29 enero, 2019

La fantasía del orden

por Alfonso Fierro

Como parte de su colección Licenciado Vidriera, la UNAM rescató en 2006 una novela utópica escrita en 1919 por Eduardo Ursaiz, un médico cubano-yucateco radicado en Mérida. La novela lleva por título Eugenia. Esbozo novelesco de costumbres futuras y plantea un futuro donde el mundo se ha organizado en confederaciones regionales, cada una de las cuales se encarga de administrar su territorio, economía y población de acuerdo a estrictas leyes científicas, logrando así un constante equilibrio económico y político. En Villautopía, capital de la subconfederación de América Central donde sucede la novela, el estado no sólo administra el comercio, la industria o los servicios públicos, sino que también está a cargo de la reproducción organizada de la población a través de un programa de eugenesia. Así, el estado elige a los candidatos “aptos” para reproducirse y esteriliza a los no aptos para hacerlo. Foucaultiano sin saberlo, los primeros esterilizados son los criminales “natos”, los “desequilibrados mentales y […] ciertos enfermos incurables, como los epilépticos y los tuberculosos” (39); después de estos, todo aquel que se considere deficiente o inferior. En la utopía de Eugenia, este programa ha mantenido un equilibrio entre recursos y población, pero sobre todo ha hecho que ésta evolucione física y mentalmente al evitar “toda posibilidad de degeneración” (38). La novela sigue los pasos de Ernesto desde el momento en que es elegido como reproductor oficial de la especie hasta el punto donde se encuentra con Eugenia, otra reproductora oficial, para juntos producir un nuevo cuerpo ideal. 

En el contexto del fin de la revolución mexicana y tomando en cuenta que los discursos más eficientes a la hora de reconstruir una idea de nación tras años de lucha armada pasaron justamente por el cuerpo de la población (el mestizaje vasconcelista, por ejemplo), Eugenia ha sido bien leída desde este ángulo: una utopía positivista que concibe el “mejoramiento” y la “evolución” del cuerpo poblacional –con todos los prejuicios raciales que ese mejoramiento implica– como el camino idóneo para la resolución de problemas de orden social. Sin embargo, menos atención se ha puesto en la infraestructura urbana –espacial y política– que la novela plantea a través de Villautopía y que es, de hecho, lo que permite imaginar el programa eugenésico como parte de un todo más amplio. 

Como toda utopía, Eugenia espacializa su discurso, lo amolda y lo materializa en formas arquitectónicas específicas, y lo explica a partir de un recorrido por estas formas. Tal es lo que sucede cuando Ernesto y el director hacen un recorrido por el Instituto de Eugenética, que claramente funciona como sinécdoque de Villautopía y del estado positivista en general. En términos de Foucault, el instituto es una heterotopía que condensa y refleja un espacio social más amplio. El paseo por el instituto comienza nada menos que en el departamento de estadística –la ciencia del estado, como insistía Foucault–, un espacio donde “más de cien empleados” (42) se encargan de producir, ordenar y clasificar el conocimiento sobre la población. Posteriormente, Ernesto visita los distintos pabellones, separados unos de los otros por jardines: el pabellón de la esterilización de los “deficientes”, el de las operaciones, el de los gestadores (aquellos elegidos para llevar a cabo el embarazo luego de que los reproductores hayan fecundado) y el de los infantes, de cuya educación se encarga el estado. En todo este recorrido, el narrador insiste una y otra vez en el orden y en el procedimiento científico de cada una de las acciones llevadas a cabo ahí adentro, además de en la higiene y la ventilación del espacio: “mucha luz, mucha asepsia y mucha ventilación” dice el narrador “el aspecto de las blancas camitas alineadas era alegre y tranquilizador” (44). 

