8 septiembre, 2020

Espacios: La Frontera Septentrional: Espacio para la especulación

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

 

El Paralelo 23° 27’ de latitud Norte, marca el denominado Trópico de Cáncer, frontera geográfica que delimita en esta dirección la región tropical de nuestro planeta. Al sur en 23° 26 lo hará el de Capricornio.

En Mesoamérica, representa una frontera no solo geográfica, también mística, ya que curiosamente, o no tanto, es el límite de expansión cultural relacionada con esta civilización. Al sur, conforme se recorre el territorio, a casi un grado exacto, 22° 27’ poco más o menos, gobernando desde la cima de un cerro en el valle de Malpaso, encontramos la acrópolis de la Zona Arqueológica de “La Quemada”.

Desde el nombre mismo se inicia la especulación, y que, según refiere el INAH, se debe a restos quemados, encontrados al extraer piedra para la construcción de una Hacienda, durante la época virreinal, que terminó compartiendo el mismo apelativo.

Referida desde tiempos virreinales, según el arqueólogo Peter Jiménez Betts, quien fuera director del proyecto arqueológico, a finales del siglo XVIII se le asoció con la mítica Chicomostoc, sitio de refugio y descanso de las peregrinaciones mexicas en su migración hacia el sur, ya que la necesidad criolla de entonces por asociar a la nación azteca como una identidad colectiva para buscar la independencia, y por supuesto, la falta de un trabajo científico al respecto, funcionaba perfectamente para la construcción del México independiente.

El trabajo científico en arqueología nunca es inmediato y requiere muchos recursos, pero durante el siglo XX, esa primera versión, aunque permaneció en el vox pópuli, fue cediendo en el ámbito informado a la evidencia de que el sitio pertenecía a un periodo previo a dichas migraciones. Más especulaciones surgieron junto con nombres de otros grupos mesoamericanos: toltecas, teotihuacanos, tarascos, hasta que al final, se ha llegado a la conclusión de que, sin negar influencias de los antes mencionados, lo más probable es que los grupos sedentarios de la región, hacia el período clásico, fueran adoptando paulatinamente los patrones culturales de las grandes ciudades mesoamericanas, y configurando una poderosa ciudad estado, que dominó la zona económica, militar y religiosamente.

Sabemos ahora que su momento de mayor apogeo, se da en el epicláscio (600 a 800 de nuestra era) lo que coincide con la decadencia ya mencionada en otro de estos artículos, de las grandes ciudades hegemónicas del clásico. 

Sabemos también que de este punto partían más de 100km de calzadas conectando con cientos de aldeas de la región, lo cual da todavía más inquietud a la incertidumbre histórica del sitio, pues nos habla de un centro logístico notable. Tristemente, estas evidencias no las podemos ver.

Lo que sí podemos ver al visitar la zona, es que la geometría de los grandes muros de contención, necesarios para crear las plataformas ceremoniales, parece abrazar y reconfigurar al cerro. También podemos ver y caminar un eje norte sur, amurallado, donde según el recorrido van surgiendo distintos espacios vinculantes: un gran recinto hipóstilo contiene una calzada que cruza un juego de pelota, para rematar en un peculiar prisma piramidal, serio y aislado. Un camino zigzagueante va componiendo plataformas a diversa altura que nos encaminan a través de plazas y patios hasta la punta del cerro desde donde la muralla ahora nos va marcando el camino, siempre en dirección norte, de otros conjuntos menos definidos.

El espacio de la acrópolis, nos habla una vez más de que el urbanismo prehispánico se vinculaba a una idea donde los astros, el paisaje y la arquitectura eran elementos holísticos de un cosmos donde las estaciones y los ciclos hídricos para la agricultura, mandaban por encima de otras necesidades.

Esta visión, muy diferente a la derivada del humanismo renacentista, o a la del racionalismo industrial, se adentra en el vientre de la madre tierra y su transformación constante y por ello, a nosotros tan parcializados a una sola visión del mundo, nos deja babeantes al saber que, así como surgió, un día como tal, fue quemada y abandonada por sus pobladores, que migraron a otros sitios, probablemente por un sentido ritual donde, una vez tomado lo que la madre nos da, es necesario dejarla descansar para que se recupere, quedando sólo en la memoria de los siglos, aquellos elementos que, construidos con ahínco, sobreviven aún a la erosión del tiempo.

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