19 septiembre, 2018

La fibromialgia de la tierra

por Pablo Emilio Aguilar Reyes | @pablochief

A lo largo de toda la vida, desde que uno tiene la facultad de la memoria hasta que esta se satura, existen dos constantes. La primera: el cambio es una condición invariable. La segunda, la cual ayuda a equilibrar la anterior: aparentemente hay en el fondo, algunas cosas que no están sujetas a cambio, obstinadas ante cualquier alteración. Al decir que la única constante es el cambio, no deja de ser este una constante. 

Al ser imposible vivir sin estabilidad, hemos inventado artificios con los cuales medir los cambios o por lo menos atribuirles algún sentido. La ciencia es el más reciente esfuerzo de esto. ¿Qué es la ciencia sino una imposición de sentido al albur que es la vida? Con ella se ha logrado medir los cambios, señalar sus causas para predecirlos. A pesar de todos los avances de la ciencia y la técnica, uno de los fenómenos que escapa su aprehensión son los temblores, impredecibles y azarosos en frecuencia, ubicación e intensidad.  

Es por esta razón que cuando el piso —lo  único que suponemos como realmente solido— se mueve, entramos en cuenta de que no hay constantes invariables sobre las cuales montar una existencia estable. Cuando acontece un temblor se hace evidente el hecho de que la base sobre la cual construimos toda arquitectura posible, es igual de contingente que el mismo devenir. No existe garantía de que – en caso de sismo – el suelo donde construyamos un hogar sea lo suficientemente firme para mantener nuestra casa en pie.  

Otro fenómeno (de naturaleza distinta) comparte con los temblores la condición de estar más allá del umbral de cosas que predice la ciencia. Hablamos pues de la fibromialgia. Es una enfermedad que presenta el síntoma de un dolor persistente pero cuya causa es indetectable, pues no se muestran alteraciones en el cuerpo con estudio alguno. Aun con pruebas del aparato de medición más agudo, ninguna anomalía dentro del cuerpo del paciente es detectable, mientras este sufre.  

Así como la fibromialgia, los temblores —al ser impredecibles— causan profundo desconcierto al no poder ser completamente dominados por nuestra comprensión; por el aparente orden que le forzamos al azar constante. Otra característica que comparten tanto los temblores así como la fibromialgia es que provocan dolor. Recordamos con pesar en estas fechas, los sismos que acontecieron en México un 19 de septiembre de 1985 y 2017. Sus victimas fuimos todos los que los sentimos, pues perturba al espíritu sentir como se mueve lo único que uno creía estable en el mundo: el mundo mismo. Y aunado a esto, algunos perdieron su casa o algún ser querido.   

A pesar del incesante cambio que nos acompaña en la vida, se pueden vislumbrar en el horizonte patrones que indican un orden arbitrario. Uno es la coincidencia de que ambos sismos ocurrieran en la misma fecha; otro, el hecho de que la solidaridad, fraternidad y disposición de ayuda entre ciudadanos fue esperanzador en ambos percances. Aunque se mueva, siempre hay piso, es decir, siempre existe la posibilidad de tener un lugar en donde poder levantar una casa.

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