El recorrido por el Instituto de Eugenética, la descripción de su arquitectura, la narración de su distribución espacial y la explicación de sus departamentos, procedimientos y funciones termina por modelar la organización de todo un estado positivista que incluye pero también supera al programa eugenésico como tal. Al terminar el recorrido, los lectores sabemos que se trata de un estado que ha sistematizado su conocimiento sobre el territorio y su población, que ha ordenado el espacio de acuerdo a este conocimiento (las “blancas camitas alineadas”), que ha impuesto medidas de higiene para erradicar vicios y enfermedades, que administra el gobierno de manera científica y que, al proceder de acuerdo a “leyes” naturales, ha logrado que la población deje atrás las supersticiones y prejuicios de la época del atraso. En otras palabras, se ha modernizado. Aunque ciertamente fundamental, la eugenesia y el “mejoramiento” biológico de la población son parte de este programa utópico más amplio que vemos a lo largo de la novela en las costumbres “futuras” de la gente de Villautopía y que abreva de muchas de las corrientes de pensamiento del fin de siglo: higienismo, positivismo, darwinismo social y el movimiento de las ciudades-jardín, entre otras. 

¿Pero cómo entender este programa utópico proyectado en 1919, hace precisamente un siglo? Sabemos gracias a historiadores como Alan Knight que durante toda la década posterior a la constitución del 17 el estado posrevolucionario se encontraba todavía en una situación bastante precaria e inestable, amenazado por caudillos regionales, cristeros, prestamistas, Estados Unidos y otras fuerzas políticas y sociales. Es a lo largo de la década de los 20 cuando empiezan a sentarse muy paulatinamente algunas de las bases que a la postre lograrían consolidar a este estado: la organización del PNR por Calles (oficialmente fundado en 1929), algunas instituciones como la SEP de Vasconcelos o el Banco de México de Alberto J. Pani (tío de Mario) e incluso la organización de un discurso a partir de dispositivos culturales como el muralismo o los festejos del 21 que Horacio Legrás analizó recientemente en Culture and Revolution. Eugenia podría entenderse algo así como un reverso de esta situación. Frente a un estado débil y amenazado al que le urgía pacificar, reorganizar y reconstruir al país, Eugenia provee el modelo de un estado en control absoluto, un estado que lo administra todo –de la economía a la reproducción–, un estado que por medio del procedimiento científico ha logrado ordenar, pacificar y fortalecer a una población diezmada. Como respuesta al caos del temprano estado posrevolucionario, el modelo utópico de Eugenia proyecta un estado moderno sólido y eficiente, echando mano de diversas ideas y corrientes, algunas de las cuales se remontan al Porfiriato. De ahí que pueda verse una cierta continuidad entre la novela y algunos de los textos claves de los “científicos” positivistas, como por ejemplo con el Justo Sierra de Evolución política del pueblo mexicano, donde el alcoholismo y la superstición religiosa se diagnosticaban como “microbios sociopatogénicos” que el estado debía encargarse de erradicar a través de un programa de modernización territorial. 

A decir verdad, algunas de las costumbres futuras de la novela resultan hoy bastante progresistas para la época, en particular en lo que se refiere a roles de género y a instituciones como la familia. Otras no, como por ejemplo el racismo al que lo conduce su darwinismo social. Además, como toda ciencia ficción del pasado, Eugenia está plagada de esos detalles que hoy resultan muy lindos de leer ya que representan futuros que otra época soñó y que no fructificaron más que en el arte, como es el caso de las “aerocicletas” que utilizan los personajes para pasear por Villautopía y que recuerdan a las pinturas del argentino Xul Solar. Pero, sobre todo, Eugenia tal vez pueda leerse como uno de los últimos intentos en México de modelar un estado moderno a partir de premisas positivistas llevadas a sus últimas consecuencias. Un canto del cisne, por usar una figura muy de la época. Apenas unos años más tarde, otras corrientes de pensamiento y otros discursos –algunos de ellos abiertamente anti-positivistas, como la “eugenesia estética” del Vasconcelos de La raza cósmica– serían mucho más capaces de articular un programa político y discursivo para un estado en plena reconfiguración. 


Ursaiz, Eduardo. Eugenia. Esbozo novelesco de costumbres futuras. México: UNAM, 2006. 

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