30 agosto, 2018

La muerte del arquitecto

por Pablo Emilio Aguilar Reyes | @pablochief

Foto cortesía de Fundación Barragán.

 

Durante meses la araña hiló su tela. No llegó a atrapar moscas: 

sirvió para que destruyeran juntas a la obra y a su autora.

José Emilio Pacheco 

 

¿Qué es un arquitecto? Aquel que diseña edificios, ¿cierto? La arquitectura es un oficio devenido profesión que, a grandes rasgos, se encarga de diseñar los edificios dentro de los cuales nos desenvolvemos a lo largo de nuestras vidas. Consecuentemente, se podría considerar a la arquitectura como una forma de expresión cultural y, por lo tanto, conformada por una serie de obras, cada una con su respectiva autoría. Dicho esto, se puede anunciar que un arquitecto es el autor de una obra de arquitectura, de la misma forma en la cual un autor literario es aquel que escribe una obra literaria: el arquitecto es, entonces, una especie de autor. Lo que proponemos aquí es una revaluación jerárquica de la mencionada relación que existe entre la obra arquitectónica con respecto a su arquitecto-autor.    

A lo largo de la historia, hasta antes de la modernidad, la figura del autor como el individuo imaginativo que concebía y manufacturaba alguna obra, no existía. Una obra, sea esta arquitectónica o de cualquier otra naturaleza, no era sino un elemento dentro del esquema general de las cosas, dentro del orden simbólico de la representación del mundo. En las religiones monoteístas, por ejemplo, se creía que un edificio era diseñado por el respectivo dios; los arquitectos solo eran los artificios a través de los cuales dicho dios manifestaba su voluntad. En aquellos tiempos premodernos, el diseño de alguna casa, templo, mercado, etc. estaba fijado por el hecho de que no podía ser de ninguna otra manera y a la vez debía mantener su relevancia dentro de la cosmovisión cultural. El diseño de estas obras arquitectónicas surgía poéticamente, es decir, provenía de aquello que le antecedía: la cultura y su respectiva cosmovisión y campo de representación. La figura del autor en estos casos es prescindible y así lo fue hasta los inicios la modernidad.

Una de las características propias de la modernidad es la aparente exaltación del individuo y la razón, de la cual se podría decir que surge la creatividad, y de esta, a su vez, la figura moderna del autor. Al no tener todos los individuos la misma creatividad, solo aquellos con las mentes más agudas podrían considerarse como autores, y sus obras son exclusivamente suyas, productos de su invención. Esta es —explicada aquí de manera extremadamente burda— la premisa moderna de la autoría. No puede ser coincidencia que los autores más prominentes de obras arquitectónicas hasta su momento, Le Corbusier, Barragán, Mies van der Rohe, y un amplio etcétera, hayan sido parte del llamado movimiento moderno.        

¿Cuál es el panorama actual de esta estructura de obras arquitectónicas con relación a sus autores? Se podría decir que no es sino la continuidad del esquema moderno. Instituciones de todo tipo (la academia, los premios internacionales, etc.) refuerzan esta noción que, de maneras distintas, mantiene a la arquitectura sujetada bajo un monopolio interpretativo. La noción actual del arquitecto como autor implica que él y sus obras están sobre una misma línea discursiva y que él es el pasado y origen de sus creaciones arquitectónicas. El arquitecto nutre a su arquitectura, piensa en y se entrega a ella, y su relación con sus diseños es similar a la de paternidad. Esta concepción mantiene a la arquitectura congelada bajo una sola interpretación, dentro de una concepción unilateral que sólo tiene validez si se piensa a la misma desde y con respecto a su arquitecto. La apuesta hacia una emancipación de la arquitectura, como contenedor de nuestras vidas, podría ser en sentido contrario a estas ideas, es decir, olvidar al autor —al arquitecto— y dedicarle la atención exclusivamente a la obra: la arquitectura.

¿Cómo se podría pensar esta reevaluación subvertida de arquitecto y la arquitectura? Un influyente filósofo francés del siglo pasado, dedicó un capitulo (La muerte del autor) de una de sus obras para exponer la razón por la cual “el nacimiento del lector se paga con la muerte del autor.”[1] Matar al arquitecto, en este caso —siguiendo los criterios del filósofo francés— implica asumir que las obras arquitectónicas no son virtud de su autor grandilocuente en tanto que lo son de la arquitectura misma, de sus posibilidades y de todos los focos culturales que en ella convergen. La muerte del arquitecto se paga con la experiencia del habitante, es decir, al dejar relegado al arquitecto con respecto de sus obras implica que se puede explorar la arquitectura de una manera distinta, una en la cual se puedan visitar los edificios sin la figura de su autor como intermediaria y, por lo tanto, se revelan muchas otras maneras de interpretarla. Las virtudes de las grandes obras de arquitectura no hablan tanto de la genialidad de sus autores, sino más bien de las multiplicidad de capacidades y posibilidades de la arquitectura en sí. 

