10 abril, 2016

La memoria es un desastre arquitectónico

por Pablo Martínez Zárate

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Después de recitar su poema, Simónides sale del banquete de Scopas y el techo del recinto cae sobre los que permanecen en la mesa. Todos mueren. Más trágico todavía: el accidente los desfigura, dejándolos irreconocibles. El poeta, único sobreviviente del encuentro, es convocado a recordar la posición de los asistentes con el fin de identificar los restos y celebrar el debido funeral.

Simónides había leído un verso directamente a cada uno de los comensales para garantizar su atención. Lo anterior lo convirtió, “accidentalmente”, en el inventor de la memoria como máquina del recuerdo. Siendo hija de la tragedia, la memoria occidental nace como un dispositivo espacial asociado a la destrucción. La memoria, podríamos arriesgar, es un desastre arquitectónico, el único lugar donde cohabitan las dimensiones intransitables del desastre. El olvido, en esta desastrosa tradición, es a menudo una estrategia de guerra.

Las palabras de Maurice Blanchot en la Escritura del desastre cobran una fuerza particular en esta discusión: “el desastre es el don: da el desastre”. ¿Cuáles son los rasgos del don, de ese desastre arquitectónico que es la memoria? La memoria resurge aquí como un Ministerio que resiste al Misterio. El Ministerio como arquitectura de la memoria supone una (super)estructura totalizante que no solamente procura el resguardo sino instruye formas de recordar y olvidar, de encarnar y sujetar la experiencia humana.

El cineasta chileno Raúl Ruiz, en su Poética del cine, escribe lo siguiente antes de recordar el mito de Simónides: “la memoria es en sí misma un Ministerio. Todos los ministerios tienen necesidad de guardar en memoria los hechos, aunque la acumulación de memorias no constituya en sí misma un fin superior, con excepción, por supuesto, del Ministerio de la Memoria.”

El Ministerio de la Memoria es una construcción colosal desde donde se instauran y promueven las políticas del recuerdo (y el olvido). La arquitectura del Ministerio de la Memoria no está sólo en los edificios —los estilos arquitectónicos y las formas de construir en cada época son sin duda un índice de los modos de operar de este Ministerio—; simultáneamente, sus arquitecturas tocan los modos de representación asociados a esas geometrías espaciales —los medios de comunicación, las artes, los usos del lenguaje, los hábitos, las prácticas sociales, son también manifestaciones reconocibles del Ministerio de la Memoria—.

El Misterio, sugerí, es aquello contra lo que lucha el Ministerio. ¿Es el olvido un misterio? No del todo: el olvido puede ser Misterio o Ministerio. El Misterio también es don del desastre, su hijo rebelde: ¿qué ha pasado con la estructura de Scopas, por qué ha caído sobre los comensales, siendo que lucía tan firme? ¿Dónde se desvanecieron los dos hombres que llamaron a Simónides para que saliera del banquete? De otro modo, el Misterio es el rostro desconocido del desastre, su componente inexplicable, la estela de una voluntad superior a la de nosotros mortales.

No extraña que la memoria occidental luche contra lo inexplicable, que lo someta al olvido por medio de los fármacos y demás artilugios de la destrucción a los que recurre el Ministerio de la Memoria. Con la mnemotecnia de Simónides, siguiendo de nuevo la lectura de Ruiz, el poeta inventa la triada de la memoria clásica: texto, lugar e imagen. En ese acto emblemático, “Simónides podía visualizar los acontecimientos como en un film.”

Podría afirmar, en el contexto de esta discusión, que la memoria occidental es un desastre arquitectónico puesto ante la mirada cinematográfica. Es aquella sala de proyección interna, la arquitectura cinematográfica de la imaginación siempre al borde del desmoronamiento, el mecanismo fílmico de la memoria del que habló Bergson y que ahora, en un mundo hipermediatizado, de crueldad y violencia monstruosas, parece renovar sus dimensiones. ¿Hay cabida para el Misterio cuando éste es un modo de opresión sistemático del Ministerio?

La reivindicación del Misterio, podemos imaginar, es una de las principales tareas de la arquitectura. La arquitectura y el cine (y en general las artes), tienen ese poder de renovar el Misterio, confrontar los dispositivos ministeriales que someten a la memoria y sus modos de encarnación-edificación. El arte nos empuja al descubrimiento, a la exploración de lo desconocido y, al hacerlo, da vida al Misterio. ¿Dónde construiremos estos edificios contra-ministeriales? ¿Cuál será su estilo arquitectónico, los valores que propaguen? ¿Qué vehículos necesitaremos para transitarlos? ¿Tendremos la voluntad, la fuerza, la imaginación para redirigir el universo maquínico que nos engrana en las jugarretas del Ministerio de la Memoria? ¿Nos atreveremos a ser agentes del desastre y reinventar la memoria misma, revivir el olvido? En cualquier caso, ojalá contemos, como Simónides, con el apoyo del espíritu de héroes y así como Castor y Pólux interpelaron por Simónides por su fidelidad poética, así también alguna fuerza superior nos procure antes de que este cielo se nos venga encima.

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