4 abril, 2019

La promesa de Chapultepec

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Se hizo el anuncio: con 800 hectáreas, el proyecto de Chapultepec será el espacio artístico y cultural más importante del mundo. Bien, en principio. Que los terrenos de la Secretaría de la Defensa que, tanto en el sexenio anterior como al inicio de este, se había planteado parcialmente para desarrollo inmobiliario se sumen al Bosque de Chapultepec es buena noticia para la Ciudad de México. Pero el anuncio abre muchas interrogantes que durante la presentación no aclaró la explicación ofrecida por Gabriel Orozco, encargado del proyecto. Planteo sólo algunas.

 

Jardín de la South London Gallery, Gabriel Orozco.

 

La primera sería, justamente, ¿por qué Orozco? Sí, Orozco es uno de los artistas mexicanos contemporáneos con mayor reconocimiento nacional e internacional y, entre muchos otros trabajos, ha diseñado ya un jardín para la South London Gallery. Pero un jardín no es equivalente al Bosque de Chapultepec. Y no sólo por obvias razones de tamaño y complejidad, sino por las condiciones que Orozco esbozó en la presentación. Los museos y espacios culturales, el zoológico, el cárcamo del río Lerma, la Feria, el Panteón de Dolores, Los Pinos, que dejaron de ser la residencia oficial para sumar sus espacios a los del bosque urbano. Todo eso y más: el Paseo de la Reforma y Periférico que lo atraviesan, Constituyentes que lo bordea en parte; colonias de lujo de un lado y barrios populares del otro. Esas condiciones implican necesariamente la colaboración entre expertos en diversas materias. Lo sabe Orozco; lo dijo. Pero no dijo si ya sabe qué papel jugará específicamente y cuál será su posición como director de ese proyecto: ¿será el gestor de todos esos grupos de expertos, será el autor de las ideas centrales, será el impulsor de un proyecto colaborativo, abierto y horizontal? Y, en cualquier caso, ¿por qué Orozco será el gestor, autor o impulsor de las ideas y las obras necesarias para Chapultepec?

 

Otra pregunta relacionada a las anteriores e ineludible es, si ya Orozco ha sido elegido como la cabeza del proyecto, ¿cómo se decidirá quiénes colaboran con él? ¿Serán sus amigos y conocidos? ¿Se harán licitaciones abiertas para encontrar a los diversos contratistas? ¿Se organizarán concursos abiertos para proyectos específicos? ¿Se trabajará de manera participativa con vecinos y ciudadanos en general? Por supuesto, en un bosque urbano de 800 hectáreas hay lugar para todos esos modelos, ¿son todos igualmente válidos? Desde hace tiempo he opinado que la única manera válida de asignar la realización de proyectos de obra pública son los concursos abiertos, aunque puedan tener ciertas restricciones: geográficas —para personas trabajando en cierta región—, de experiencia —para quienes hayan realizado algún tipo de proyecto similar— o de edad —para jóvenes—, entre otras. Hay, sin embargo, los que piensan que no todo debe ser concursos —y no hablo de quienes han sido beneficiados por asignaciones directas y las consideran, evidentemente, un método aceptable.

El arquitecto ingles Jeremy Till, por ejemplo, varias veces ha explicado que los concursos generalmente exigen mucho trabajo que no está necesariamente dirigido a entender ni el sitio, ni el programa ni los requerimientos de los futuros usuarios, sino a producir resultados previsibles y estereotipados juzgados con criterios no siempre claros. Entonces, si no es mediante concursos, ¿cómo realizar los proyectos que ser requerirán en Chapultepec? La respuesta gusta a nuestros gobernantes aun menos que lo que les gustan los concursos, método que rehuyen.

Si no hay concursos entonces hace falta un trabajo más largo y lento de estudio y análisis, de comparación de diversas propuestas consensuadas en mesas de trabajo y discusión, de talleres de diseño participativo y presentaciones públicas en un proceso que, si resulta virtuoso, satisface a la mayoría pero nunca a todos y que jamás tomará menos tiempo que un concurso. Y, de cualquier manera, la pregunta vuelve al inicio: ¿cómo se eligen a los profesionistas y especialistas que tomarán parte en ese proceso de diseño? ¿Se piensa conformar un oficina pública especializada, contando con la asesoría y supervisión de grupos colegiados, de instituciones educativas y de investigación? ¿O ese trabajo participativo será desarrollado por particulares cuya elección, de nuevo, supone algún tipo de concurso o licitación?

 

Si las preguntas sobre por qué y cómo se elige a quien encabeza este proyecto y quienes serán sus colaboradores no resultan de poco interés, lo principal, tal vez, sería entender, claramente, ¿qué es lo que realmente se plantea y por qué ahí y ahora? Insisto: sumar los terrenos de la SEDENA al Bosque de Chapultepec me parece que es una buena decisión. Buscar continuidad peatonal para recorrer toda la extensión del bosque, también lo es. Abrir el bosque a las zonas que lo rodean y a las que ahora da la espalda es justo y necesario. Pero, ¿ya se han valorado los efectos a distintas escalas de esas acciones? A mediano plazo, una mejor conexión con el bosque sobre avenida Constituyentes, ¿provocará el aumento del precio de la tierra y de la construcción en esa zona, expulsando a quienes ya viven ahí? Ese es un proceso “natural” en muchas ciudades, ¿qué medidas se tomarán para evitarlo o, de menos, controlarlo? Y a una escala mayor, ¿qué relación tendrá este gran bosque urbano con espacios como Ciudad Universitaria, el parque ecológico que ahora se propone construir en el lecho de Texcoco o con zonas como Xochimilco, que nos dicen padece hoy condiciones críticas en cuanto a su viabilidad hídrica y ecológica? Calificar a Chapultepec como un espacio “artístico y cultural”, nada más, con todo lo amplio que puedan resultar esos conceptos, ¿basta? Sumado a sitios como los antes mencionados, ¿puede Chapultepec concebirse como parte de un modelo para el desarrollo urbano, ecológico e hidrológico de la región entera?

Estas son algunas de las interrogantes en que hace pensar el anuncio reciente de lo que se plantea para el Bosque de Chapultepec. Algo que aun no es un proyecto y ni siquiera un anteproyecto, lo reconoció Orozco. Pero ni siquiera es por ahora una propuesta. Es, apenas, una promesa. Una promesa que, para saber cuándo y cómo se cumplirá, habrá que definir claramente en sus términos. Y pronto.

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Stanley Tigerman (1930-2019)

“Hay que decir no pero lograr que se construya. ¿Cómo dices no y logras que se construya? Tienes que encontrar la manera de decirle no al cliente sin que te despida, y eso se aprende lenta y dolorosamente.” Stanley Tigerman

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