1 diciembre, 2018

La oficina del futuro y el futuro de la oficina

por Lorenzo Díaz

Presentado por: 

Mucha tinta se ha derramado para hablar de productividad, colaboración y comunicación dentro de las organizaciones modernas.

Insistentemente se estudian métodos y dinámicas para estimular a los colaboradores de una compañía de tal forma que se obtengan resultados que agraden a los inversionistas y que, por lo tanto, tiñan de viable el futuro de los negocios.

Cierto es también que el antiguo quehacer de idear espacios para habitar permanece rezagado en comparación con este tema y con el lenguaje que en los negocios se maneja. En este dinámico juego, donde la empresa y sus espacios de trabajo crean valor económico, poco aportan los arquitectos.

No hemos visto aún una Bienal de Arquitectura, como la de Venecia, dedicada a los espacios de trabajo e, irónicamente, de estos mismos emana la arquitectura que ahí tanto se vapulea. Cuando en la edición pasada Koolhaas exploró los elementos que componen la arquitectura, aquella “sin arquitectos” habló del hogar y su evolución, incluyó la televisión y hasta la consola de juegos. Estudió el fenómeno del retrete, pero el escritorio quedó, como siempre, en el olvido. Escaleras, techos y ventanas hacen del espacio habitable lo que entendemos por arquitectura, pero ¿qué hace de un espacio una oficina?

Desde siempre los empresarios se han propuesto organizar las tareas de su equipo de trabajo, cual tropas al mando de centuriones, con el único objetivo de ganar las interminables batallas económicas. Ya los Médici, potentados indiscutibles, ordenaron los “oficios” de manera sistemática, dando lugar al primer espacio corporativo del mundo occidental y marcando el inicio de una era, la de los espacios de oficina. Revolución industrial y de las comunicaciones de por medio, hoy tenemos construidos en nuestra mente arquetipos rígidos sobre lo que significa pertenecer, trabajar y producir en un espacio de oficina. Será que la revolución de la información, en la que estamos plenamente inmersos, realmente plantee un cambio radical a lo que probablemente comienza a ser un espacio anacrónico; sinceramente lo dudo.

La arquitectura vive inmersa en la creación de templos del cliché, retratando situaciones ya superadas que persiguen modelos largamente abandonados por la sociedad urbana moderna.

Así, las voraces desarrolladoras exigen a sus creativas cortes de arquitectos la elaboración de complejos proyectos que contemplen espacios para la familia ideal. Apartamentos o casas habitación que suponen comportamientos preestablecidos de un modelo de familia evidentemente desaparecido. Espacios que contienen desayunadores en la era del Starbucks, “family rooms” en la era del Netflix y la tableta, y áreas sociales en el mundo de las redes sociales. Las familias, irremediablemente, se adaptan a espacios hace mucho tiempo superados. Para las corporaciones empresariales la historia es la misma.

Pregonando como mesías, los empresarios del nuevo milenio nos hacen llegar desde el Valle del Silicio sus visiones sobre las nuevas formas de trabajar, coloridas resbaladillas, mesas de billar y futbolitos dispersos entre las estaciones de trabajo gritan a los cuatro vientos la llegada de un nuevo contrato social entre patrones y trabajadores. Al clamor de todos somos iguales, los grandes directivos toman asiento mezclados con las hordas de trabajadores de cuello blanco. Cegados por el glamur de la era del internet, los diseñadores de espacios calificados copian paletas de colores y esquemas visuales que aparentan cambios profundos en la construcción de espacios de trabajo para las familias corporativas del mañana. La máxima sentencia de los visionarios de la oficina del futuro vaticina: “la movilidad ha terminado con las oficinas, hoy se puede trabajar en cualquier lado”. Tal vez una afirmación que, llevada a todos los ámbitos del habitar humano supondría también que dada la movilidad global, éste el fin del concepto hogar. ¿Para qué contar con uno si se puede vivir con todas las comodidades del mundo moderno en cualquier punto del planeta, inclusive suspendido por los aires dentro de un jet supersónico? Surge así entonces el cuestionamiento medular, ¿qué es realmente lo que define a una oficina moderna?, ¿qué le da sentido y significado a un espacio para que tenga la etiqueta de “lugar de trabajo”?

