29 abril, 2022

La palma

por Christian Mendoza

Con música, con coronas fúnebres, con abrazos, diversos ciudadanos se despidieron de la palma que ocupaba un sitio en el Paseo de la Reforma. En esa vía, donde el Porfiriato y la Revolución colocaron sus emblemas, pareciera que la palma se leyó de la misma manera que las columnas, las estatuas y los bustos. Las proporciones que tuvo el retiro de una palma podrían ser una pauta para pensar que, al final, la glorieta en la que se encontraba era una especie de escenario que la monumentalizaba. La ciudadanía, ciertamente, se despidió de un monumento, pero no de uno hecho de piedra y no uno que, intencionalmente, contuviera ideales nacionales. Este evento puede representar un punto de partida para apuntar algunas ideas sobre los vínculos que la ciudad y quienes la habitan tienen con la naturaleza; vínculos que son de orden afectivo pero que son estimulados desde instancias muy específicas. 

Después de 100 años de formar parte del paisaje de una de las avenidas centrales de la ciudad, la palma activó sensaciones colectivas, como la nostalgia y el luto, que se han podido experimentar en circunstancias más graves, como en los sismos. Pero aquí, aparecen las tensiones. En un sismo, es la sociedad civil la que se apropia de los escombros para, sí, organizar la ayuda, pero también para expresar el dolor causado por la destrucción. Sin embargo, la despedida de la palma estuvo oficializada por la Secretaría del Medio Ambiente de la Ciudad de México y por el mismo gobierno. De alguna manera, se dio un permiso institucional para establecer un vínculo entre la ciudadanía y la palma: para despedirse de un ejemplar que forma parte de una circunstancia mayor, en lo que respecta a la condición climática de la capital del país.

En “Una palma para la glorieta de la palma”, texto publicado en La Tempestad, Aldo Solano Rojas apunta que “aunque seguramente pudo haber recibido mayor mantenimiento, la muerte del ejemplar histórico de Reforma no es culpa de nadie: los árboles nacen, crecen, se reproducen y mueren”. Sin embargo, la palma se volvió un signo de representación que comunica no sólo que la ciudadanía puede estar al tanto de la biodiversidad que la rodea, sino que el poder puede ayudar a construir los vínculos afectivos y a cómo aproximarnos hacia la vegetación que forma parte del tejido urbano. A la manera de los gabinetes del naturalismo decimonónico, que planteaban una mirada asimétrica entre la humanidad y la naturaleza, una glorieta (y una despedida organizada) establecen una coreografía de cómo la ciudad convive con un ejemplar que, para muchos, significa historia y resistencia, aunque la mayoría de las veces encarne un mero ornamento para el disfrute. Lo verde se vuelve un “acabado” más para el espacio público. Además, estas emociones son simultáneas al avance de un clima cada vez más adverso para los humanos y los no-humanos que coexisten en la ciudad, consecuencia no de la naturaleza sino de una ecología que ha sido intervenida desde hace siglos por gobiernos, exploradores y naturalistas. Podríamos cuestionar que la muerte de la palma no es culpa de nadie. 

En su libro Seguir con el problema: Generar parentesco en el Chthuluceno (2019), la filósofa y bióloga Donna Haraway plantea que, ante una destrucción planetaria cuyas consecuencias son cada vez más tangibles, nuestra noción de la vida debe expandirse y volverse más compleja. Para la autora, la humanidad es una especie más en un ecosistema donde lo animal y lo vegetal también forma parte no sólo de la diversidad, sino también de las cadenas de trabajo que sostienen una vida cada vez más vulnerable. Por ello, Haraway propone que debemos construir un “parentesco” entre nosotros y lo no-humano, uno que vaya más allá de celebrar la resistencia de la naturaleza para, más bien, ponernos en una posible igualdad de condiciones. Los nexos de sangre y de afectividad pertenecerían no sólo a una humanidad sino a todos los organismos que enfrentarán la destrucción. Esta actitud, de proporciones planetarias, podría ayudarnos a descolonizar al planeta y dejar de pensar que la vida no-humana está ahí o bien para resistir o bien para ser disfrutada.

La palma ha muerto no tanto por el hongo que le nació por ser exógena a la biodiversidad urbana. La contaminación del aire, cada vez más creciente, comenzó a carcomerla, algo que, se ha comentado, será el destino de todas las palmas, las cuales no son la única especie que acompaña nuestra vida en la ciudad. Por su mera ubicación, un ejemplar fue “historizado”. Pero es posible que todas las palmas puedan pertenecer a nuestra historia: es posible que podamos generar un vínculo con lo que coexistimos, al margen de los oficialismos. 

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