2 julio, 2019

La familia del portero

por Alfonso Fierro

Cuando en 1916 Venustiano Carranza le pidió a Alberto J. Pani que realizara un reporte de las condiciones higiénicas de la recién tomada Ciudad de México, Pani ya era una figura importante en la política mexicana, si bien su punto culminante llegaría como Secretario de Hacienda y Crédito Público con Calles, donde entre otras cosas llevaría a cabo la construcción del Banco de México. Pero ya en el 16, como Secretario de Comercio e Industria para Carranza, Pani era una figura que trataba de consolidar las bases económicas y políticas que garantizarían una cierta estabilidad necesaria para dejar atrás los años de la lucha armada y entrar de lleno en el proyecto de reconstrucción posrevolucionaria. 

En La higiene en México, el reporte del 16, Alberto Pani concluye que la ciudad de México —y todas las ciudades del país por extensión, ya que de manera explícita toma a la capital como modelo— “es, seguramente, la ciudad más insalubre del mundo” (19). ¿Pero en qué sentido era insalubre? Para Pani, como para muchos otros intelectuales, urbanistas y expertos de la época, las nociones de higiene y salubridad tenían un componente doble, aunque entrelazado. De entrada, la Ciudad de México era insalubre en un sentido estrictamente físico: abundaban enfermedades respiratorias y digestivas por culpa de la falta de agua limpia, “la ineficacia de los procedimientos de regar y barrer las calles” (25), la ausencia de calles pavimentadas que generaban polvo o “los defectos sanitarios de las habitaciones” (25), entre otras cosas. En espacios caóticos, aglomerados y poco higiénicos como los que abundaban en la ciudad, las enfermedades físicas encontraban un sitio ideal para encubarse, transmitirse y propagarse entre la población.

Pero luego estaban esas otras “enfermedades” que Pani, siguiendo a los científicos porfirianos, llama “morales”: el alcoholismo, la prostitución, la criminalidad y lo que él denomina como “promiscuidad”. También estas supuestas enfermedades se transmitían de cuerpo a cuerpo en los espacios aglomerados y desordenados de la ciudad. De hecho, para Pani, ambas dimensiones del problema de salud pública iban estrechamente ligadas en una suerte de círculo vicioso: si un ambiente físicamente insalubre creaba las condiciones para que surgieran y se desarrollaran enfermedades morales en la población, malos hábitos y prácticas morales creaban las condiciones para que surgieran y se propagaran enfermedades físicas. Y el núcleo al que Pani rastrea el problema a través de su análisis es el de la familia “popular” (tal como él la llama) y su espacio habitacional:  

Al que solo conozca de nuestra capital las mentiras agradables que bullen en la superficie de la complicada vida metropolitana […] le bastará […] asomar un momento los ojos y las narices a la estrecha covacha de debajo de la escalera o al sótano contiguo al zaguán, para ver el aspecto repulsivo que presenta y la hediondez insoportable que exhala el asqueroso hacinamiento humano de la familia del portero. Esta sencilla pesquisa será suficiente para destruir toda sospecha de exageración y para convencerlo de que, más bien, me he quedado corto al concentrar mi exposición referida a la sola ambiencia física, pues la moral, como es bien sabido, con esa horrible promiscuidad animal de sexos, estados y edades, tan común entre las gentes de bajo pueblo, es, desgraciadamente, mil veces más dañosa que aquella. (95; mi subrayado)

La familia representaba para Pani el centro del problema ya que, para él, esta institución social era el órgano reproductivo de la sociedad, tanto en el sentido físico de la noción de reproducción como en el sentido pedagógico: es en la familia donde los niños observan, aprenden, imitan y reproducen ciertos hábitos, ciertas prácticas, ciertas formas de vida. Esa “promiscuidad animal” que tanto le preocupa a Pani se reproducía según él por dentro de la familia. Para modernizar a la población, el paso necesario era entonces el de intervenir en la familia popular: primero averiguar cómo vivían las familias exactamente, y luego emplear mecanismos de intervención pedagógica que la modelaran de acuerdo a lo que Pani y otros concebían como prácticas y hábitos higiénicos, modernos o sanos.  

