1 julio, 2019

La modernidad mal entendida

por Juan Palomar Verea

La modernidad en Guadalajara, o lo que se ha entendido por tal, ha sido una trituradora del patrimonio tapatío. Para tener una perspectiva serena sobre este complejo tema vale la pena de entrada recordar un famoso dicho: “Crímenes son del tiempo y no de España”. La búsqueda de la modernidad ha sido una constante en las civilizaciones: encontrar los mejores y más actualizados modos de llevar adelante la existencia. Este propósito conlleva siempre grandes riesgos, decisiones difíciles, daños, extravíos. Pero otras veces también propicia un real progreso, una mejora en las condiciones de vida de la gente. Distinguir entre una y otra vertiente es el gran reto que la sociedad enfrenta cada vez. Y las alternativas deben ser tomadas frente a un futuro que siempre es incierto, impredecible. Sin embargo, sin asumir un rumbo, la embarcación común quedaría al garete.

Imaginemos una fotografía aérea del centro de Guadalajara, tomada hacia el norte desde la torre poniente de San Francisco, hacia 1880. Todo lo que entonces podía verse habría de ser -con raras excepciones- transformado, sustituido, “modernizado”. Sucesivas medidas fueron tomadas al efecto. El Ayuntamiento y el Gobierno del Estado llevaron adelante diversas iniciativas generales; y cientos de particulares optaron por adecuar, demoler y sustituir sus propiedades. Todo esto supuso la existencia de una especie de plataforma ideológica, política, social, económica y estética muy difícil de precisar, pero sin embargo real y presente, con numerosos avatares, durante el transcurso de casi 140 años.

La finca tradicional que se ubica abajo a la izquierda, por ejemplo, fue demolida por sus propietarios hacia 1910 para edificar lo que seguramente se vio como una extravagancia: el “palacio” de los González de Hermosillo, obra de Angelo Corsi. Poco tiempo después, a la casa de enfrente le sucedió algo similar. Pero en veinte años, ambas nuevas construcciones habían adquirido carta de ciudadanía y habían sido adoptadas por extraños y propios como una agradable parte de la fisonomía tapatía. Dos casas eclécticas rematadas por sendos torreones que constituían una notable puerta de entrada al casco tradicional de Guadalajara.

Este fenómeno, en mayor o menor medida, sucedió con centenares de fincas, en las que manos eclécticas como las de Guillermo de Alba, Carlos Ugarte y otros introdujeron serias modificaciones, no carentes empero de un sentido constructivo y estético que hizo posible su positiva asimilación y el enriquecimiento del tejido urbano. Sin embargo, llegó la siguiente modernidad a fínales de los años cuarenta, la que en vagos términos se puede adscribir al principio del “desarrollo estabilizador” nacional y la posguerra.

El resultado práctico más radical fue el principio de las -ahora lo podemos juzgar así- erróneas ampliaciones de calles en favor del tráfico y del “progreso”. Los destrozos patrimoniales fueron muy altos. Pero más grave fue el clima mental que construyó esa vez una “plataforma” (como la que se mencionó arriba) altamente tóxica para la ciudad. Sobre ella se valía casi de todo, y la ciudad, en términos patrimoniales, empezó un pronunciado declive cuyo punto más bajo se pudiera situar en 1980, año en que la Universidad de Guadalajara, con la connivencia oficial, demolió la Escuela de Música, y cuando ciertos particulares destruyeron también una de las obras maestras tempranas de Luis Barragán, la casa Aguilar, simultáneamente a que al arquitecto le fuera conferido el Premio Pritzker. Es indispensable reflexionar, sacar conclusiones, tener la mayor claridad y lucidez posibles para formular las decisiones de hoy.

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