22 abril, 2022

Lal Qila: destino, la guerra

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

 

Desde que escribí, en esta misma sección, sobre la Alcazaba de Trujillo, manifestando mi fascinación bipolar sobre la arquitectura de fortificación, me parece que no había tocado otro espacio directamente relacionado con este tema.

Por ello, hoy he decidido compartir la espacialidad de Lal Quila o Fortaleza Roja de Agra, India.

Así como existen sitios que por sus condiciones tienden a ser espacios de peregrinación mística, como Izamal en la península de Yucatán, otros aprovechan la geografía para convertirse reiterativamente en referentes de defensa militar y dominio, que es el caso que hoy se comenta.

Aunque la ciudad de Agra es más bien conocida por la ya comentada materialización de una historia de amor mogul, el Taj Mahal, la ubicación donde hoy se erige Lal Quila cuenta una trayectoria de muchos más siglos, remontándose sus primeras menciones por ahí del XI de nuestra era.

La fortaleza original ahí edificada vivió desde entonces diversas ocupaciones entre vencidos y vencedores de un cuento sin fin, donde parece que nuestra especie, tan jactanciosa de su racionalidad, es incapaz de sustraerse a la agresión física e intelectual del prójimo, sin importar la cuenca cultural de la que estemos hablando. Comienza a tomar forma como ciudadela imperial, al mudarse el sultán Sikandar Lodi desde Dehli al fuerte de Agra, para usarlo como segunda capital, construyendo ahí palacios y una mezquita. Es, sin embargo, la llegada del emperador Mogul Akbar, a finales del siglo XVI, cuando se potencia una arquitectura palaciega al interior de la actual fortaleza que hoy ostenta el título de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Abu’l-Fath Jalal-ud-din Muhammad Akbar, hijo de Humayun era por un lado un implacable militar cuyo legado en ese sentido fue la consolidación del imperio Mogul en el subcontinente indio, y por otro, un amante de la cultura en general, herramienta con la cual pudo gobernar incluso con la aceptación de los súbditos no musulmanes. Su visión estratégica y su conocimiento sobre las “artes de la guerra”, le encaminan primero a reforzar las cualidades militares del centenario fuerte cambiando la estructura original en sus murallas de tabique de barro por otra cuyo centro de tabique fue reforzado recubriendolo con piedra arenisca roja de la región, a la cual debe su nombre actual el conjunto. Aprovechando el respaldo del río Yamuna como protección natural, reformula la geometría del gran perímetro fortificado (unos 2.5km lineales) formulando en planta un gran arco de murallas con unos 20m de altura precedidas por un foso, mientras que hacia el mencionado río la traza es casi recta. Torreones regularmente repartidos vigilan todo el perímetro de la ciudadela y cuatro puertas, de las cuales sobreviven dos monumentales, dan acceso y salida al interior del enorme recinto imperial.

De las puertas originales sobrevivientes, ambas monumentales, los turistas entramos por la que refería al acceso reservado para el emperador Akbar, del siglo XVI por lo que el nombre original era la “Akbar Darwaza” o “Puerta de Akbar” aunque posteriormente fue renombrada por el nieto del emperador como “Puerta de Amar Singh”, anécdota que hoy no cabe en este relato, pero vale la pena leer por ahí. 

Dada su importancia política y estratégica, el edificio puerta presenta un arco apuntado rematando el puente que cruza el foso, acompañado por un par de torreones que acusan en su forma su carácter defensivo. En diagonal aparece en segundo plano, una edificación que funciona como exclusa, tan alta como la muralla que remata en tercer plano a toda la composición del acceso. En planta, los elementos fuerzan a un movimiento en zigzag, pensado originalmente para entorpecer, en caso de una invasión, el paso de elefantes de guerra, animal endémico que, por su fortaleza y dimensión, solía ser parte importante de los ejércitos en el subcontinente indio. La transición por los patios de esta entrada, ya anuncia una transformación sustancial entre la expresión adusta e inexpugnable de las murallas exteriores, y la experiencia palaciega y refinada de la ciudad para la corte imperial.

Ya adentro, tras subir por una rampa y a travesar una nueva puerta que da entrada a la gran meseta donde cambia la escala entre el interior y el exterior de la ciudadela, y entendiendo que lo visitado es solo una tercera parte del total del recinto, la dimensión de los espacios es imponente. Las edificaciones construidas por la descendencia de Akbar, en ocasiones demoliendo construcciones previas realizadas por el abuelo, se posicionan alineadas principalmente sobre el muro oriente, el que da al río.

Así, caminando de sur a norte, a las ruinas del palacio de Akbar, seguirá la delicada estructura de la residencia de su hijo Jahanhir realizada a finales del XVI y principios del XVII, continuando en su materialidad, con el uso de la piedra arenilla roja, un alto nivel de complejidad en la geometría de los tallados e incrustando detalles de enmarcamiento y decoración geométrica en mármol blanco. La fachada, totalmente simétrica, enmarca con dos torreones octagonales rematados en cúpula un gran arco apuntado que rompe la escala sobrepasando el basamento, ciego, pero altamente recargado, hasta un segundo nivel más abierto, donde los balcones sombreados forman una galería a todo lo largo del volumen.

