6 septiembre, 2016

La implicación del archivo Barragán

por GASTV.MX | @GAS_TV

Pamela Ballesteros publicó en GASTV una entrevista realizada a Daniel Garza-Usabiaga. A propósito de la investigación y curaduría que el historiador realizó para la muestra Luis Barragán en contexto, se abordó The Proposal, pieza de la artista conceptual Jill Magid que transforma una parte de las cenizas del Premio Pritzker mexicano en un anillo. Reproducimos algunos fragmentos de esta charla.

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Me parece que cualquier reclamo de repatriación patrimonial de este tipo (un archivo del siglo XX adquirido legalmente) es sumamente anacrónico, me hace sentir que estoy viviendo en los años setenta del siglo pasado. La especie de nacionalismo que la envuelve también es anacrónico y, para mí, resulta problemático buscar reanimar este tipo de ánimos especialmente si se considera un contexto global caracterizado por patriotismos exacerbados e irracionales. Y definitivamente, este asunto no puede ser etiquetado como “colonialismo” (como sucedió con el despojo de la cultura material precolombina durante la colonia) porque partió de una transacción comercial. El archivo Barragán fue adquirido legalmente por sus actuales propietarios en Nueva York, no fue usurpado. Estamos en el siglo XXI. La consigna generalizada debe de ser la digitalización de los archivos en estos momentos. Eso sí sería accesibilidad y no que “nos” regresen unos documentos. 

 

La verdad es que México tiene muchas limitaciones, principalmente económicas, para adquirir y conservar archivos. Obviamente hay instituciones que adquieren archivos notables como el INBA, la UNAM, el ITESM, la Fundación Televisa, entre muchos otros. No obstante, estos actores tienen sus limitantes. Conservar un archivo es muy costoso y adquirir uno y no conservarlo en las condiciones más óptimas posibles lo pone en riesgo. Hay muchos archivos que se han perdido por no tener las condiciones óptimas de temperatura, humedad o una adecuada y regular conservación. También por no tener un acceso restringido. Mucho se ha dicho sobre cómo los investigadores locales no tienen acceso al archivo y cómo es para ellos, y para esa abstracción que se llama el “pueblo de México”obviamente, que se busca repatriar este archivo. ¿Quiénes son esos investigadores? La ficción que se ha instaurado como realidad presenta un escenario en el que pareciera que hay una cola de investigadores afuera de los archivos. Seamos sinceros, tenemos muchos archivos y la mayoría nunca son estudiados. En este país, por lo menos en lo que compete a la historia del arte, hay muy poca investigación hecha a partir de archivos. Esto es apreciable en el considerable número de investigaciones sobre arte realizadas en este país que parten de revisiones teóricas —principalmente a partir del legado de la filosofía continental o recientemente otras tendencias de moda en la academia como los estudios poscoloniales— vs los análisis que parten de trabajo de archivo. Los primeros abundan, los segundos son escasos.

 

 ¿Existe en verdad un interés generalizado en el archivo? ¿Cuándo se discutió tomar tal medida? ¿Quién lo avaló? ¿Se hizo una consulta? En este sentido sería conveniente preguntarle a Magid quiénes son los mexicanos a los que representa. Si no existen, el trabajo de Magid delata una especie de “inconsciente estadounidense” que se expresa, en este caso, en la necesidad de salvar, redimir, rescatar y decir qué se debe hacer o no, muy particular entre la gente de Estados Unidos. Se agradece la preocupación por nuestro patrimonio cultural pero ¿en verdad se le pidió o necesitamos que resuelva este problema? Esto no es un comentario xenófobo ni mucho menos, creo que es un rasgo cultural. Los mexicanos también tenemos un inconsciente muy particular, en este caso se observa en la manera poco crítica con la que se ha abrazado la ficción que sustenta este proyecto y que perfectamente podría ser la trama de una telenovela local.

 

Me gustaría imaginar que si Marx viviera escogería el momento de la entrega del anillo de compromiso como un ejemplo idóneo, casi como una ilustración de libro de texto, para discutir algunas de sus ideas sobre alienación y falsa consciencia. La ficción, en el caso de Magid, además se regodea en el concepto de la prenda. A mí me ha extrañado mucho que en la mayoría de las notas que se han escrito sobre este proyecto la ficción se repita ad verbatim. Básicamente: mujer se casa con hombre “millonario” a cambio de un archivo y que, mediante un anillo, lo regresará a su país de origen. Yo no soy muy adepto a discutir cuestiones relativas a géneros pero, en mi opinión, esta es una imagen muy extraña de la mujer. Y esta perspectiva es reforzada por algunos colaboradores del proyecto de Magid, como Cuahtémoc Medina, quien describe la relación de Zanco con el archivo como “cuasi-erótica” cuando muy probablemente nunca haya cruzado una palabra con la académica con el fin de conocer su trabajo en relación al archivo.

