T O | José Amozurrutia + Carlos Facio

Experimentar la arquitectura

por Andrea Griborio | @andrea_griborio + Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Pabellón para la Intervención Arquitectónica de la Feria de las Culturas Amigas 2018.

 

T O es un despacho de arquitectura establecido en la Ciudad de México que dirigen José Amozurrutia y Carlos Facio. Un despacho joven, que ha ganado recientemente dos concursos importantes, anunciados con dos días de diferencia: la construcción del la Intervención arquitectónica FICA 2018 y el Pabellón Eco 2018, ambos en la Ciudad de México.

Alejandro Hernández [AHG]: ¿Cómo empezó la historia de su despacho antes de llegar a estos dos concursos?

T O: Somos grandes amigos desde secundaria y habíamos colaborado ya en proyectos musicales. Ambos estudiamos en la Facultad de Arquitectura de la unam. Nuestro primer trabajo de arquitectura fue en el despacho de Mauricio Rocha, en 2005. Siempre tuvimos buenas colaboraciones y hace tres años decidimos que era tiempo de poner un despacho propio. Así comenzó.

AHG: ¿La relación arquitectura–música la trabajan o es coincidencia?

T O: Esa relación es no literal ni obvia. Nos gusta pensar que no es sólo con la música, sino también con otras bellas artes. La creatividad toca muchas fibras similares. En el Pabellón Eco es la primera vez que hacemos algo que toca las dos fronteras.

Andrea Griborio [AG]: ¿Cómo es el acercamiento con instalaciones efímeras?

T O: Un pabellón es un género arquitectónico que te permite experimentar en el 1:1. Nos interesa entender el diseño en todas sus escalas y complejidad. La oficina funciona como un laboratorio en el que se lleva al máximo un objeto o un material, con experimentos de la mano de maestros de obra y gente de oficio, que nos permiten visualizar interacciones entre materiales. En El Eco hicimos prototipos previos que demostraron que esa arquitectura funcionaba. Eso hacemos en la oficina: entender los procesos de construcción para llevarlos a una lógica efímera.

AHG: Los dos concursos son escalas muy distintas. El patio de El Eco es un espacio acotado, con tres paredes y un ventanal, contra el gran espacio de la plancha del Zócalo. ¿Cómo los abordaron desde el principio y cómo los trabajaron en conjunto?

T O: La experiencia de trabajarlos en conjunto fue regresar a la efervescencia que uno vive en la carrera. Ese frenesí de resolver dos proyectos distintos en el traslape de una semana, y que requirió canalizar bien la energía durante la producción para que, en el proceso, las ideas fueran fluyendo de manera paralela. Los pabellones son dos temas con escala muy distinta, pero ambos tienen elementos que hacen un todo sencillo. También tenemos presente que los dos tienen retos constructivos. El de la FICA debe construirse en cinco días y el de El Eco tiene un presupuesto más limitado y acotado. Ambos, asimismo, se pensaron con una vida futura, en la que fuera posible reutilizarlos. Parte importante de la reflexión es saber de dónde viene lo que hacemos y adónde se va. En especial al no ser una arquitectura permanente.

AHG: Pareciera que de alguna manera ambos trabajos empiezan como sombras.

T O: Curiosamente, y aunque parezca que los dos sucedieron en esa lógica, en FICA fue justamente lo contrario. Ahí acuden más de cuatro millones de personas, así que partió de la dinámica de captación de esos ríos de gente de la manera más inteligente y después ya vino la pregunta sobre cómo techar los módulos; así que pensamos, de manera muy elemental, en obedecer a la lluvia y al viento. En El Eco sí tuvo mucha resonancia, desde el principio, esa idea de hacer una superficie que pudiera ser habitable desde dos perspectivas. El reto era hacer que se sostuviera. La manera en que debían ser esos soportes te permitiría apreciar el proyecto de una u otra manera. Al final, ambos derivaron en dos elementos: lo portante y lo soportado, pero bajo condiciones distintas. En la fica, aunque muchas eran muy claras, y el resultado terminó siendo muy lógico; en El Eco tienes muchos usos e, incluso, la programación depende del pabellón: el objetivo era crear una atmósfera que tuviera esa dualidad entre cómo se vive por dentro y cómo por fuera.

AHG: En ambos casos, la estructura es muy elemental y simple, pero alcanzar esa simplicidad es complejo. ¿Cuál es el aspecto estructural detrás de ellos?

T O: Nos sedujo mucho la idea de hacer evidente algo que podría parecer sintético, pero que conllevara una reflexión más compleja. En El Eco queríamos algo que sonara, que se activara, así que llevamos al mínimo la tectónica de la varilla, para que fuera un elemento mínimo, que se soportara sin alterar el piso, y pensamos en un sistema de varillas que se doblara. Nos interesaba lograr que el sistema fuera estructuralmente legible.

AG: ¿Y qué fue primero, la construcción de un elemento mínimo para generar la intervención o los platos en relación con la música?

