18 febrero, 2021

La luz es Arquitectura. Una mirada desde cero.

por Victor Palacio

“The opportunities seem infinite.

If an architect could highlight just one quality,

what should it be?

Light”

Waern & Wingardh, What is Architecture?

 

La relación entre el ser humano y la luz está en los orígenes de la vida. Evolucionamos en un ambiente al que llamamos natural que nos antecede y en el cual la luz ya tenía un valor relevante.

La luz es un factor decisivo en el desarrollo de todas las formas de vida, mismas que se han adaptado al entorno natural.  Somos producto de la evolución en un ambiente cuyos parámetros físicos moldean los rangos de la existencia en tiempo, lugar y forma.

Los ritmos de la naturaleza nos definen.  El tiempo que tarda la tierra en orbitar alrededor del sol, sumado a la inclinación de su eje con respecto al plano de rotación, es responsable de las estaciones. La rotación del planeta sobre su propio eje determina el ciclo del día y la noche, luz y oscuridad. La ubicación geográfica nos muestra facetas diversas de la luz natural en todo el planeta; para algunos, el sol se encuentra siempre al sur y, para otros, siempre al norte; algunos más lo ven moverse de norte a sur a lo largo del año o apenas cruzar por unos días por encima de sus cabezas.

Nuestros ciclos biológicos, los estados de sueño y vigilia, incluso los procesos psicológicos en la forma de respuesta al ambiente, o los sociológicos, relativos a nuestra relación con el entorno, son resultado de la alternancia de la luz y de, de los matices que va teniendo día con día y a lo largo del año.

Si nuestra biología está determinada por la luz y la forma en la que la percibimos, no es aventurado afirmar que igualmente lo están nuestras actividades, sean físicas o intelectuales. Incluso eso que llamamos cultura está influenciada por la luz en nuestro ambiente.

Waern y Wingardh afiman en su libro What is Architecture? And 100 other Questions que “la Arquitectura es la imagen construida de nosotros mismos”.  ¿Y qué más podría ser?  La arquitectura refleja lo que somos e imaginamos, lo que queremos ser y a dónde queremos llegar; en ella se unen nuestras ideas del mundo y el mundo mismo. Sus elementos constructivos son imagen de un sistema de vida y del entorno que lo rodea: escala, contexto, espacio, materiales, objetos, personas, ambiente.

Y en este mundo, el del ambiente construido, que materializa nuestras ideas y aspiraciones, la luz es reveladora. La luz es origen en el nacimiento de la idea, es visión en el proceso creativo, es envolvente, es esencia, es información y emoción. La luz es.

¿Cómo fue que convertimos a la luz en un accesorio de la arquitectura? ¿Por qué dejamos de tratarla como la cualidad más preciada, la que requiere más artesanía, la que define el oficio?

Hace unos años, en un congreso de iluminación en la Ciudad de México auspiciado por la IES – Iluminating Engineering Society, se realizó una mesa redonda con los entonces directores de varias escuelas de arquitectura, bajo el tema de la luz y la iluminación.

Desde la audiencia se preguntó: ¿por qué no se incluyen materias especializadas de iluminación en la mayoría de los programas de arquitectura? Las respuestas fueron demoledoras: “porque la curricula ya está muy saturada y no hay manera de incluir más materias”, “porque los alumnos deben tener un panorama general, estudian instalaciones, materiales, historia y ya no pueden estudiar iluminación”.  La más grave fue: “el arquitecto tiene que seleccionar demasiados temas como acabados, aire acondicionado, vegetación, persianas, alfombras…”  ¿Cómo? ¡Dicho por un director de escuela de arquitectura!  Me pregunto si un especialista en alfombras podría escribir un artículo alterno bajo el título: “La alfombra es arquitectura”

Volviendo al tema del orden, ¿qué es primero? ¿La luz natural o la artificial? La información a favor de la sustentabilidad propone a la luz natural como el gran recurso para reducir el consumo de energía y permite que se apague la luz generada por electricidad.  ¿Cuándo cambiaron las prioridades? Definimos primero la iluminación artificial y luego tratamos de compensarla con luz natural. ¿No era lo inverso?

Lo paradójico es que, siempre que se le pregunte a un arquitecto su opinión sobre la luz, sus respuestas mostrarán gran interés y hasta pasión por el tema, serán inspiradoras y evocadoras, denotarán sensibilidad y valor por ella, pero en la práctica no se aplica el tiempo ni los recursos necesarios a su correcta solución en los proyectos.

“No hay presupuesto, se le va a dar una solución muy práctica, vamos a usar vidrios inteligentes, este proyecto no lo requiere, el cliente tiene un amigo que vende lámparas, tenemos mucha entrada de luz” son algunas de las excusas para dejar de lado el tema.

La luz no es un complemento del espacio, no es un accesorio de la arquitectura, no son las lámparas, no es un detalle estético o un agregado tecnológico.

La luz es arquitectura.

¿De qué manera podríamos recuperar el orden y dar a la luz su lugar como la calidad más preciada en nuestro hábitat?

Una propuesta de tres puntos clave es la siguiente:

  1. Adquirir conciencia de la presencia de la luz en el entorno.

Los bienes naturales son tan elementales que no los tenemos presentes hasta que su ausencia causa alteraciones: el aire, el agua, la luz.  Los damos por hecho.  La relevancia de reconocer la presencia de la luz consiste en anticipar su impacto en el ser humano, el cual va más allá de las impresiones visuales ya que influye en el bienestar físico, el estado de ánimo, la capacidad de realizar tareas, la ubicación en el espacio y tiempo y, de forma contundente, en el estado de salud.

2. Diseñar en consecuencia.

Si aceptamos esta importancia de la luz en nuestra vida, su análisis y las soluciones para su aprovechamiento deben estar en la raíz del diseño y desde su concepción. Para ello, es necesario incorporar una dosis de ciencia a nuestros procesos que permita entender el comportamiento de la luz.

Cuando observamos un rascacielos sabemos de manera instantánea si se consideró la luz natural en su origen: si todas las fachadas son iguales no hubo análisis al respecto. Por el contrario, si cada fachada muestra soluciones de acuerdo con su orientación, entonces hubo al menos una consideración.

     3. Entender el fenómeno de la luz con respecto al tiempo.

La luz es dinámica y genera dinamismo. El día y la noche son diferentes. Los vivimos de formas únicas y ofrecen posibilidades diversas. Al desplazarnos en el espacio cambiamos de contexto físico y la luz se altera, muestra matices, se mezcla con sombras, atrae o rechaza, revela y oculta.

Como sociedad hemos decidido extender nuestras actividades durante la noche y por ello es necesario producir luz por medios artificiales.  Esta aplicación de técnicas para hacer visibles los espacios es lo que llamamos iluminación.  Su objetivo no es extender la luz del día, aunque en ocasiones eso es lo que se logra, sino revelar las cualidades nocturnas que son más emocionales y sensibles.  Baste decir que la sensibilidad de nuestros ojos a la luz es totalmente diferente bajo la luz del día y en la penumbra que le sigue. “de noche todos los gatos son pardos” es una afirmación completamente cierta.

La luz crea la experiencia del espacio. Ésta es una invitación para hacer que en cada espacio y en cada momento las personas se sientan confortables, se emocionen, se sorprendan, se sientan seguras, se impresionen, realicen sus actividades de forma efectiva y mejoren su bienestar gracias al correcto uso de la luz.

Hagamos luz, hagamos arquitectura.

 

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