por ejemplo, una enciclopedia que pretende organizar las especies de animales en el mundo se transforma en un delirio lingüístico. También, un dispositivo a través del cual se puede observar la totalidad del mundo es apropiado por un escritor de dudosa calidad para ponerlo al servicio de una obra tediosa. Estos registros paródicos o pesimistas son una constante en la obra de Borges ya que, como lector, estuvo en un contacto cercano con la ciencia ficción y el terror de la época. H.G. Wells y H.P. Lovecraft son dos influencias confesas; ambos autores se alejaron de la mera imaginería y comenzaron articular críticas sobre las relaciones entre la tecnología y la naturaleza humana. Tal vez, esto haya permeado las nociones de Borges respecto a la arquitectura.

En In the dust of this planet (2011) del filósofo Eugene Thacker, libro que analiza el género del terror y del cuento extraño, se plantea el término climatológico para acercarse a eso que aparece ante los ojos de los humanos y que no se puede comprender en los términos de lo antropocéntrico; a una consistencia, de hecho, no-humana que cumple una acción sobre los destinos de la humanidad y que sin embargo es indescifrable e inasible. Como ejemplos de entidades climatológicas Thacker menciona a las nubes o a la neblina, a los gérmenes o a la baba que secretan ciertos elementos de la naturaleza. Es posible trasladar este concepto hacia las arquitecturas trazadas en las páginas de Borges. 

Ciudades

Podemos comenzar con El inmortal, cuento con el que abre la emblemática colección El Aleph, de 1949, en el que leemos la transcripción de un relato de aventuras donde un militar emprende un recorrido para encontrar una ciudad que puede proveer de inmortalidad a sus visitantes. Esta función la cumple la ciudad por sí misma; es decir, son sus paredes, su luz y sus aguas lo que alberga esta cualidad divina. La primera observación es que ese objeto está cercado por regiones de “barbarie”, habitadas por trogloditas que no conocen el lenguaje. Borges invierte las claves de aquellos relatos de conquista centrados en el triunfo y los dirige hacia los que se refieren a la naturaleza como un dispositivo cruel que los somete o los devora. Bajo estas condiciones adversas el soldado encuentra la Ciudad de los Inmortales, una estructura que se confunde con el clima en el que se encuentra instalada, una estructura no-humana que, lejos de provocar una suerte de éxtasis religioso, encarna una nausea, una atmósfera de perversión:

“Antes que ningún otro rasgo de ese monumento increíble, me suspendió lo antiquísimo de su fábrica. Sentí que era anterior a los hombres, anterior a la Tierra. Esa notoria antigüedad (aunque terrible de algún modo para los ojos) me pareció adecuada al trabajo de obreros inmortales. Cautelosamente al principio, con indiferencia después, con desesperación al fin, erré por las escaleras y pavimentos del inextricable palacio. (Después averigüe que eran inconstantes la extensión y la altura de los peldaños, hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me infundieron). Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo sé, con una incomprensible reprobación, que era casi un remordimiento, con más horror intelectual que miedo sensible”.

El soldado analiza el trazo de la ciudad y la comprende: es una ciudad sin funciones, un capricho arquitectónico, una ruina. ¿Dioses modernistas, probablemente? La conclusión es que la inmortalidad que provee la ciudad es todo lo contrario a un obsequio. 

Bibliotecas 

El laberinto y el infinito: dos figuras íntimamente correlacionadas que, podríamos decirlo, forman parte del bestiario borgiano. La multiplicación de ciertos patrones constructivos o la exactitud de los laberintos se encuentran adjetivados no tanto en términos de perfección como en efectos sensibles semejantes a la ansiedad que provoca la tripofobia o, paradójicamente, la claustrofobia (es posible sentir un encierro abrumador en medio de un desierto, uno de los laberintos más inmisericordes que ha descrito Borges). Es relevante que ambas formas hayan sido plasmadas en la estructura de una biblioteca. Todas las posibles retóricas que pudieran definir a la biblioteca (repositorio de conocimiento, archivo histórico) se transforman en una condición climatológica que genera la discordia entre los hombres. En el cuento La biblioteca de Babel, incluido en 1944 en la colección Ficciones, la Biblioteca (así, en mayúsculas) por sí misma existe antes que la humanidad. A la manera de una memoria arquitectónica, se describe su estructura:

“El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal”.

Esta Biblioteca está habitada, y contiene todos los libros existentes. La consecuencia de que todos los libros que puede conocer la humanidad se encuentren albergados en un solo edificio es que la organización social de los habitantes de la Biblioteca se construya, ideológicamente, a través de los libros. Hay quienes organizan expediciones para encontrar libros sagrados que tal vez no existan, o sectas que buscan eliminar aquellos libros que resulten inútiles para su archivo. La Biblioteca permanece oscilando entre la censura y la idealización, o bien, sus habitantes tienen una idea tecnológica de lo que es un libro, pero no saben cómo usarlo. La misma existencia de la Biblioteca resulta opresiva, y su destino será la autodestrucción:

“La escritura metódica me distrae de la presente condición de los hombres. La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma. Yo conozco distritos en que los jóvenes se posternan ante los libros y besan con barbarie las páginas, pero no saben descifrar una sola letra. Las epidemias, las discordias heréticas, las peregrinaciones que inevitablemente degeneran en bandolerismo, han diezmado a la población. Creo haber mencionado los suicidios, cada año más frecuentes. Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana –la única– está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”.

Lo que permanecerá de la Biblioteca no será su función ideológica, sino su cascarón arquitectónico.

En El inmortal, la ciudad se encuentra construida antes que la humanidad y en La biblioteca de Babel el edificio continuará aún cuando la humanidad se extinga. Retomando la noción sobre lo climatológico propuesta por Thacker, ambas arquitecturas borgianas se oponen a las nociones antropocéntricas sobre lo ecológico como entornos controlados estrictamente por humanos. Si las ciudades pueden estar a cargo de arquitectos megalómanos, Borges pervierte un tanto más el ejercicio de planeación dejándolo al mando de entidades enloquecidas. O bien, si los edificios pueden cumplir funciones simbólicas referidas a la civilización y al raciocinio, la biblioteca se pone en contra de la misma humanidad a pesar de su propia intangibilidad y artificio.

 

ARTÍCULOS DEL MISMO AUTOR./

Publica

Temporada de multifamiliares

Cuando el cine buscaba renovar sus temáticas, hablar de una ciudad creciente -—y de las ansiedades que generaba su expansión— fue común a muchas producciones y el CUPA fue un terreno ideal para imaginar nuevas historias. Al tratarse de una forma arquitectónica no antes vista en México, se tenía que hablar sobre la clase de ciudadano que ocuparía los edificios y que despegarían del suelo a burócratas y profesionistas. La utopía del México sin vecindades, como bien lo puso Carlos Monsiváis.

Ver más
Publica

La vecindad: un afuera comunal

Las vecindades son un afuera comunal en el que una buena cantidad de familias ocupan un solo patio para lavar la ropa, para platicar y hasta para menesteres que requerirían de mayor privacidad, como la ducha.

Ver más