25 julio, 2012

La utopía es posible

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

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¿Qué es una isla? La definición es evidente, una isla es una “porción de tierra rodeada de agua por todas partes”. Pero la isla es también una metáfora. Un espacio aislado rodeado por un medio homogéneo desde el que desarrollar otras formas de vida, separadas de una posible banalidad exterior. La isla es ese lugar donde un Robinson puede construir al hombre moderno occidental triunfante sobre la naturaleza; donde reflexionar sobre la condición social del grupo; donde encontrarse a sí mismo, donde fundar otros modos de vida alejados del capitalismo, donde esconderse del dolor del mundo; donde recluirse y distinguirse del otro.

La isla –o su metáfora– representa entonces el lugar perfecto para la utopía. No es de extrañar que el propio Tomás Moro imaginara su Utopía como una isla. Es lógico, una sociedad perfecta no podía estar vinculada al mundo que hasta ahora conocía. Debía situarse aislada, apartada, desarrollada en forma paralela. Sólo así tenía sentido.  La utopía como isla, la isla como utopía. La isla representa una condición temporal y espacial autónoma respecto del medio que lo rodea. Tenga forma de isla, de planeta perdido, de proyecto artístico o de burbuja de plástico. Su forma es indiferente respecto a la que es su condición principal: la diferencia respecto del medio exterior que lo rodea. Es esta la que permite el desarrollo de esos modelos de vida paralelos sobre los que, si atendemos de manera correcta se nos permite cuestionar la realidad del mundo en el que vivimos.

Diferencia, que no inconexión. Para que la naturaleza de la isla adquiera sentido, esta debe tener una mayor o menor vinculación con el medio que lo rodea. Sólo explotando esas diferencias a través del conocimiento del otro, a partir de hacer evidente el enfrentamiento con lo que quiere criticar y poner de manifiesto su realidad. Después de todo, una isla completamente aislada acabaría por la casi segura autodestrucción propia, como casi haya ocurrido en algunos lugares a lo largo de la historia. Suficientemente separada, pero con la posibilidad de ser conectada en cualquier momento y desde cualquier lugar. Aunque sea de forma temporal o efímera.

Esta definición estaría vinculada a lo que Hakim Bey denominaba Zona Temporalemente Autónoma o TAZ o lo que es lo mismo la creación de espacios temporales que eluden las estructuras formales de control social. Es en definitiva, otra forma de isla, desde la que lanzar alternativas subversivas. De esta doble condición, de su naturaleza de isla y de ser visto como TAZ se nutría en congreso del ICSID celebrado en Ibiza en 1971 y que durante tres días se manifestó como un desarrollo de optimismo hacia nuevos materiales, tecnologías, diseños, modos de vida y sistemas de aprendizaje. Era lógico, Ibiza siempre ha tenido una condición especial.

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Conocida ahora por ser una de las zonas de fiesta del Mediterráneo su recuerdo en la memoria siempre estará asociado a las comunas hippies que chocaban con las formas más tradicionales de vida, lo que es más destacable si tenemos en cuenta que en aquella época España aun se encontraba sometida a una dictadura. Una zona temporal durante menos de una semana donde explorar vías alternativas a lo conocido, plantear utopías y construir sueños. En ella vieron la luz proyectos como la Instant City de Prada-Poole y Carlos Ferrater, el Inflable de Josep Ponsatí (una gran escultura móvil hinchable, realizada con globos de plástico blanco, que llegó a tener unos cuarenta metros de longitud), el Vacuflex-3 de Muntadas y Mezzà (una escultura móvil hecha con un tubo de plástico de uso industrial de más de 150 metros de longitud). Pero también realizaciones en video, performances coloristas y sonoras, o presentaciones de nuevos productos como el Implicor de Olivetti, un innovador sistema audiovisual. Todo acabó por acercar el congreso en torno al juego y el disfrute como medio de aprendizaje.

Ahora bien si las islas son lugares propicios para las utopías. ¿Cómo se construyen? La utopía es posible se desarrolla actualmente en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA). La primera sala registra distinta documentación relacionado con la preparación previa al congreso, desde solicitudes al ICSID, solicitudes de organización al gobierno y sus autorizaciones correspondientes –algunas curiosas como la solicitud para poder utilizar fuegos artificiales– hasta documentación dedicada al diseño de rótulos y acreditaciones, de la organización de los espacios en el hotel, de las instrucciones de llegada, del programa de conferencias, workshops y reuniones que se llevaron a cabo o la organización de la fiesta de bienvenida, por solo mencionar algunas cosas. La segunda sala es un gran espacio central donde el visitante puede sentarse y escuchar las distintas entrevistas a los protagonistas de aquel evento, al tiempo que revisa toda la documentación gráfica y técnica –aspectos constructivos o permisos –en torno a las distintas construcciones neumáticas que se llevaron a cabo.

A su vez se proyectan unos enormes vídeos que registraron el uso festivo por parte de los participantes. Una explosión de alegría que demuestra que para hacer la utopía posible se requiere un gran esfuerzo conjunto que implica muchas partes y desarrollo en el tiempo, aunque sea para que tan solo dure unos pocos días pero es la manera desde la que cuestionar los viejos modelos produciendo saltos en muchos campos, desde lo social a lo tecnológico. La utopía no es sólo posible, es imprescindible.

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Fotos: Cortesía MACBA

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