23 febrero, 2022

La idea de Torre Reforma

por Francisco Serrano

Hay mucha gente que puede hablar solo de Torre Reforma pero yo creo que lo más interesante de Benjamín, mi amigo y colega, es que es una persona completa. Entre los arquitectos es muy común que algunos sólo diseñen o sólo proyecten, construyan o promuevan obras; en cambio, la vida de Benjamín habla de una totalidad: él es promotor, proyectista, ejecutor, vendedor. Ofrece el paquete completo y eso lo distingue de los demás. Con Benjamín, la arquitectura está en relación con la sociedad. Su trabajo no sólo parte de los aspectos ecónomicos sino que aporta algo más a la ciudad, a sus habitantes. Es una persona culta en todos los sentidos.

Desde mi punto de vista, ciertos hitos de su experiencia profesional marcaron cambios que lo llevaron a expresarse de otra manera; por ejemplo, la Torre Chapultepec, además de otras obras trascendentes que mucha gente no sabe leer y que a mí me parecen estupendas, conociendo su trabajo. El edificio Tres Picos y el Centro de Cómputo de Tizayuca dicen mucho de él. Su arquitectura es completa. No es forma, no es función, no es negocio. Es todo junto.

Por otro lado, muy pocos arquitectos son buenos maestros y están dispuestos a hablar de todo como él. Al contrario del ingeniero que aburre cuando da cálculo o el arquitecto que enseña a componer pero no cómo se construye, con Benjamín la enseñanza es global, y creo que ha transmitido su quehacer con éxito. Por eso, hace algunos años, cuando por fin logramos traer la Cátedra Blanca de España a México, pensé en él para que la impartiera.

A raíz de esta experiencia académica entablamos una amistad que no puedo dejar de lado al hablar de su trabajo. Hemos hecho varios viajes por el mundo para conocer arquitectura, y todas esas vivencias me han puesto en contacto con su manera de ser: es siempre él mismo, está
interesado en lo mismo, se emociona al ver una buena obra, se disgusta cuando nuestros puntos de vista no coinciden, y me quiere convencer. Es tan necio como yo. Juntos hemos tenido la oportunidad de conocer arquitectos de renombre mundial, que nos han permitido ver sus obras y de alguna manera nos han formado, porque lo hemos buscado. No es fortuito. No todos los arquitectos están dispuestos o tienen las posibilidades para viajar por el mundo, para informarse, para discutir, para ver.

Los viajes son la mejor manera de conocer a las personas, pero también entre arquitectos es una buena manera de saber qué es lo que realmente nos mueve. Benjamín se emociona cuando ve una obra, pero no se deja impresionar por la escala o por una estructura interesante. Ve el todo y después discute qué es bueno y qué no. Me parece que su lectura de las obras es objetiva, con fundamentos. Hemos visto varios edificios en obra, por ejemplo de Rudy Ricciotti, Zaha Hadid o Jean Nouvel, y la lectura de Benjamín es muy particular. Él se fija en lo que las empresas de construcción hacen bien, o no, e incluso piensa en cómo se va a rentar. Hay un interés por el proceso, donde la única manera de llegar a una forma no es a base de un mock-up formal.

En uno de nuestros viajes, en un restaurante en Zúrich, me dijo: “te voy a enseñar lo que estoy pensando hacer para un edificio en Paseo de la Reforma”. Entonces dibujó la torre en una servilleta y me preguntó mi opinión. Me explicó el proceso —en ese momento no hablaba del
libro— y me comentó que haría un triángulo en escuadra para que en medio quedara la casa, lo cual, desde el punto de vista constructivo, es soportable. Resalto esto porque Benjamín comparte sus ideas; las comparte para que lo apoyes o para que lo critiques, no para aumentar su ego o presumir lo que está haciendo, y esta actitud me parece propia de un buen arquitecto. En este caso, fue una demostración de amistad, pero en el fondo buscaba el camino para hacer lo mejor dentro de su capacidad, y esto no es común en el medio.

Para la Torre Reforma, se compró un terreno con una ubicación inmejorable pero con la existencia de una casa catalogada. Distinto a lo que cualquier arquitecto hubiera hecho, demoler la vieja casona para levantar el edificio, Benjamín analizó las posibilidades y prefirió conservar la casona no solo por ser un reto constructivo singular, porque habría que cortar, mover, etcétera; sino porque significaba mucho para la ciudad conservar un pequeño recuerdo de cómo era antes el Paseo de la Reforma. En mi opinión, la casa no es una buena obra de arquitectura, pero en general así eran todas las casas en esa avenida, y su conservación me parece un hecho cultural significativo para la ciudad.

