7 octubre, 2013

La protesta en el espacio del poder

por Andrea Griborio | @andrea_griborio

“Protestar” significa “declarar o proclamar un propósito” (según la RAE), se refiere a confesar públicamente la creencia en la cual alguien desea vivir. Es un acto libre, individual y por tanto un derecho que todo ciudadano tiene: el de expresarse. En las últimas semanas la ciudad de México ha sido escenario de intensas protestas que han ocupado las primeras líneas de los más importantes diarios, se filtran en el discurso de la mayoría de los ciudadanos sin distinción alguna y ocupan los lugares más emblemáticos de la ciudad con el fin de irrumpir el caos cotidiano de la capital metropolitana. Los maestros –causantes de ésta protesta– y todos aquellos que se han sumado a la escena, parecen ser los protagonistas de la historia actual de la ciudad de México. El propósito de su protesta no será el tema de este texto y puede que haya perdido rating con el tiempo, los temas en cuestión giran más en torno a si se obstruye la libre circulación o si son expulsados violentamente del zócalo. La protesta parece haber activado en muchos la reflexión sobre un tema tácito y surge una pregunta que en principio sería retórica, pero que en nuestras democracias parece querer siempre encontrar respuesta: ¿de quien es el espacio público y quién tiene derechos sobre él? 

Según Manuel Delgado, antropólogo y conferencista del pasado Congreso Arquine —en el que la pregunta fue ¿de qué hablamos cuando hablamos de espacio?— el espacio público está de moda. Ese que está y siempre ha estado ahí afuera, el espacio de las calles y las plazas, no es el resultado de proyectos o determinadas morfologías, tampoco el producto de las operaciones que instituciones, dirigentes y creativos han puesto en práctica con el digno objetivo de recuperar o revalorizar aquellos lugares del territorio urbano y convertirlos en “lo que deben ser”. El espacio público es el lugar del conflicto, se nutre de él, del encuentro y las relaciones que sus usuarios/ocupantes ejercen en determinado tiempo. Su concepción como término es relativamente reciente y su caricaturización idílica, responde a una idea moderna de ciudad estratificada donde cada cual tiene su espacio, su jerarquía, su uso y su significado predeterminado.

Si la ciudad es el resultado de la decisión del hombre de vivir en comunidad —común unidad— el espacio ocupado por las mismas en principio es de carácter público. La discusión planteada por Carlos Bravo Regidor, Antonio Martínez Velázquez y Alejandro Hernández Gálvez en el programa del pasado lunes de #LaHoraArquine, pretendió cuestionar precisamente el papel de las protestas en la ciudad de México. Si el México democrático se entiende a partir del 2 de octubre de 1968, la protesta pública se entiende como un derecho de ocupación del espacio de la ciudad, un intento de exponer públicamente posiciones que debe ser respetado como un derecho ciudadano, sin que esto se convierta en la excusa para irrumpir en otros derechos o la represión a aquellos que decidan ejercerlo.

Lo que está claro es que declarar una posición públicamente está vinculado con un tema de poder y sin duda la ciudad es el escenario por excelencia de exhibición de poder. Manuel Delgado afirma que teóricos como Hannah Arendt, Jürgen Habermas o Reinhardt Kosselleck resaltan la noción del concepto de espacio público como idea-fuerza por encima de su trivial condición política-urbana. “Su uso fue, desde el principio, político y para hacer referencia a una esfera de coexistencia pacífica y armoniosa de lo heterogéneo, marco en que se podía esgrimir la evidencia de que lo que nos permite hacer sociedad es que nos ponemos de acuerdo en un conjunto de postulados programáticos en el seno de los cuales las diferencias se ven superadas, sin quedar olvidadas ni negadas del todo, sino definidas aparte, en ese otro escenario al que llamamos privado.”

El espacio público es un espacio de poder, un ámbito para ejercer encuentros y acuerdos entre individuos y colectividades, en el ideal de una sociedad culta y formada que en las democracias poseen igualdad de condiciones. Y “por supuesto que de ese marco ideal debía ser expulsado o no admitido cualquier cosa o ser que desmintiera o desacatara esa arcadia integradora en que debían convertirse las calles y plazas de una ciudad”.

EP

Imagen vía lainformacion.com






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