5 agosto, 2019

La promesa del Agua Azul

por Juan Palomar Verea

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Todo comenzó con unos manantiales a los que alimentaba, entre otros afluentes, el arroyo del Arenal, proveniente del lejano bosque de la Primavera. De allí partía, y aún parte bajo el suelo, el río de San Juan de Dios que recorre su trazo embovedado hasta desembocar en la barranca de Oblatos.

Hacia la década de 1880 el ayuntamiento de Guadalajara decidió comprar a un particular los terrenos. Existen noticias de un concurso un poco después realizado para acondicionar un gran parque urbano. Sin embargo, sobrevino una muy importante novedad para la ciudad hacia 1889: la introducción en la urbe de la primera línea ferroviaria conectando Guadalajara con la Ciudad de México. Al efecto, los terrenos del Aguazul fueron divididos por el acceso de los trenes que se dispuso hasta espaldas de San Francisco y Aranzazú, límite sur del casco urbano central.

Con el correr del tiempo las líneas férreas fueron retiradas de ese emplazamiento y la terminal se ubicó en su actual sitio. Sin embargo, la parte poniente del Aguazul nunca fue naturalmente integrada a los terrenos del parque. Sobrevinieron también los arreglos urbanos de la Calzada Independencia y  la prolongación de 16 de Septiembre. Se retiró al efecto un ingreso monumental proyectado por Rafael Urzúa.

Hacia el inicio de los años sesenta del pasado siglo se planteó un nuevo foco de desarrollo en torno al parque. Con ello se propiciaron una serie de valiosas arquitecturas modernas en la zona. En su lado poniente fueron proyectados por Julio de la Peña la Plaza Juárez, la Casa de la Cultura Jalisciense y el pequeño Museo de Arqueología. Con el grave defecto conceptual de mermar los terrenos del parque fueron edificados adentro de él dos brillantes obras de Eric Coufal: el Teatro Experimental de Jalisco y la Casa de las Artesanías. Lo mismo pasó con el edificio multifamiliar Guadalupe Victoria de Guillermo Quintanar. Al interior se dispuso la concha acústica de Alejandro Zohn. Frontero a la Plaza Juárez por el lado poniente se ubicaron importantes instalaciones del Seguro Social, obra de Alejandro Prieto, dotadas de un teatro. Un poco al norte por la avenida 16 de Septiembre surgieron los dos primeros edificios en altura de la ciudad: el Hotel Hilton de Federico González Gortázar y el Condominio Guadalajara de Julio de la Peña. Adjunto a éste el mismo autor proyectó el Cine Diana, ahora reconvertido en el Teatro del mismo nombre.

La pasada enumeración intenta enunciar el muy valioso patrimonio moderno que en el ámbito del parque del Aguazul existe. Este hecho convierte a la zona en un foco de equipamiento cuyo centro es el tradicional parque. Usos recreativos, culturales, turísticos y sociales conviven con aprovechamientos comerciales y escasa habitación. Sin embargo, pese a la subutilización de algunas de las instalaciones y la falta de mayor habitabilidad del entorno, el distrito del Aguazul guarda la gran promesa de constituirse en un poderoso contexto de irradiación de saludable vida urbana.

 

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La serie de obras y equipamientos que en la segunda mitad del pasado siglo se construyeron en el distrito del Aguazul constituyeron la expresión más  optimista de la modernidad tapatía.

Después de la Segunda Guerra Mundial el país había entrado de lleno a lo que se nombró “desarrollo estabilizador” y la economía de las principales ciudades había experimentado un notable impulso. Los años cincuenta y sesenta fueron para Guadalajara épocas de bonanza.

De esa época datan las primeras hechuras de los egresados de la Escuela de Arquitectura que había fundado en 1948 Ignacio Díaz Morales. Entre las enseñanzas ahí impartidas figuraba centralmente la necesidad de hacer una arquitectura contemporánea, plenamente inscrita en la modernidad de su época. Por otro lado, se buscaba apelar tanto a los medios y materiales propios de la construcción regional como a las nuevas técnicas para resolver los problemas edificatorios. El uso del concreto, ya ensayado con anterioridad, fue motivo de nuevos planteamientos. La construcción, iniciada hacia 1955, del Mercado de San Juan de Dios por Alejandro Zohn, es un ejemplo de punta de lo anterior.

 

Al mismo tiempo, la arquitectura preconizada en esa época hacía énfasis en la adecuación al clima y sus variaciones. Y, sobre todo, se insistía particularmente en el bienestar del usuario, centro y fin del hacer arquitectónico.

El conjunto del Aguazul, desde los pioneros edificios en altura hasta los diversos equipamientos culturales de los que se le dotó, siguió de manera acentuada todos estos principios. Todas las intervenciones gravitaban alrededor del parque, al que por cierto no supieron plenamente integrarse. Era como un telón de fondo natural con el que las producciones urbanas no tenían mayor relación.

Sin embargo, el conjunto del Aguazul es todo un manifiesto de la modernidad de la mitad del siglo XX. Se inauguraba así, con optimismo, una era en la que la ciudad habría de asegurar su desarrollo de manera armónica y adaptándose a los nuevos tiempos. Luego vendría un radical cambio de panorama al alcanzar al país la explosión demográfica e incrementarse grandemente la inmigración a las ciudades.

Pero las enseñanzas siguen vigentes, y cada uno de las piezas de esta gran composición es una buena lección de arquitectura. Existe entre ellas una cierta unidad, inclusive una mesura y discreción muy de agradecerse. Después de esas épocas otros serían los caminos que tomo la arquitectura de la región. Pero la lección ahí queda, en espera por cierto, tanto los edificios mismos como sus principios, de ser mejor aprovechados.

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