17 junio, 2020

La necesaria redensificación de la vivienda social en México (y su replicablidad)

por Miquel Adrià | @miqadria

Hay consenso en que una ciudad densa y compacta es más eficiente que la ciudad dispersa. Las ciudades aumentan de tamaño principalmente a través de dos mecanismos: se densifican o se expanden, crecen en vertical o en horizontal. Densificar significa agregar superficie de construcción dentro de los límites existentes de la ciudad, mientras que la expansión significa agregar nuevas superficies al margen de estos límites. 

Sí los espacios públicos conforman los vacíos urbanos y los edificios singulares se convierten en los íconos, la vivienda colectiva es la que construye el tejido con que se llena el entramado de la ciudad. La vivienda es el magma de nuestras ciudades. Una de las mejores comparaciones es la gráfica que dibujaba Le Corbusier en sus conferencias, mostrando como 1,400 habitantes repartidos en 280 casitas unifamiliares requerían 3,5 km de calles, 3,5 km de drenaje, 3,5 km de instalación eléctrica y 3,5 km de gas, en cambio si concentraba el mismo número de habitantes en una Unidad de Habitación le bastaba con 150 m de calle vehicular y una pasarela peatonal de cincuenta metros por 1,83 m de ancho cada tres niveles. Hoy en dia cabe explorar posibles alternativas de vivienda social que puedan ofrecer diferentes soluciones que atiendan la demanda de un país en crecimiento y que eventualmente sirvan como respuestas inmediatas para las personas que perdieron su hogar ante catástrofes naturales, como los terremotos de 2017 en México. Si bien es cierto que existen ejemplos aislados loables, no hay que olvidar que son irrelevantes ante la masiva demanda de vivienda colectiva, tanto en México como en la mayor parte de países en vías de desarrollo. Por ello pueden ser útiles aquellas ideas y propuestas que pudieran ser replicables a gran escala. Comentaba Bjarke Ingels recientemente que quizá el más prolífico de los arquitectos habrá construido cientos de obras, mil a lo sumo. La arquitectura, para Ingels, tiene gran impacto ideológico pero poco dentro de la cadena productiva, por lo que propone incrementar la participación de los arquitectos en los procesos de producción masiva, beneficiando directamente a la sociedad. Podemos producir arquitectura industrializada con elementos manufacturados a gran escala, en lugar de seguir haciendo arquitectura a “la medida” con bajo impacto en nuestras ciudades.Asumiendo que el crecimiento expansivo en las periferias metropolitanas ha sido un fracaso y que la tierra es el recurso más valioso y escaso de la ciudad, del territorio y a su vez, del planeta, es esencial administrarla en beneficio de la sociedad. 

Hay cierto consenso en que la densificación de nuestras urbes mejora las plusvalías de la propiedad y propicia gestación de ciudadania. A su vez, la diversidad tipológica con vocación de mejorar las condiciones de habitabilidad, bien sea desde la interacción de estrategias propias de la autoconstrucción, tanto formal como informal, o bien desde la transformabilidad (viviendas extensibles) de los espacios domésticos, son soluciones fácilmente alcanzables. A partir de las propuestas de viviendas en serie del Movimiento Moderno; de los multifamiliares que surgieron de la Unidad de Habitación de Le Corbusier y que sembraron buena parte del mundo, en especial América Latina y México; de los modelos de autogestión comunitaria y cooperativa en Latinoamérica, que culminan con las propuestas de ELEMENTAL en Chile; o de las estrategias de reciclaje para aprovechar el potencial de lo construido y reconocer su valor patrimonial, tenemos un arsenal de soluciones para combatir la enorme demanda de viviendas dignas. Todas ellas son alternativas para un mercado que sigue replicando modelos obsoletos de vivienda de interés social sin considerar la labor del arquitecto. También deben verse como opciones para atender al crecimiento de tantas periferias que se desbordan desde la autoconstrucción no asistida, con las consecuentes carencias de infraestructuras urbanas, y la peligrosidad debido a las ubicaciones en terrenos poco adecuados (barrancas, basureros, etc.) así como por la inseguridad estructural. En muchos casos la deficiente oferta de la vivienda social estriba en la falta de coordinación entre políticas públicas, desarrolladores y ciudadanos, y el arquitecto es quien pudiera aunar todos los intereses, bajando el nivel de incertidumbre y construyendo, desde la vivienda colectiva, mejores ciudades. Enrique Ciriani comentaba que “la buena arquitectura solo es arquitectura, pero la buena vivienda colectiva hace ciudades.” 

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