20 septiembre, 2018

La importancia de ligar la vida cotidiana al espacio público

por Laura Sáenz | @vesper_tiine

Las experiencias que conforman nuestro acercamiento al ámbito de lo público determinan las relaciones que establecemos con el otro y con el mundo que nos rodea. El resultado de estos constructos individuales, personales y sociales, promueven una relación dinámica en el plano de los espacios que habitamos y también adquieren una fuerte influencia en cómo construimos las ciudades.

De esta manera, los vínculos que se tejen en el escenario del espacio público parten de asumir estas construcciones como verdades, ya que provienen del reflejo de experiencias previas e ideologías a las que otorgamos fundamento. Para efectuar dichas certezas en los distintos espacios que ocupamos cotidianamente, hemos de afirmar que la primera manifestación consciente que se nos revela del habitar parte de asumir que «el primer espacio que todo sujeto social habita es su propio cuerpo y este, a su vez, está conformado por dos componentes generales esenciales: el primero su capacidad motora, la que le permite la visibilidad, el acceso y el desplazamiento por los espacios construidos, y el segundo componente son los sentimientos, elemento importante para comprender cómo los humanos ejercemos significado en los espacios» (Lindón, 2009)

En el caso del espacio público, estas premisas sobre el diálogo que se entabla desde la individualidad con el concepto de lo público y su materialización en términos urbanos son filtrados por variables materiales e inmateriales. Por un lado, la planificación de las ciudades mediante el diseño urbano imparte ideologías y materializa el pensamiento hegemónico en donde algunas necesidades suelen ser descartadas. Y, por otro lado, los constructos culturales y sociales que entran en juego en estos escenarios son definidos por la edad, el idioma, la religión, la raza, el estatus social, situación migratoria, inclinación sexual y el género. Se afirma entonces que la construcción del espacio publico se da a través de diversas subjetividades, convirtiéndose en un espacio de juego entre identidad y memoria.

Los modelos de ciudad que han primado hasta ahora han sido antropocéntricos y androcéntricos, manteniendo al espacio urbano sujeto a regulaciones que normalizan la forma en la que experimentamos la ciudad. Dichas políticas sobre lo público han defendido heteronormatividades y fuertes ideales capitalistas que desconocen, innegablemente, a poblaciones ilegitimadas y minorías diversas como sujetos de decisión y de libre participación en estas.

Producto de estas inercias en la participación de una construcción social e histórica íntegra, ha sido necesaria la inclusión de la perspectiva de género al análisis teórico/práctico para accionar búsquedas de entornos urbanos que segregan y así poder emprender acciones transversales. Aunque cada vez toma más fuerza la inclusión de esta perspectiva como categoría de análisis en los procesos de planeación urbana, existen quienes se oponen a integrarla como una categoría legítima, que en su defensa lleva más de treinta años consolidándose e instaurando nuevos métodos para pensar la ciudad. «La hipótesis temeraria de admitir entre los arquitectos y urbanistas la ausencia de lectura de género, es una de las mayores faltas en la teoría del conocimiento arquitectónico de este siglo» (Hernández, 1998)

Si atribuimos esta multiplicidad de percepciones al espacio público, es de suma importancia identificar los procesos en los que se destina un carácter al espacio y se desdice su neutralidad y cómo hemos de recuperar la dimensión simbólica a la que se refería Borja cuando establece la importancia del espacio urbano en la construcción de referencia, del sentido del lugar, de intercambio, encuentro y expresión ciudadana. 

 

La dimensión social del espacio público

«La calidad del espacio público se podrá evaluar sobre todo por la intensidad y la calidad de las relaciones sociales que facilita, por su capacidad para generar mixturas de grupos y comportamientos, por su cualidad de estimular la identificación simbólica, la expresión y la integración cultural» (Borja J.  2003).

La declaración sobre la muerte de las ciudades encontró en el espacio público el principal síntoma de disfuncionalidad urbana y cívica, evidenciándose el manejo de éste como mecanismo de disociación social. Por un lado, la definición jurídica sobre el sometimiento del espacio se plantea dentro de límites fácilmente corruptibles que se alejan de las necesidades reales de quienes lo habitarán cotidianamente. Mientras que la naturaleza sobre la que se construye realmente el concepto de lo público se otorga al uso colectivo como espacio de reconocimiento ciudadano. «Desde la dimensión sociocultural, el espacio público es un lugar de relación e identificación, de contacto entre las personas, de animación urbana y a veces de expresión comunitaria » (Borja J. 2003).

