25 abril, 2015

La imagen reclusa (líneas entre prisión y visión)

por Pablo Martínez Zárate

SANTAMARTATORREwebReclusorio femenil de Santa Marta Acatitla, México D.F. Foto: Pablo Martínez Zárate

La prisión como manifestación arquitectónica se ve atravesada por un dilema de visibilidad. En principio, como construcciones de disciplina y de castigo, la vigilancia es una exigencia operativa, un imperativo funcional desde el punto de vista del diseño arquitectónico. El panóptico es quizás el modelo más conocido. Funciona como una metáfora que comprende toda relación entre prisión y visión, inclusive cuando la arquitectura de muchas prisiones no parta de la estructura centralizada de Bentham. Lo anterior se debe a que desde la perspectiva del diseño, el panóptico aspira a la vigilancia total, la omnivisión sobre el acontecer dentro de la prisión que, en teoría, es condición primera para cualquier administración carcelaria, sin importar su sede.

El dilema está en que este rasgo de vigilancia será siempre parcial, más o menos visible en proporción a los esquemas de poder y sus grados de corrupción. La prisión es la arquitectura última de la ley, donde la luz escasea y el alimento enferma, donde uno —escuché decir a un reo— no duerme, sólo dormita, siempre dormita. Imagino a la cárcel como un sitio donde reina un ensueño de plomo y humores pantanosos, donde quienes ahí cumplen labor o condena, son presos por igual de un rumor envolvente que suena a sueño, culpa y muerte.

Dentro de la cárcel todo el tiempo suceden cosas cerradas al testigo visual. Lo anterior no implica que se desconocen aquellos hechos, por lo que a tales sucesos “oscuros”, además de la opacidad, los define un silencio en muchas ocasiones cómplice. La representación muda. El ideal del panóptico es simultáneamente realidad (incluso cuando sea por medio de este reconocimiento silente) y simulacro (porque aunque se conozcan muchos de ellos, revelar los hechos en su totalidad es imposible; comenzando por los demonios del remordimiento revoloteando al interior de los inculpados).

Cito a Didi-Huberman en Ante la imagen, él frente a La anunciación de Fra Angelico y yo delante de la imagen imposible de la prisión. En la introducción de dicho libro, hace una distinción entre lo visual y lo visible a partir del fresco. Lo “visual” son las tres figuras humanas, la arquitectura que es un espejo del sitio donde fue pintada, el haz de luz que atraviesa el espacio imaginario de la representación pictórica. Lo “visible” sería, dicho en pocas palabras, la divinidad que sugiere la composición.

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Lo visual en la prisión sólo se aprecia en sus justas y múltiples dimensiones si se vive o se trabaja ahí. A la prisión, lo que es la prisión, no se va de turista. Por lo mismo, lo visible es todavía más evanescente que las luces de Fra Angelico e igual de inefable e inasible que la divinidad que insinúan. Como la divinidad se manifiesta y se fuga simultáneamente en el fresco, la visibilidad de la prisión se convierte en algo tan fugaz como “Dios” en la obra del florentino. Los implicados en este duelo de lo perceptible que reviste a la prisión, sobra decir, no son nada más los reos. La administración penal supone códigos y protocolos de comunicación hacia el interior de los reclusorios y con el exterior que rigen la representación pública de la vida carcelaria.

La mirada del preso que ve al mundo por la cuchilla de luz que apenas pinta su celda y aquella mirilla que son los párpados entreabiertos del santo, quien en el rayo de luz ve a Dios, ambas habitan en el extracampo, en ese espacio indefinido imaginado por ellos como “libertad” o “gloria”. Las dimensiones del “exterior” o el “paraíso” dependen de la historia de la persona que dormita en prisión o medita en un templo (o pestañea en el metro o escucha un concierto o mira un fresco o habita un edificio) .

Miremos por ejemplo el Palacio Negro de Lecumberri a través de los ojos de Arturo Ripstein, donde el director recurre a estratagemas de visión como manifiesto de la invisibilidad de muchos actos carcelarios; como si la doble demostración, la doble afirmación (del castigo a los reos y del «truco» cinematográfico), fuera capaz de atisbar lo irrepresentable de la cárcel. Como si para sortear este dilema, para ver al interior de la imagen reclusa, fuera necesaria la doble mentira, el desdoblamiento de la ilusión. ¿No recurre la Iglesia a un montaje semejante para fortalecer los dogmas de fe, los políticos para normalizar lo que está fuera de la ley por medio de su discurso? Tal vez para los reclusos, en su perpetuo dormitar, la prisión es un sueño terriblemente real, una arquitectura que aunque disfrazada de solidez inquebrantable, se derrite en las fantasías líquidas, siempre presentes, de quienes no pueden salir de ahí.

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