T O: Estábamos en el patio de El Eco cuando Carlos dijo: “Es un templo, le hace falta el sonido” y, al imaginar una superficie que pudiera moverse para crearlo, el proyecto fue casi inmediato. Queríamos un material que hablara de cierta fragilidad y llegamos al cobre, un elemento que terminó reuniendo muchas virtudes que buscábamos: un material moldeable, que generara sombras pero también luces y reflejos.

AHG: ¿Cómo se mezclan en su trabajo tradición e innovación?

T O: Cuando estamos ante algún problema, nos interesa abrir el campo, observar desde todos lados. En ambos pabellones lo que nos importa es el proceso y saber cómo podemos ser parte de éste. En el caso del cobre, había que entender cómo se producen las piezas. Son varios años de tradición. Lo que más nos divierte, y creo que es algo común a cualquier creativo, es pensar que las cosas no están del todo asentadas, que en algún lugar puedes encontrar un recoveco donde actuar. Un material no tiene que usarse siempre de la misma manera, puedes analizar cómo funciona, experimentar. En El Eco eso se ve en la estructura.

AHG: El otro concurso, el del Zócalo, es más complejo, con más condicionantes, con más usuarios. Son 20,000 m2 para un espacio que debe construirse en cinco días para 4 millones de personas y durante una semana. ¿Cómo se operó ahí?

T O: Nuestra propuesta se forma por una especie de átomos o mariposas que, distribuidas en el Zócalo, permiten organizar las cuatro direcciones en avenidas de 12 metros. Se trataba de reducir la dimensión de la plaza a la escala menor y moldearla de acuerdo con las salidas de metro y el resto de elementos del programa, establecidos por el concurso: un foro para conciertos y el pabellón de la Ciudad de México, el cual proponemos como reutilizable. Le apostamos mucho a este esquema porque nos parecía el más evidente en términos de montaje y control de calidad. Si se plantea algo modular resulta, más lógico y más cercano a una escala de calle. No hay manera, ni es deseable, competir con la escala del Zócalo. El pabellón está formado por muchas pequeñas plazas que dan como resultado cuatro módulos, integrados a su vez por cuatro locales. Con esta organización, cada uno está siempre reflejándose en otro. Nos preocupó mucho reflexionar sobre la naturaleza de un pabellón para la Feria Internacional de las Culturas Amigas. Quisimos darle mucha presencia a esos individuos y al mismo tiempo enfatizar que ellos, en colectivo, adquieren mucha fuerza. En la medida que los módulos estuvieran siempre compartiendo experiencias y vivencias, en lugar de tenerlos encarrilados como vagones y sólo atendiendo a los visitantes, se podían generar pequeñas ágoras, plazas o lugares de encuentro entre estos módulos.

AHG: En las ediciones anteriores del pabellón se utilizaron andamios, estructuras prefabricadas. En esta ocasión hubo una tendencia a replantear esto.

T O: Fuimos trabajando de manera muy elemental. El andamiaje era lo más viable y lo planteamos en la construcción de los puestos. Partimos de una célula de cuatro y se necesitaba tener, como mínimo, un frente y una zona de descanso. Nos parecía que la manera más sencilla era agruparlos en cruz para que formaran la estructura. Luego, tenían que estar separados, por lo menos, 10 metros. Medimos Madero, que tiene 11 de ancho y, por el módulo, establecimos que estuvieran separados 12 metros. La manera más óptima para unirlos era una gran cubierta. Además, como es probable que llueva durante la Feria, con una inclinación se expulsa el agua. Al mismo tiempo, en el proceso de diseño de estas cubiertas, nos acercamos al laboratorio de cubiertas ligeras de la unam, que nos ayudó a entender el sistema estructural pensando en su eficiencia, es decir, cómo con menos material puedes techar más. Cada cubierta tiene 20 metros de lado. Es una escala impresionante y lo que hace que sea viable es que tiene muy poco material que trabaja a tensión, depende mucho de cables, los cuales definen la tensegridad. Ahora estamos trabajando en un prototipo 1:1.

AH: ¿Qué tanto ejercicios como éstos, como el del Zócalo y el de El Eco, permiten repensar las cosas? La suerte de muchos pabellones es que sirven para tomar una foto, pero no como modelos o como pretexto de otra cosa.

T O: Un motivo que tuvimos siempre presente era considera que montar algo, que se pague con dinero del erario y que después se tire a la basura, suena muy mal, más cuando tenemos otras necesidades. Siempre fue un tema pensar en qué medida podían tener una forma de darle otro uso. En El Eco, parte de lo que más nos atraía era reducir al mínimo el costo de los platos y luego, como parte de la exposición, podía anunciarse su venta y que ese dinero sirviera para la reconstrucción o se le diera a los propios artesanos, mientras que las varillas pueden reutilizarse después en una obra. En el Zócalo, por la cantidad de limitaciones con las que nos encontramos, forzamos que fuera viable reutilizar por lo menos una parte, que cada una de las cubiertas pudiera desmontarse, que se llevaran a un lugar distinto y se ubicaran en plazas, como un centro comunitario, de acopio o de otras maneras. Ése es el reto, ésa es la idea.

Campanario. Pabellón Eco 2018