12 mayo, 2018

El lago y los aeropuertos

por Miquel Adrià | @miqadria

 

El candidato único abrió de nuevo la discusión sobre el futuro aeropuerto de la Ciudad de México y con ello destapó la caja y los truenos de Pandora empezaron a sonar. 

No hay duda de que cuestionar la infraestructura más importante del país es de gran efectividad populista, ya que apela a los sentimientos encontrados entre los unos y los otros, los pobres que no viajan en aviones y los ricos que deberían pagar su aeropuerto. También se rescató la discusión entre diletantes, sobre posibles ubicaciones alternativas que permitieran mantener el actual aeropuerto, complementándolo por otro. Los expertos en aeronáutica ya dieron sus razones para descalificar estas opciones y parece ser que las inversiones y las obras realizadas hasta el momento son de tal calado que no hay vuelta atrás. Parece ser también, que hay consenso en que el aeropuerto se hundirá, pero no es menos cierto que toda la ciudad se hunde unos centímetros cada año, por lo que posiblemente se seguirán hundiendo juntos. También es incuestionable que se trata de un gran proyecto antinatural como ha sido la construcción de casi todas las ciudades a lo largo de los siglos: desde amontonar torres en San Gimignano o rascacielos en una isla, como el Empty State Building (así se denominaba al Empire State Building tras el crack del 29) o Dubai y las nuevas ciudades de los Emiratos enclavadas en el desierto arábigo, por solo citar algunos casos, sin olvidar la necedad de construir la capital mexicana sobre un lago, para desecarlo después.

Sin duda, en el caso que nos ocupa, se puede aplicar el sacrificio prehispánico en el que se entierran los logros del pasado tlatoani, tan común en los relevos sexenales (ocurrió con la Videoteca Nacional Educativa de final del sexenio de Zedillo y con la Biblioteca Vasconcelos casi terminada e inaugurada al final del sexenio de Fox, por citar los más recientes) cuyos costos finales, tras las acusaciones y abandonos, fueron desorbitados. Sin embargo, sería más operativo que el equipo del próximo presidente revise los contratos y si hay anomalías, que aplique los procedimientos legales para que se enmienden y/o castiguen. Sería absurdo que para corregir las irregularidades se cambiara la ubicación, como comentaba recientemente Alberto Kalach haciendo un parangón a escala doméstica: “si el constructor que te está haciendo tu casa te roba, no te vas, te compras otro terreno y te haces otra casa, sino que te vas contra el constructor para que te regrese lo que te robó y sigues con tu casa…”, afirmaba.

Pero además, después de la reacción del ingeniero Carlos Slim parece ser que el inminente presidente comprendió que lo podría concesionar o privatizar, de tal suerte que el futuro aeropuerto no le costaría un peso al erario. La mayor parte de los aeropuertos de México ya están bajo el régimen de concesión privada.

Lo que me parece interesante, más allá de la demagogia y la rentabilidad electoral que pueda entrañar esta discusión, es que al regresar el proyecto del nuevo aeropuerto de México a la arena pública valdría la pena rescatar aquellas utopías que llenaban de sentido el proyecto de futuro de la metrópolis, que sin duda pasa por el rescate del lago que fue y que potencialmente sigue ahí. Considero que junto al gran equipamiento que puede convertir a México en el hub entre Norteamérica y Centroamérica –que hoy por hoy ostentan Panamá, Atlanta o Miami–, el rescate del lago de Texcoco puede conformar una nueva ribera que mejore las condiciones urbanas de la mancha autoconstruida del Estado de México y que genere grandes áreas de reserva hidrológica que permitan gestionar los recursos tan necesarios en época seca, en lugar de desecar el lago Nabor Carrillo como está sucediendo en la actualidad. Si hace décadas se pensaba en aeropuertos lejanos a las ciudades hoy en día las mejores metrópolis se convirtieron en aerotrópolis alrededor de sus pistas aéreas y éste seguiría siendo el caso de la Ciudad de México.

Junto con este proyecto de rescate lacustre e infraestructura aeronáutica, está el otro gran proyecto complementario: el futuro del ex-aeropuerto de la Ciudad de México. Las 740 hectáreas de la actual puerta aérea de la capital son una oportunidad única que, hoy por hoy, ninguna ciudad en el mundo posee. Y de nuevo, es un proyecto demasiado grande e importante para dejarlo en manos de un jefe de gobierno ocurrente, en el que cabe todo lo que la ciudadanía pueda llegar a imaginar: desde el reciclaje de las actuales terminales para un centro ferial del nivel que corresponde a la capital mexicana y que detone riqueza en el oriente de la ciudad y un centro modal de transporte que incluya las nuevas líneas ferroviarias, hasta un parque metropolitano del siglo XXI que se convierta en el par del bosque de Chapultepec, junto con vivienda colectiva que ayude a permear lo que hasta ahora era un área infranqueable, y mucho más.

Una ciudad con un proyecto de futuro crece mejor, atrae conocimiento y creatividad y genera riqueza. La vocación de una de las metrópolis más grandes del mundo —hasta ahora sin rumbo y con lemas vacuos— puede encontrar en su expansión hacia el oriente con estas dos grandes oportunidades, el modo de proyectar los deseos de sus ciudadanos.

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