27 junio, 2014

La política del otro. Conversación con Antanas Mockus

por Jose Castillo | @josecastillo911

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JC: Me interesa mucho esta distancia que se suele percibir entre ciudadano y político. Desde tu perspectiva ¿cómo has hecho para cambiar la percepción de esa distancia entre el acto político de ser político y el acto político de ser ciudadano?

AM: Hay un desprestigio muy claro de los políticos en muchas partes del mundo, especialmente en América Latina. Cuando llego a un hotel me preguntan oficio o profesión, casi siempre digo profesor. Los profesores tienen más del sesenta por ciento de confianza de parte de la ciudadanía, los políticos en Colombia tenemos apenas el seis. El punto de partida es horrible. Hemos descubierto que la gente también piensa bastante mal de la gente: eso es una enfermedad más grave. Es decir: no le doy la oportunidad al otro de ser ciudadano, ni de actuar políticamente de manera correcta. Los partidos son vistos como asociaciones para delinquir. Entonces, desde un punto de vista racional, entendemos que la democracia necesita políticos, partidos políticos, competencia entre distintas propuestas, pero otra de las necesidades que tiene la democracia es la toma de decisiones, la convergencia de opiniones. Un teórico de la política —no muy respetado porque fue utilizado por Hitler—, Carl Schmitt, dice que la esencia de la política es el antagonismo, lo cual es muy visceral. Por ejemplo, que un lituano se case con una polaca es un lío por historias de geopolítica. Algo así se da con el fanatismo del futbol, y si la gente no se peleara hasta la muerte sería una forma bonita de pertenencia, pero cuando se vuelve agresiva es todo un problema. Hoy la ciudadanía se remite mucho a la nacionalidad, es decir, para un estadounidense ser ciudadano significa ser defendido por el gobierno estadounidense: es un patriotismo. Pero si hacemos cultura ciudadana en clave universal se aplicaría la misma justicia a todos: no distinguimos al conciudadano del ciudadano del mundo. Los estándares son iguales para toda las ciudadanías.

JC: Reconocer el conflicto como parte central de las democracias es también reconocer el papel de los agonismos para no matarnos.

AM: Sí. Crear el impulso, pero mantener el límite. Por ejemplo, los jóvenes en el rap tienen un baile que consta de cruzarse, pero no deben tocarse ciertas partes de la cara; hay una restricción que lo convierte en una cosa estéticamente bella. Tiene el componente bélico, pero a la vez el de no excederse.

JC: Los amigos cerca, los enemigos más cerca.

AM: Hay una frase de Borges que suelo citar: “hay que escoger con mucho cuidado al enemigo”. Como juego de espejos: en cierto sentido cuando tienes a alguien de enemigo es un reconocimiento.

JC: ¿Cómo funciona la idea de cambio de patrones de comportamiento social, la idea en la que una sociedad empieza a generar formas de civismo alternativas? Has impulsado una serie de alternativas que van más por el lado de los incentivos que por el lado de las reprimendas, contra la idea tradicional del Estado, en particular de cara a las decisiones urbanísticas, como el que ejerce el castigo. ¿Cómo la negocias en el acto político?

AM: Creo que lo que más influye en el comportamiento propio son las lecturas que uno hace del vecino, del otro. La manera en que leo lo que el otro hace tiene repercusiones fuertes sobre mi. Parte de lo que hemos hecho en los programas de cultura ciudadana es atacar la conducta y no a la persona.

JC: ¿Cuáles son los retos para la ciudad latinoamericana hoy?

AM: Yo creo que hay un tema de jóvenes y de poblaciones que pueden verse abandonadas. La competitividad está basada en habilidad de aprender, y a medida que crezca la población mucha gente piensa que eso ya no sirve. Es algo muy duro. Hay también otro tema urgente que es la relación de derechos de propiedad y violencia. Es absurdo que dos personas entren en un juego donde alguien pueda morir; debería haber categorías de comportamientos: que muera alguien por intento de robo es algo desmesurado. En las estadísticas de la Organización Mundial de la Salud un joven latinoamericano tiene 32 veces mayor probabilidad de morir de manera violenta que un joven europeo. En general me ha impactado mucho que en el mundo hay más suicidios que homicidios. Se tienen que sumar todas las muertes por homicidio y todas las muertes en guerra para escasamente igualar la cifra total de suicidios. Eso habla un poco mejor de la gente —sin promover el suicidio—. En Uruguay, por cada homicidio hay dos suicidios y medio; en Colombia por un suicidio hay seis homicidios; en Japón por cada homicidio hay veinticuatro suicidios: al japonés no hay que cuidarlo del otro japonés, sino de sí mismo.

JC: ¿Qué significa hoy día que los vínculos históricos de nación, origen o religión hayan sido sustituidos por otros?

AM: Es curioso: uno podría asociar la libertad individual, el pensar por cuenta propia y aceptar esa atomización como su costo. ¿Quién nos manda a ser tan curiosos, quién nos manda a destruir a nuestros ídolos? Pero la cosa es difícil. En los estudios sobre capital social lo que más duele es la reducción drástica de a quién puede recurrir una persona en caso de necesidad. Hay quienes tienen una red muy amplia; gracias a esa red cualquier adversidad es manejable. En cambio, hay quien tiene que enfrentar las contingencias más duras a solas. Eso debería de ser más importante incluso que los ingresos.

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