Tal como puede verse en el pasaje citado más arriba, en el fondo la preocupación de Pani gira en torno al espacio y a la organización espacial de la vivienda. En primer lugar está la cuestión de la visibilidad: desde este ángulo, la promiscuidad moral de “las gentes de bajo pueblo” resulta del hecho de que habitan en la oscuridad —en los zaguanes y las covachas, según él—, lo cual hace imposible la vigilancia y el control de parte del Estado y sus expertos. De hecho, el observador urbano debe “asomar los ojos y las narices” para registrar esas formas de vida que, de otra manera, pasarían desapercibidas, sepultadas bajo las “mentiras agradables que bullen en la superficie” de la vida en la ciudad. En segundo lugar, está la cuestión del amontonamiento, que Pani examina a partir del aire: una “hediondez insoportable” saluda al observador humano que mete las narices en la casa de la familia del portero, producto de un aire que ha sido inhalado y exhalado por demasiados cuerpos al mismo tiempo, un aire que no se ha renovado, que está estancado y contaminado. Pero en tercer lugar y sobre todo, la promiscuidad es un problema de orden espacial, es el resultado de una arquitectura promiscua en sí misma, donde el espacio no está dividido y organizado de acuerdo a roles familiares (padres, hijos, mascotas), género o función (cocina, estudio, habitación, etc.). 

Es en este punto del reporte donde aparecen las vecindades como el prototipo de una arquitectura promiscua y, por lo mismo, “verdaderos focos de infección física y moral […], el teatro de todas las miserias, de todos los vicios y todos los crímenes” (111). Arquitectura promiscua ya que en las vecindades vivía demasiada gente en espacios precarios y reducidos, espacios que no estaban ordenados de acuerdo a roles familiares, géneros o funciones: niños y niñas dormían junto a sus padres y los veían cometiendo ciertos actos; se comía, trabajaba y dormía en el mismo sitio; afuera del cuarto pululaban en desorden vecinos, mascotas, tendederos y objetos, algo con lo que Oscar Lewis se daría vuelo en Antropología de la pobreza (1959) a través de sus descripciones supuestamente neutras, supuestamente fotográficas. Encima de todo, y esto es quizá lo que más le preocupa a Pani, las vecindades eran impenetrables para el ojo del observador urbano, que no podía acceder porque no pertenecía a ellas. Por lo mismo, las vecindades y su población permanecían fuera del control estatal en todo sentido. Si bien las vecindades ya habían preocupado a algunos científicos porfirianos, es en la posrevolución, de Alberto Pani a su sobrino Mario treinta o cuarenta años después, cuando se vuelven el gran enemigo a vencer, la pesadilla urbana por excelencia, el mayor impedimento para el surgimiento de una población “sana” y moderna. 

Cuando, hacia el final del reporte, Alberto Pani imagina las bases para un código de edificación urbana, además de la regularización y el orden, su principal insistencia tiene que ver con la luz. Pani propone un cierto número de ventanas, sugiere que la orientación de los edificios debe ser sur o este y determina tanto la altura por edificio como el ancho mínimo de las calles de tal manera que otros edificios no bloqueen la entrada del sol a cada vivienda. Más allá de que la luz ayudaría a evitar enfermedades producto de la humedad, Pani deja ver la pulsión católica detrás de su moralismo al decir que “la luz tiene efectos inexplicables, pero ciertos, en el organismo y aún en la moral de los individuos” (103). Como la fe, la luz purifica a aquellos sujetos en los que logra entrar. Pero, nuevamente, la luz parece ser crucial sobre todo en términos de visibilidad y ordenamiento. Un espacio moderno sería aquel en el que la gente, los objetos y las funciones estuvieran permanentemente ordenadas y fueran por lo tanto visibles, todo lo contrario a las vecindades impenetrables o a la oscuridad de la covacha debajo de la escalera donde transcurría la vida de la familia del hipotético portero que Pani se imagina. Sólo así, sugiere Pani, el estado podría observar e introducir a través de sus expertos las medidas urbanas y pedagógicas necesarias para modernizar a la familia popular en sus hábitos higiénicos, formas de vida o maneras de habitar. Desde distintos ángulos, esto representaría uno de los grandes objetivos y debates de los expertos urbanos de la posrevolución por lo menos hasta los años sesenta.


 

Referencias: 

Pani, Alberto J. La higiene en México. México: Ballesca, 1916.  

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