Fue gracias el despertar de algunas disciplinas, y mayormente por el papel que tuvieron las movilizaciones ciudadanas, que se puso sobre la mesa el desfase entre estas dos definiciones, corroborando las negativas secuelas del urbanismo desarrollista y funcionalista. Producto de herencias y realidades urbanas donde las relaciones se vieron fundamentadas en la movilidad, centralidad y el desarrollo de áreas mono funcionales, la consolidación de conflictos en términos de distancias territoriales sometieron a una crisis formal y simbólica al espacio público; a lo que Borja llama las grandes operaciones homogéneas que suman varios perjuicios: la segregación, la homogenización social y el debilitamiento del espacio público.

 

El retorno al Espacio Público

«El espacio público de la calle nunca ha sido pre-otorgado (…) ha sido siempre el resultado de una demanda social, negociación y conquista»

 (Cita sobre cita. La ciudad conquistada. Borja, J.)

La crítica ciudadana ha sido fundamental en estos procesos de colonización sobre los órdenes dominantes que han relegado otras participaciones en la gestión de las ciudades. Entender que la planificación urbana no es neutral, y que atiende a ideologías e intereses sobre las formas de uso de estos espacios, genera el reconocimiento de perversos procesos de exclusión determinantes en la lucha por consolidar tres de los mayores logros para repensar nuestras ciudades. Por un lado, devolverle el valor al espacio público como «lugar» permite resaltar la importancia del diálogo sobre las distintas escalas urbanas, las conquistas sobre la participación de las comunidades en la gestión y construcción de ciudades para todos, al igual que la necesaria inclusión de administraciones locales; y por último, la restitución del ciudadano como sujeto de política urbana. «la ciudadanía se conquista en el espacio público» (Borja J. 2003)

Disponer de la vida cotidiana como punto de partida en los procesos de urbanización, supuso desde la segunda mitad del siglo XX un cambio tremendo en la forma de pensar las ciudades. Estudios como los de Jan Gehl y su énfasis en Life Between Buildings y la planificación basada en la escala humana, se establece como referente de sumo protagonismo y revisión, al afirmar que «una idea fundamental es que la vida cotidiana, las situaciones corrientes y los espacios donde se despliega la vida diaria es donde se debe centrar la atención y el esfuerzo» (Gehl J. 2013). Al igual que las distintas redes de espacios y relaciones que fomenta el Urbanismo Feminista partiendo de una base interseccional, donde la vida de las personas está en el centro de la discusión y la cotidianidad imparte relaciones esenciales de proximidad, diversidad, autonomía, vitalidad y representatividad en el espacio público (Colectiv Punt6). «La incorporación de la perspectiva de género en el urbanismo trata de paliar las consecuencias que se derivan de este hecho, definiendo estrategias de intervención que fomenten ciudades inclusivas» (María Novas, 2014)

El análisis sobre el espacio público debe partir de la diversidad de las personas, para identificar las oportunidades o exclusiones que este pueda estar generando. Y es allí donde la perspectiva de género interseccional se convierte en una categoría de análisis indispensable para el urbanismo contemporáneo. Parte de fundamentos teóricos del feminismo y amplía su visión interseccional para quebrantar los privilegios sobre el uso del espacio público y su respectiva experiencia urbana. Lo que permite posicionar la diversidad y la importancia de ligar la vida cotidiana al espacio urbano como punto de partida en la planificación de nuestras ciudades.


BIBLIOGRAFÍA
  • BORJA J. (2003) «La ciudad conquistada» Alianza. España
  • LINDÓN, A. (2009). «La construcción socio-espacial de la ciudad: sujeto cuerpo y el sujeto sentimiento» Universidad Autónoma de México. México
  • HERNÁNDEZ PEZZI, Carlos. (1998). «La ciudad compartida. El género de la arquitectura». Madrid: Consejo Superior de los Arquitectos de España.
  • NOVAS, M. (2014). «Arquitectura y género: una reflexión teórica», Trabajo fin de máster para la obtención del título de: Máster Universitario en Investigación Aplicada en Estudios Feministas, de Género y Ciudadanía. Instituto Universitario de Estudios Feministas y de Género. España
  • GEHL J. (2013). «La humanización del espacio Urbano: La vida entre los edificios» Estudios Universitarios de Arquitectura. Barcelona
  • COLECTIU PUNT6. (2014) «Espacios para la vida cotidiana» Auditoría de Calidad Urbana con perspectiva de Género. Barcelona
  • SOLÀ – MORALES M. (2008) «De cosas urbanas» Editorial Gustavo Gilli. Barcelona
  • DALSGAARD A. (2013) «The Human Scale» Signe Byrge Sørensen Documentary Dinamarca
  • LAU T. (2015) «Life Between Buildings» Realdania Productions

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