Continuando la secuencia hacia el norte, cambia la materialidad por completo, pasando de la arenisca roja al blanco mármol con incrustaciones de piedras preciosas. Son las construcciones de Shah Jahan, más famoso por el monumento mortuorio ya comentado por aquí, dedicado a su esposa más amada, la célebre Arjumand Banyu Bagum que descansa en el Taj Mahal. Con la misma línea lingüística que el mausoleo referido, los pabellones de Jahan son un desborde de filigrana y fantasía, así como de derroche económico, pues ya comentamos en otra ocasión que, hacia el final de su vida, fue depuesto por sus hijos debido al estado de quiebra en que tenía al imperio. Pero cuando se es emperador, hasta el duro castigo del encarcelamiento se atenúa, ya que su prisión era su mismo palacio desde el cual, utilizando una de las torres que asoman cual gran balcón por la muralla del río Yamuna, podía contemplar el mausoleo de su amada, digo, para quien guste de las historias románticas.

Siendo el conjunto de Jahan en el siglo XVII, dentro de lo visitable, el que más edificios tiene, puntualizaré con texto e imágenes lo que, para mí, es más destacable como espacio.

Así entramos al Anguri Bagh o jardín de las uvas, ya que en un tiempo estuvo plantado por vides ahora desaparecidas. Sin embargo, se conserva su riguroso trazo geométrico en cruz, acotado por un porticado perimetral al norte, sur y poniente, que le contiene como una gran plaza. El eje oriente, remata con el pabellón de acceso a todo el conjunto denominado Khas Mahal, donde recidía propiamente el emperador Shah Jahan. La notable geometría en los asientos de la alberca, hoy sin agua, contienen el perímetro de ésta ejecutando un sinfín de ondulantes, mientras que el pórtico de arcos plurilobulados abre el pabellón sombreando la fachada altamente decorada al poniente. Ya adentro, los espacios abovedados reflejan la pasión musulmana por la filigrana geométrica de alta complejidad, cuyo significado trasciende la cotidianeidad terrenal para remitirnos a representaciones microcósmicas del macrocosmos. Atravesando los distintos salones, llegamos al pabellón de la reina, construido por el emperador para que, en vida, su esposa más amada disfrutara la vista del río. Posteriormente, al morir ella, se convertiría en el balcón desde donde contemplaría melancólico la estructura que entierra a Arjumand.

Acotando el corazón del palacio, aparecen al norte y sur un par de pabellones donde la forma de los techos recuerda aquella de la vienda popular bengalí (entre las políticas de Jahan estaba el tener esposas musulmanas e hindúes, para ganarse a los súbditos de esta religión) pero sus bóvedas en el continuo ejercicio suntuoso que caracteriza a la arquitectura de este personaje, están recubiertas por hoja de oro, lo cual da origen a su nombre: Roshan Ara.

No podía faltar en el conjunto personal del emperador, la mezquita particular o Nagina Masjid. Probablemente el interior más rico y suntuoso de todos los visitados: Arcos apuntados rodeados de complejas decoraciones vegetales hechas con incrustaciones de piedras preciosas en el mármol, se unen a esbeltas columnatas que continúan los patrones decorativos y constructivos, mientras que celosías caladas en placas de mármol de una sola pieza, filtran y juegan con la luz en puntos estratégicos. Ya entenderán las y los lectores por qué los hijos de Jahan, acabaron teniendo que quitarle al padre el mando del imperio.

La visita se cierra descendiendo nuevamente a la plataforma general, para experimentar el espacio hipóstilo del Diwan I Am, o salón de audiencias, donde Sah Jahan recibía a los embajadores del interior o allende al imperio. Lo que Chuecagoitia define como el espacio cuántico esencial de la arquitectura musulmana, se expresa clara y bellamente en la secuencia de columnas y arcos plurilobulados, todos estructurados por la blanca materialidad del mármol utilizado. La gran plaza ajardinada que rodea tres de los cuatro costados del edificio (el costado oriente conecta interiormente con los aposentos del emperador, expresado con un balcón que da a la sala aquí narrada) nos permite ver otra majestuosa puerta al norte, y las blancas cúpulas de una mezquita de mucho mayor tamaño, que tristemente no se puede visitar, ya que queda actualmente en el espacio de la gran ciudadela que ocupa el ejército indio.

Saldremos por la misma puerta y ya en auto, asomamos las narices por la ventana del vehículo, para ver la muralla oriente, la que da al río Yamuna, y observar las fachadas de las edificaciones reales que, amarradas a la fortaleza, asoman prepotentes al paisaje.

Tras el relativo período de paz que vivió esta ciudad, exclusiva para los emperadores Mogules, su corte y su guardia personal, entre Akbar y Jahan, nuevamente la guerra generó cambios de manos, primero hacia la dinastía Maharata, y finalmente hacia los ingleses, en las cuales, el actual conjunto patrimonial, sufrió nuevas alteraciones, demoliciones y ajustes de acuerdo con la mentalidad militar de sus nuevos ocupantes.

La categoría de patrimonio de la humanidad, desde luego surge de la iniciativa local, y se avala cumpliendo con ciertas condiciones, por la UNESCO, ganando el patrimonio, una inyección de recursos económicos para su mantenimiento. La reflexión obligada, no deja de ser triste: tanta violencia inferida, para generar bellos objetos que no están al alcance del disfrute de todos. Quizás es una condición cósmica inevitable de este pluriverso de múltiples dimensiones físicas que habitamos, donde una de ellas, en algún momento en el espacio tiempo, nos permite ver más allá del momento histórico donde se dan los acontecimientos. Pero sinceramente quiero seguir creyendo que eventualmente, podremos llegar a prescindir de la violencia, explícita o implícita, para conseguirlo.

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