1 mayo, 2020

La oficina irrumpe en casa

por Carlos Lanuza | @carlos_lanuza_

 

Hasta hace poco tiempo una de las tendencias en el diseño de oficinas era trasladar la sensación de “hogar” a estos espacios, pues al sentirnos cómodos y en confianza incrementamos nuestro bienestar sicológico y por lo tanto nuestra capacidad para producir. Normalmente esto se persigue disponiendo sofás, butacas y alfombras en las áreas de descanso, generando espacios desenfadados donde tomar café o celebrar reuniones, por ejemplo. Algunas empresas llevan esta tendencia más allá e incorporan servicios que antes eran ajenos al mundo laboral, como guarderías o gimnasios, diluyendo las fronteras entre la vida personal y la profesional. Estas acciones que muchos ven como alicientes para captar talento, no son más que otra manera de dilatar el trabajo y colocarlo en el centro de nuestras vidas, dando una falsa idea de conciliación.

La tecnología ha cambiado la manera de trabajar en las últimas décadas, ha servido de soporte para poder extender las funciones laborales más allá del espacio físico y temporal. Se puede trabajar desde cualquier punto geográfico y a cualquier hora, lo único que se necesita es un aparato conectado al mundo. El auge de la utilización de Internet y la necesidad de un espacio físico han dado pie a nuevas formas de trabajar, como los coworkings. Estos han ido cambiando para convertirse en algo más que meros espacios habilitados para el trabajo eventual de profesionales que carecen de oficina fija, y se han transformado en redes de profesionales afines que explotan sus conexiones para generar un mejor producto gracias a la interacción entre sus miembros.

Debido a estos avances tecnológicos también ha aumentado la geo-deslocalización del trabajo. Ya no es necesario tener una oficina “física” para tener presencia empresarial. Como resultado, es posible contratar mano de obra calificada en otros países con condiciones laborales distintas, el trabajo se exporta a zonas con condiciones más atractivas para la empresa, y no necesariamente para el trabajador. La maquila que antes pegaba botones o cosía pantalones en países en vías de desarrollo tiene su reflejo en empresas que desarrollan productos en países asiáticos para industrias en Latinoamérica o Europa, por poner un ejemplo.

Con la irrupción del COVID-19, muchas de estas tendencias se han acelerado y otras se han terminado de instaurar. El confinamiento ha revertido el añorado “sentirse como en casa en la oficina” y lo ha llevado al extremo, la oficina se ha trasladado directamente al hogar, sin aviso, sin tiempo para prepararnos y dando por sentado ciertas cosas fundamentales, como el tener un espacio y las herramientas necesarias para poder llevar a cabo dicho trabajo. La separación entre la vida personal y profesional ha quedado completamente disuelta.

 

¿Estamos ante una nueva precarización del trabajo?

En cuestión de semanas las empresas se han dado cuenta, de manera forzada, de que también es posible trabajar desde casa. Esta nueva situación refleja de manera directa la capacidad económica de los trabajadores y agudiza las diferencias sociales. Hay muchas preguntas por responder, ¿todos los trabajadores tienen el espacio necesario para poder trabajar desde casa?, ¿quién se hace cargo de la adaptación de estos espacios?, ¿quién se asegura de que nuestra oficina en casa cumple con la normativa vigente, que tenemos una silla operativa funcional y 500 luxes sobre la mesa, por mencionar un par de cosas fundamentales? Y si hay enfermedades derivadas del trabajo en casa, ¿quién las asume, el trabajador o el empleador?

También se ha de tomar en cuenta la repercusión que tendrán en la ciudad los cambios en el mercado laboral. Si ahora puedo trabajar desde casa ¿por qué he de vivir en grandes ciudades donde el precio de la vivienda y los servicios son más caros? Si la tendencia es esta, las empresas no necesitarán tanto espacio, se reducirán los costes de alquiler, dietas, traslados y otros beneficios como cheques restaurantes para sus empleados o vehículos de empresa. En una visión reducida y cortoplacista estos cambios en la forma de trabajar probablemente aportarán beneficios económicos a la compañia, pero a largo plazo podrían suponer una paulatina destrucción del capital humano, personas desmotivadas que rendirán menos, se sentirán menos agusto y serán menos productivas.

Es evidente que el teletrabajo también puede traer consigo aspectos positivos, al haber menos desplazamientos se reducirán las emisiones de dióxido de carbono, habrá menos atascos y, en principio, ciudades más saludables y ciudadanos menos estresados. Al eliminar desplazamientos también ganaremos tiempo —el de commute diario—, que permitirá actividades que probablemente antes no se podían realizar. La conciliación familiar se verá beneficiada por estos cambios, más tiempo con la familia y amigos generará mayor bienestar.

 

Pero ¿cómo serán los espacios de trabajo después del COVID-19?

El trabajo quedará todavía más disuelto entre dos ámbitos hasta ahora opuestos, el laboral y el personal. Tendrá que cambiar el mobiliario en casa, así como poco a poco iba cambiando el de la oficina, pero sobre todo, habrá que generar nuevos valores en el espacio de trabajo fuera del hogar, ¿qué aportará la oficina si el trabajo lo puedo realizar desde la comodidad de mi hogar? Las empresas afrontarán el reto de mantener motivados a sus empleados, la oficina deberá ofrecer no sólo confort y dinamismo, sino también un espacio con actividades complementarias que fomenten la interacción y la productividad.

¿Podríamos imaginar la oficina del mañana como un espacio lejos de la ciudad? En un espacio que se visitará dos veces por semana, por ejemplo, la empresa no tendrá que invertir en alquileres caros y la mayor ventaja será poder estar en un entorno natural que mejore la experiencia laboral. También podríamos repensar la oficina y convertirla en un evento, algo efímero, y ser una convención de algunos días realizadas en destinos turísticos donde se reúnen los empleados para conocerse y generar cultura de empresa. 

Quizás veremos cómo las compañías entrarán en los hogares y darán ayudas para incentivar la compra de comida sana en casa, y pagarán gimnasios para tener empleados saludables. La empresa como entidad sólida y con presencia física se separará en sus componentes a modo de satélites y se replicará el modelo del taxista por ejemplo, cada uno cargará con su puesto de trabajo. Es evidente que la casuística de cada empresa determinará la manera de proceder, pero ahora las tornas han cambiado y se tendrán que repensar los sistemas laborales. No se puede dar la misma respuesta a una pregunta que ha cambiado.

Si bien los espacios de trabajo cambiarán, y el teletrabajo ganará fuerza, es responsabilidad de todos el ser conscientes de cómo estos cambios pueden repercutir en todas las esferas de nuestras vidas. Es indispensable entender la necesidad de los espacios físicos para la interacción de las personas. Así como las ciudades no son una mera aglomeración de edificios, la oficina no es un mero conjunto de personas produciendo. Es en el roce generado entre sus componentes donde la creatividad y la motivación crecen. Habrá que entender cuáles son los límites del aislamiento y de la tecnología, y sólo aquellas empresas que sean capaces de hacerlo podrán generar entornos laborales sanos y productivos, donde las personas —como individuos y como equipos— serán el centro del trabajo, y no la mera generación de beneficios.

 

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