Taller, despacho, atelier, estudio, oficina, nombres confusos que hacen evidente cómo los primeros que están confundidos son los mismos arquitectos, quienes en la consecución de su oficio y la definición misma de su pasión no saben siquiera cómo calificar a su espacio de trabajo. ¿Cómo esperar entonces que orienten y diseñen las situaciones espaciales para los emprendedores del futuro? ¿Puede un arquitecto definir el porvenir del mundo del trabajo?

La evolución de la tecnología, en especial la de las telecomunicaciones, ha dado vuelcos inesperados a nuestras formas de colaborar en y para los equipos que se ven involucrados en nuestra labor productiva, de eso no hay duda. Me cuestiono, sin embargo, que hayamos entendido dónde en realidad está el cambio que afecta directamente los espacios que habitamos; poder trabajar ubicuamente no significa que seamos productivos en cualquier lugar. Dormir cansados en la banca de la estación del tren no significa ni descanso, ni que la banca se transforme en una recámara, ¿por qué entonces pensamos que la mesa de un café puede ser un espacio para una reunión de trabajo o el lugar ideal para redactar una propuesta de negocio? Oír: “Yo la verdad no tengo oficina, trabajo desde el Starbucks” es como decir, “ya en casa eliminé el comedor, he adoptado el Vips como el lugar para recibir a mis suegros”. La arquitectura es identidad, es cultura que da sentido de pertenecía.

Inquieto por esta incertidumbre, hace años emprendí la búsqueda de la definición de oficina y, por ende, el entendimiento de la oficina del futuro. En charlas con diseñadores, arquitectos, antropólogos, pedagogos, arqueólogos mencioné el dilema presto a recibir retroalimentación; después de todo, al igual que muchos más y como bien lo dijo Woody Allen, me interesa el futuro, ya que es donde planeo pasar el resto de mis días.

La oficina del futuro = conexión + identidad

Los espacios de trabajo del futuro habrán de mejorar la forma en que actualmente se brinda soporte a dos procesos fundamentales que definen la esencia de la actividad de trabajo: la comunicación y la identidad de quienes los habitan. La comunicación habrá de estar determinada por las necesidades de cada individuo y el contexto en el que se encuentran. Los espacios de trabajo han de tomar en cuenta los diversos tipos de comunicación, entre los que se incluyen la personal y a distancia, así como la sincrónica y la asincrónica.

La comunicación directa se desarrolla en actividades que se llevan a cabo en un lugar físico común, mientras que a distancia  se desarrolla mediante herramientas tecnológicas disponibles.

Esta última puede ser sincrónica, si sucede con la interacción en tiempo real entre individuos, o bien asincrónica si el intercambio de mensajes es no secuencial y atemporal. Los espacios y herramientas de trabajo habrán de facilitar estos —y otros futuros— tipos de intercambio de mensajes y emociones entre quienes colaboran con un objetivo común.

Los espacios físicos del futuro han de considerarse menos como contextos pasivos y más como entornos activos con un papel determinante en las actividades que dentro de ellos se desarrollan.

La identidad es un tipo de comunicación entre el individuo y su entorno o bien consigo mismo a través del entorno. El medio ambiente material seguirá siendo en el futuro un espacio de expresión sobre quiénes somos y en qué creemos. Por tanto, el espacio de trabajo del futuro es un espacio cultural y social que atiende sueños, logros, anhelos, orgullos, preferencias, convivencias, experiencias, etcétera.

En este sentido, el diseñador de espacios de trabajo del futuro ha de tomar en cuenta las capacidades y las necesidades comunicativas y expresivas de los diferentes usuarios involucrados en las actividades de trabajo.

