31 mayo, 2019

La moral de las plagas

por Christian Mendoza

“Ninguna relación de los egos científicos y sus obras está completa sin una descripción algo más que científica de los famosos pero indeseables personajes de esta historia: las ratas de la Ciudad de México”, cuenta Mauricio Tenorio Trillo en un amplio apartado sobre las plagas urbanas de finales del siglo XIX de su libro “Hablo de la ciudad”: Los principios del siglo XX desde la ciudad de México (Fondo de Cultura Económica, 2017). Tenorio Trillo prosigue con el planteamiento de que las ratas son más un imaginario –una idea sobre la enfermedad– que una plaga objetiva: “Las ratas han sido a las ciudades lo que el fuego al infierno. Su manifiesta y odiada presencia urbana tiene una arraigada tradición literaria, científica y popular.” El autor, concretamente, está refiriéndose a ese momento en que la ciudad intentó ser planeada de manera científica. El positivismo se puso al servicio del urbanismo, y para pensar una ciudad moderna se tuvo que nombrar también a la inmundicia que la ponía en peligro. 

El historiador recaba información sobre dos plagas famosas: la de los piojos y la de las ratas. Y la información que recopila, proveniente de la prensa de la época, se encuentra en el mejor tono de la retórica decimonónica: por supuesto que ambas epidemias significaron un peligro no sólo para la ciudad, sino para la civilización misma –porque, así como las ratas representaron a la enfermedad, la capital mexicana fue como una imagen del mundo entero. Los tiempos, inevitablemente, han cambiado, y pareciera que nuestra relación urbana con los animales está siendo repensada. De pronto son más abundantes los datos de cómo, por ejemplo, las arañas son benéficas tanto para el ecosistema biológico como para el doméstico. Las arañas pueden comerse a los mosquitos de tu departamento, ¡no las mates! También, revistas como The New Yorker han dedicado bastantes páginas a la relación que los citadinos tienen con otros insectos, como los mosquitos y las cucarachas, redundando en descripciones de cómo estas entidades casi microscópicas siguen siendo un tanto incómodas, otro poco repulsivas, pero que existen irremediablemente, como el clima contaminado o el transporte público deficiente. 

Pero se podría dudar de esta consciencia ecológica. Al menos en la Ciudad de México, sobre todo en épocas de calor, algunos siguen prefiriendo inhalar repelentes que tener que convivir con hormigas. Aunque, definitivamente, algunos animales gozan de más prestigio que otros. Ver a Frida, la perrita rescatista de la Marina, caminar entre los escombros de la ciudad durante las labores de rescate en el sismo de 2017, aumentó la celebridad de los perros y nos legó una imagen, incluso, de verdadero heroísmo, aun cuando sabemos que es un animal que está entrenado para hacer precisamente lo que hizo. Pero sigue faltando el recuento de las mascotas que se perdieron aquel día, y que fueron de una especie distinta a los perros –las aves, los reptiles, los peces–, o bien, de los animales anónimos que habitaron zonas afectadas y que, incluso, algunos calificarían como plaga. Tal vez, para el ciudadano contemporáneo, una plaga califica como tal por el aspecto de los animales que la conforman, más que por el daño que dichos animales realmente estén provocando. 

Recientemente, una usuaria de Twitter llamada “Carmen LaDeLosGatos” denunció que los gatos que habitan el Palacio Nacional  serían exterminados por la nueva administración. “Al parecer es más importante que el edificio se convierta en patrimonio histórico o casa de López (Obrador) que la vida de 20 gatos”, escribía. La indignación, mucho más inmediata que la reflexión, no se hizo esperar, y bajo el hashtag #ConLosGatosNo, lo que comenzó siendo una defensa animal terminó como una acusación al nuevo gobierno, ahora está tildado de asesino de gatos. Pero resultó que los gatos palaciegos, de hecho, están considerados dentro del Plan de Bienestar Animal, según la confirmación de la Secretaría de Hacienda y la Facultad de Medicina Veterinaria de la UNAM. 

Ahora, cabría decir que los gatos del Palacio, tan tiernos como son, pueden convertirse en una plaga si no reciben los cuidados que recibiría cualquier gato doméstico. Pero la alarma ni siquiera valió la pena, ya que se dispersó información no verificada que comprobó la falta de simpatía que el actual presidente tiene en algunos sectores de la población. Fobias políticas aparte, ¿qué hubiera pasado si los pasillos del Palacio Nacional hubieran sido tomados por abejas o por moscas? Sabemos que las abejas nos dan miel y que su existencia peligra pero, por otro lado, las moscas seguro tendrán también un papel en el ecosistema. Pero, siendo imagen de lo sucio, probablemente nadie hubiera reprobado su exterminio. Hay que pensar que, además de los gatos y los perros, hay en las ciudades muchos más animales que vuelan,  caminan o se arrastran, y seguro todos juegan un rol importante en la ecología urbana. Algunos serán menos fotogénicos, pero los parámetros bajo los que se pueden tomar como una plaga tendrán que ser más exactos para su futuro control, que lo que respecta a su atractivo físico. 

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