 

Archivística no es sólo acomodar papeles coherentemente, es una actividad académica que involucra distintos aparatos conceptuales que permiten sentar las bases para el correcto estudio de un archivo. Y todo este tiempo de trabajo, conceptualización, interpretación y estudio es muy importante; sobre todo si el interés es avanzar y desarrollar nuevos conocimientos. La crítica a la Barragan Foundation en este sentido demuestra el poco conocimiento que existe sobre archivos y archivística en este país, de sus procedimientos y del tiempo que puede llevar catalogar, organizar e interpretar un archivo. Siento que también demuestra un tipo de menosprecio a este trabajo académico e intelectual y es hostil hacia un centro de estudio activo.

 

Ahora que se sabe que el archivo de Barragán no regresará a México sería genial que toda la gente que se ha mostrado indignada y preocupada por el estado de este tipo de colecciones —donde quiera que se encuentren— se abocara a salvaguardar la integridad de los archivos que se encuentran en este país y que necesitan muchos voluntarios, recursos y tiempo para ser correctamente organizados, restaurados y digitalizados.

 

En su nota, publicada en el periódico Excélsior, Cuauhtémoc Medina prefiere omitir la colaboración de la Barragan Foundation tanto con el museo en el que labora como con el instituto de investigación al que está afiliado; en cambio, optó por participar en el proceso de desinformación alrededor del costo del derecho de reproducción del legado de Barragán. Del mismo modo, sorprende que utilice su cargo institucional para salir a la defensa de un proyecto artístico con una clara vocación comercial, especialmente cuando no ha utilizado la misma plataforma para expresarse sobre asuntos políticos y sociales realmente graves que han sucedido en el país desde que ocupa su cargo en el MUAC.

 

Obviamente se le debe preguntar a Jill Magid, así como a sus colaboradores, si tenían todo listo para recibir el archivo en caso de que la fantasía se hubiera vuelto realidad. Si no es así, esto demuestra la irracionalidad de la demanda. ¿Por qué? Porque ningún académico o institución serios que tengan bajo su custodia un archivo o legado lo entregarían si las nuevas condiciones de resguardo no fueran, como mínimo, las mismas. ¿O acaso la lógica era pedirlo y ya luego, si nos lo dan, veríamos qué hacer con él?  

 

Básicamente, este archivo puede ser altamente redituable al tener el potencial de operar como una máquina para hacer dinero. No tener una política clara sobre los derechos de reproducción así como de la imagen del arquitecto y su legado, bajo este panorama, resulta muy problemático y se anticipa como desastre. Especialmente en un país que es considerado internacionalmente como severamente corrupto. Esta carencia de un marco legal, representa una incongruencia en relación a los intereses patrimoniales que supuestamente acongojan a Magid y, además, permite que todo su proyecto se preste para generar una serie de malentendidos. De acuerdo a la artista, ¿quién sería el beneficiario de los ingresos del archivo de Barragán? ¿Su galería? ¿Alguna institución en específico? Estaría muy bien que comentara qué pensó acerca de esto.

 

La artista recurre a la estrategia del juego de equivalencias que se ha vuelto prácticamente un lugar común o cliché en algunos proyectos de arte contemporáneo, donde se intercambian pesos, nombres, identidades, etc. La alusión a los muertos, especialmente a un mexicano, a través de la ofrenda de flores y a Barragán con un caballo es de un simplismo que produce escozor. Posteriormente, hay una sala donde se exhiben varios documentos en vitrinas y finalmente el espacio en el que se muestra el anillo a la par de la carta que la artista escribió a Zanco detallando su propuesta de intercambio.

 

Independientemente del fin que pueda tener el proyecto de Jill Magid, creo que los medios que se han empleado para conseguirlo —ya sea la repatriación de un archivo, una película reveladora o una pieza de arte contemporáneo— no han sido adecuados. No creo que la esfera del arte deba considerarse libre de implicaciones éticas, esto sería un error, obviamente. La ficción que sostiene el cuento de hadas de la artista, la historia de un anillo mágico a través del cual nos regresarán un archivo, asunto que creo sólo importa a un porcentaje ínfimo de personas en este país, esconde en el fondo mucho oscurantismo, mucha opacidad, una misoginia muy particular ejercida tanto por hombres como por —muchas— mujeres, una postura antintelectual aguda, poca sensibilidad y mucha banalidad, además de demasiada desinformación y mentiras.

 

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