 

Rompiendo programas arquitectónicos y nuevas variables

El nacimiento de la planta abierta y el rascacielos, al más puro estilo de Mies, supuso un borrón y cuenta nueva en la creación de los nuevos espacios de trabajo, una especie de hoja en blanco donde cada organización podría idear el tablero de juego ideal para la partida a sostener. Nace con este esquema el famoso

Bürolandschaft, donde el espacio a ocupar es visto como un paisaje, como un territorio a colonizar, por ordenar.

Surge como reacción a estos nuevos espacios un acercamiento modular que crea soluciones adaptables y flexibles. Es notable el nacimiento de los sistemas con base en componentes que racionalmente cubrían todos los modos de trabajo, funciones operativas y niveles jerárquicos, una respuesta ideal al mundo de la posguerra y el crecimiento sin medida de organizaciones bien articuladas, modulares y concentradas. Coloniza entonces estos espacios abiertos un mundo de productos modulares que prometen flexibilidad y reconfiguración, realidad que nunca llega.

Hoy, las murallas de paneles han caído y con ellas los programas arquitectónicos predeterminados. Las empresas no llegan a habitar espacios modulados, no reestructuran sus puestos de trabajo a partir de organigramas. Deberán entonces crearse nuevas dinámicas de trabajo para concebir los programas arquitectónicos que deberán ofrecer lugares que satisfagan las dos variables clave antes planteadas, comunicación e identidad.

A la luz de la creación de espacios con base en modelos paramétricos y en franca imitación de los modelos orgánicos y de la naturaleza, la arquitectura de interiores deberá buscar un acercamiento científico a los nuevos espacios de trabajo, partiendo del supuesto de que las organizaciones contemporáneas se comportan más como un ser vivo que como una máquina. Habrá que cambiar seguramente las premisas sobre los programas arquitectónicos de planta abierta en edificios que ofrecen antes que soluciones, metros cuadrados.

Considerar rentabilidad inmobiliaria como parámetro para entender agilidad y competitividad empresarial comienza a ser una gran contradicción, y está sin duda en manos del diseñador crear un nuevo modelo que concilie la voracidad financiera en torno al espacio, siempre a favor de la capacidad de creación de capital del espacio productivo.

Habrá que cambiar los parámetros a considerar como fundamento para crear los programas que construyan la arquitectura del trabajo. El valor por metro cuadrado, como ha sucedido en el tema residencial dentro de las urbes mejor posicionadas, será abandonado por una especie de “calidad de vida” en el mundo productivo. Concentrar a los colaboradores bajo un mismo techo será abandonado en la búsqueda de reunir al talento en el lugar más oportuno, la identidad de un equipo triunfador podrá medirse por elementos menos claros; no bastará un gran letrero coronando una pila de acero y cristal.

 

El futuro se vislumbra lejano

Estamos lejos de lo esperado. Al ver surgir monolíticos rascacielos monomarca al pie de nuestras más emblemáticas avenidas, firmados por las más prestigiadas mentes creativas de nuestra era, me resulta evidente pensar que la verdadera revolución en el mundo del trabajo surgirá del inframundo de la guerra de guerrillas, aquella que se da en las micro-organizaciones.

Hay que admitirlo, las verdaderas revoluciones en el diseño y la arquitectura se han gestado desde la periferia del poder económico. Resulta entonces indispensable garantizar que el planeador de espacios interiores corporativos acabe de surgir de entre las filas de arquitectos y diseñadores, y defina claramente su papel en el ámbito del bienestar productivo del hombre dentro de las corporaciones.

La velocidad del cambio en la era de la información supera logarítmicamente la capacidad del quehacer arquitectónico, tal vez como lo hizo en su momento la Revolución industrial. De ahí el interés de estudiar para aprender lecciones sobre lo que trabajar realmente implica en nuestros tiempos, tiempos que contemplan nuevos modelos de individuo, familia y por supuesto corporación.


Imágenes cortesía de Archivo Histórico Grupo Di Courtesy: Grupo Di Historical Archive

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