30 diciembre, 2019

La espectacular arquitectura no vista

por Juan Palomar Verea

En estos tiempos tan dados al lucimiento y los aspavientos de ciertas construcciones que intentan sobre todo llamar la atención es fácil perder de vista a los muy numerosos ejemplos de arquitecturas racionales y justas o humildes y sencillas que por múltiples rumbos dan sus lecciones para quien sabe verlas.

¿Cómo intentan llamar la atención las construcciones supuestamente novedosas? A través de los efectos causados por estructuras rebuscadas, por gesticulaciones inútiles, por recubrimientos de relumbrón. Tratan de generar en quien las ve una sensación de nueva modernidad que más bien termina en lo simplemente novedoso, en lo efectista. Proponen la apariencia sobre la esencia, la supuesta suntuosidad sobre la sobriedad y economía de toda buena arquitectura.

¿A dónde volver los ojos ante este panorama? En primer lugar, habrá que decir que la arquitectura, así, sin adjetivos, responde puntualmente a las necesidades y las maneras de vivir de una comunidad, de un habitante. Tiene que ver con la justeza de los medios económicos empleados, con la adecuación de los sistemas constructivos, con la expresión general que responde a las aspiraciones más profundas de los usuarios.

Se podrá decir que, en medio del magma de confusión que ha hecho de la ciudad su campo de acción, tales ejemplares se pierden o de plano desaparecen en la multitud de lo construido. Y sin embargo existen por miles, y son distinguibles si se toma el trabajo de mirar con atención el contexto urbano. Están, desde luego, en las zonas más pobres de la ciudad, en donde el ingenio logra estructuras económicas y acertadas, en donde los sistemas constructivos son evidentes y racionales, en donde la búsqueda de expresión desemboca frecuentemente en soluciones que tienen altos valores estéticos, y no pocas veces un humor juguetón.

Existe, por otro lado, esa arquitectura casi siempre anónima que formó, digamos, desde 1920 a 1960, la corporeidad de muchas zonas de Guadalajara. Plena de lógica y sentido, llenó contextos enteros con estas cualidades que, como era esperable, bien han resistido el paso de las décadas.

En los barrios tradicionales abundan los ejemplos de una ejemplar modestia y sobriedad  que, ante una mirada serena, ofrecen una calidad que bien se podría llamar “espectacular”. Porque el espectáculo no se reduce, como quieren los publicistas, a lo llamativo y lo rimbombante, sino que tiene que ver también con lo que es digno de considerar, de contemplarse. Es materia para la reflexión y el aprendizaje. También, por supuesto, para el gusto. Al final, la arquitectura sin adjetivos, nutre el espíritu, da sentido y lógica a la vida.

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