12 octubre, 2013

La entropía de las cosas

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Hace poco, al poner mi teléfono sobre la mesa en una comida, un amigo me preguntó, ¿hace cuánto tienes ese teléfono? No tengo un Iphone. No es que no quiera, pero me regalaron un Galaxy hará unos tres o cuatro años y aun lo uso. Se me ha caído muchas veces y parece estar diseñado para que al chocar contra el suelo la parte trasera y la pila salgan volado, disipando la energía del golpe y manteniendo más o menos intacto el resto del teléfono. Aunque no siempre. Hace meses, creo que ya casi un año, mi teléfono cayó desde unos 40 centímetros de altura y pegó, de canto, contra el suelo. La pantalla se astilló, pero aun funciona. Como el Gran Vidrio de Duchamp guarda las marcas del accidente con una mezcla de garbo y estoicismo. Su resistencia ha hecho que yo no haya cambiado tan pronto como debiera al último Iphone de la serie —que es, evidentemente, lo que quiero hacer. Pero cierto comportamiento anacrónico me impide deshacerme de algo que, hasta cierto punto, aun funciona. A medias, pues: es cierto que ya muchas aplicaciones corren con tal lentitud y con tantas fallas que hacen dudar de la inteligencia de mi teléfono. Así que pronto, en cuanto el anunciado novísimo miembro de la línea apple esté disponible, mi viejo teléfono irá a la basura —que es donde pertenecen, hoy, las cosas que ya no se usan.

Pensando todo esto recordé lo que había anotado hace tiempo —en el 2007 para ser precisos— sobre algo que había leído. “Pensamos que demasiado rápido —escribí— nuestras cosas comunes y artefactos cotidianos se van convirtiendo, literalmente, en piezas de museo —o, diría hoy, en basura. Algunos piensan que son trucos sucios del mercado y sus señores, aprovechándose de los bajos instintos consumistas de las masas que carecemos de valores firmes, estables, definidos y definitivos y queremos siempre el último, el más reciente de esos aparatos que hace exactamente lo mismo que aquel que ya tenemos. Pero en su aguerrido libro Contra Debord, Frédéric Schiffter dice: «por mi parte me inclino a pensar que era antaño —cuando los hombres tenían la presunción de fabricar objetos y obras marcadas con el sello de la eternidad, que servían, por lo tanto, para enmascarar lo efímero y lo aleatorio— cuando sus producciones eran, de hecho, ‘espectaculares’. Ahora que los hombres fabrican a la ligera productos inmediatamente consumibles, la verdad se restablece: todo lo que se había representado como lejano —lo divino, el poder, la riqueza— se vive directamente. Destinada a las modas, a la gozosa repetición de lo nuevo, la mercancía abolió la distancia infranqueable de los trasmundos metafísicos y consagró la única temporalidad del instante. Tan pronto como se produce ya es lo bastante vieja para morir. La mercancía es un objeto anti-ideológico que nada tiene que ocultar y nada hace esperar. Lo contrario del fetiche. Gracias a ella, la vida se muestra como es: un género perecedero. Lo único que le falta la mercancía es la fecha de caducidad del placer que procura.»” Esa fecha ahora está inscrita, a posteriori, en los códigos de las aplicaciones cada vez más complejas que mi viejo teléfono batalla en entender. Por eso, más que por la pantalla fracturada, será que merezca descansar.

MP «Cell Phones» Chris Jordan

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