El edificio tiene muchos detalles interesantes que me tocó ver de cerca porque Benjamín me invitaba a acompañarlo. Estuve presente desde el primer garabato hasta en una reunión con ARUP en Nueva York. Entonces me di cuenta de que Benjamín no se dejaba opacar por el prestigio de la empresa, tampoco ésta le dictaba qué hacer. Buscó a los mejores para hacer la obra y resolverla juntos, eso es todo. Recuerdo muy bien que en esa reunión hubo una discusión sobre las ventanas y salimos muy molestos con la propuesta de ARUP. En una ocasión similar, cuando participé en un concurso con Norman Foster —que perdimos—, me había tocado sostener una discusión parecida, hasta que Foster dijo: “Serrano está diciendo algo mucho más lógico que lo que hemos estado discutiendo”. Lo que quiero decir es que muchas veces no opinas, porque piensas que el otro es un genio, y aceptas todo lo que él diga aunque no estés de acuerdo. Sin embargo, Benjamín no tenía miedo, pero sí le preocupaba la inversión. Por eso, ya con el cálculo del edificio completo, pidió una segunda opinión a un estructurista de WSP, a quien yo conocía por el proyecto con Foster. Benjamín estaba en la búsqueda de lo mejor, lo mejor del proceso y del todo, y quería una garantía; no lo hacía por arrogante.

También pude seguir el proceso de obra, durante el cual el interés del arquitecto se concentró en que la construcción fuera la mejor: la más económica, en el buen sentido; no la más barata, sino la más eficaz. Al mismo tiempo, cuidó la expresión arquitectónica, y esto es muy claro en la estructura. Discutimos todo el proceso, un par de veces inclusive, hasta con los ingenieros. Benjamín insistía en forrar la estructura con mucha elegancia, como en la torre de Foster en Nueva York, pero le dije que no, porque la expresión del forro en Hearst Tower se entiende muy bien, independientemente de las razones técnicas, le da sentido a todo el edificio, mientras que en la Torre Reforma era innecesario. Al final me dio la razón.

La inexistencia de columnas es algo que llama mucho la atención en esta obra. Se trata de un hecho único, en el sentido que hay de setecientos a mil metros cuadrados libres, sin columnas, sujetos por esa estructura que expresa la forma: no está oculta, tiene un gran claro y se nota. Además, están los clusters, que en México ningún otro edificio tiene. Cada determinado número de niveles hay un espacio común que da a las oficinas posibilidades de crecer. El único antecedente similar en nuestro país es el edificio La Mitra, de Augusto H. Álvarez, en el que cada cierto número de pisos hay un patio. Esta idea me parece interesante porque habla de un concepto de la sociedad actual: la flexibilidad. Como arquitecto, no puedes crecer el edificio al infinito, entonces conectas tres niveles en un punto y con una escalera das la oportunidad de subir o bajar un piso, de tal manera que doblas la superficie. También está el famoso sitio común, que no tiene ventanas:
la mejor terraza urbana de la ciudad. Benjamín propuso esta idea en su taller y todos lo cuestionaron porque la fachada perdería continuidad. Entonces me habló para preguntar mi opinión. Le dije: “ábrela y ya, tú mandas”. Por último, la cancelería del edificio se deforma. Esto se logró con un módulo de 1.05+×+2.10 m, que se debe al fabricante, que puede armar paneles de esta medida y guardarlos para cuando se rompa un cristal o cuando se requiera. Lo que deja ver que hay una perspectiva por parte de Benjamín, no nada más hace la obra y ya, sino que se preocupa por la vida que vayan a tener esos edificios, la operatividad y el mantenimiento. También me gustaría
mencionar el tratamiento de la fachada, que quita asoleamiento y eleva la estética. Casi ningún arquitecto hace algo así, por el dinero que implica. Pero Benjamín, además de ser el arquitecto, es el promotor, y en este caso, el negocio cedió la prioridad a la arquitectura.

Otra cualidad de la Torre Reforma es su sistema de estacionamiento. El edificio robotizado es una estructura pensada para convertirse en otra cosa si el mundo cambia y en un futuro la gente ya no requiere tantos lugares de estacionamiento. En el momento en que Benjamín lo planeó, era visionario; ahora parece que esta fórmula es de obligado cumplimiento.

La Torre Reforma no es un edificio más, no es una caja con adherencias o deformaciones. Tiene una forma única, por el terreno y por la normativa. La Torre Reforma nunca se confundirá con la torre de a lado, pero al mismo tiempo hace que sus vecinas se vean bien, en un buen contexto. Para mí, una buena obra empieza con un buen partido, y en este caso, empezó con una servilleta: ahí estaba todo  desde el principio. Benjamín dijo: “en este terreno, le hago de esta forma, me emplazo así porque quiero voltear a Chapultepec, le hago huecos de este lado porque tengo colindancia, me remeto en la pequeña calle y luego en la avenida principal me enchueco para no molestar”. Ése es
el partido. Estuvo en esa servilleta, luego se desarrolló y dio vueltas. Pero la servilleta sólo era el soporte para la expresión del partido, porque el partido propiamente dicho ya había sido resuelto por el arquitecto. Benjamín es un arquitecto completo, un personaje único, y la Torre Reforma tiene que ser el inicio de más proyectos ejemplares.

ARTÍCULOS DEL MISMO AUTOR./