 Quizás el ejemplo de la arquitectura de Luis Barragán ayude a poner en perspectiva nuestro argumento. En México, su legado es considerado importante y se le rinde homenaje por sus aportaciones. En nuestra experiencia, un problema es que en la discusión pública se tiende a hablar mucho más del autor, aunque sea de manera anecdótica, que lo que se reflexiona entorno a su arquitectura. ¿Qué porción de la obra de Barragán devino de la influencia de la arquitectura mexicana de épocas pasadas? ¿Qué tanta otra surge de la influencia de otros autores que lo inspiraron (Mathias Goeritz, Jesús Reyes Ferreira, Max Cetto, Clara Porset, etc., ante los cuales se podría a su vez hacer las mismas preguntas)? ¿Qué otro tanto es la arquitectura de Barragán una crítica o posicionamiento divergente a la arquitectura característica del modernismo mexicano (Mario Pani, Enrique Del Moral, José Villagrán, etc.)? ¿Qué influencia mantiene la concepción moderna del hombre con respecto a la naturaleza y qué otra tanta la concepción moderna de lo que representa la mexicanidad? Estas y otras preguntas similares se revelan al momento de asumir que el trabajo del arquitecto es aquel de reducir gestos anteriores, de traducir, nunca de crear trazos originales. La arquitectura de Barragán, como la de cualquier otro arquitecto, es una virtud de la arquitectura misma y un traslape de líneas de fuga que se ven materializadas en la experiencia del habitante que la visita. Bajo estos criterios, lo que valida a la arquitectura no es su autor, sino aquel que la experimenta. Es decir, la figura de Luis Barragán es prescindible, más nunca lo será la experiencia de visitar sus obras. 

Anotaremos otros dos ejemplos de obras de Barragán, para adentrarnos más en este caso de estudio. Recientemente fue restaurado uno de los jardines de Barragán que se encuentra cruzando la calle de su casa-estudio en la colonia de Tacubaya, en la Ciudad de México. En la restauración, que corrió por parte de un arquitecto afamado actual, se colocó un nuevo espejo de agua que antes no estaba. Al cuestionar al arquitecto al respecto, este comentó que a él no se le podía atribuir su autoría, pues aunque él lo había decido colocar ahí fue por haber contado con la sensibilidad de ver que estaba muy sugerido por el espacio existente. Entonces, ¿quién es el autor de aquel espejo de agua? ¿Barragán o el arquitecto responsable de la restauración? La respuesta: ninguno de los dos, uno puso las condiciones favorables para que el otro posteriormente lo ejecutara. Abre más puertas pensar que la arquitectura, sus distintas condiciones y experiencias son la razón por la cual está ahí el espejo de agua. Aunque este último ejemplo parezca ambiguo, deja mucho más espacio para mantener al jardín de Barragán en un estado de apertura a la interpretación, libre de autorías. El segundo ejemplo es un tanto más intimo; la obra de Barragán que más disfruto personalmente son las Islas de Ciudad Universitaria, a las cuales me aproximo sin retener en la mente a su supuesto autor y consciente de que serían habitadas indistintamente sin importar quien sea el responsable de su diseño.

En realidad Barragán, con todo el respeto que se le guarda desde el gremio de los arquitectos, es solo un caso entre otros que podrían ejemplificar el fetiche entorno al la figura del autor que se tiene en la arquitectura y demás manifestaciones artísticas. Tomando en consideración todo lo anterior, podría ser que la llamada ‘arquitectura de autor’, sea en realidad menos arquitectura que la que no se asume así, por estar fijada bajo un solo esquema discursivo. No quisiéramos decir que los arquitectos no sean importantes, o que sus servicios no ayuden a mejorar sustancialmente el entorno humano. Al contrario: son muy necesarios. Sin embargo nunca lo serán más de lo que lo es la arquitectura que ellos dicen diseñar. Dicho esto, podríamos invertir el juego, ¿no será, más bien, que es la arquitectura la que nos diseña a nosotros? La arquitectura es, tal vez, la autora original, como una araña que diseña su tela.


  1. Roland Barthes. (1984). El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y de la escritura. Cap: La muerte del autor. Barcelona: Editorial Paidós. Pp. 65-72 . Para fines de nuestro argumento, lo mejor sería no poner el nombre de ningun autor en particular. Desafortunadamente, esto resultaría una falta de concideración. 

 

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