4 noviembre, 2015

La crisis de la crítica

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Que la crítica de la arquitectura se encuentra hoy en una situación por lo menos “difícil” es un dato que, creemos, no precisa ser demostrado.

Así, tajante, con una frase que, tal vez, es algo más que una petitio principii, empieza Manfredo Tafuri su clásica obra Teorías e Historia de la Arquitectura. La crisis de la crítica —que es fundamentalmente de lo que trata ese libro— es resultado de una pluralidad de visiones —las teorías— que ya no encuentran un asidero más o menos firme en la historia de la arquitectura —pensada como única y consistente.

Tafuri nació en Roma el 4 de noviembre de 1935. Tras recibirse, trabajó un tiempo bajo las órdenes de Ludovico Quaroni y en 1966 obtuvo la cátedra de Historia de la Arquitectura en la Universidad de Roma. Dos años después se convirtió en el director del Instituto de Historia en el Instituto Universitario de Arquitectura de Venecia. El libro que señalaba tan profunda crisis de la crítica apareció justo en el emblemático año de 1968. Un par de años antes Roland Barthes publicó un pequeño libro titulado Crítica y verdad. Para Barthes, en ese momento a lo que se llamó nueva crítica no se le toleraba que fuera un lenguaje desdoblado: un lenguaje que hablaba del lenguaje. Se le reclamaba entonces que fuera objetiva, a lo que Barthes respondía argumentando que toda la objetividad del crítico depende no de la elección del código para interpretar la obra, sino del rigor con el que aplique ese modelo elegido. El crítico —literario— es un escritor, como escritores son el poeta y el novelista, y la crítica no es distinta a la descripción de un mundo —más o menos real o más o menos ficticio. “Es escritor —dice Barthes— aquel para quien el lenguaje crea un problema,” ya sea al escribir una novela o al escribir de una novela. Para Barthes, la relación de la crítica con la obra sobre la que opera “es la de un sentido con una forma.” La crítica, dice, desdobla los sentidos al considerar que en la obra todo puede querer decir algo. Barthes termina afirmando la condición de crítico como comentarista, que, “por una parte, es un transmisor: reproduce una materia pensada,” mientras por la otra “es un operador: redistribuye los elementos de la obra de modo a darle cierta inteligencia, es decir, cierta distancia.”

En 1964, en el encuentro de Historia, teoría y crítica de la Arquitectura organizado por el Instituto Americano de Arquitectos en Cambridge, Massachusetts, Bruno Zevi leyó su conferencia Sobre la historia como un método para enseñar arquitectura. Era una crítica directa al rechazo —explicable por otro lado— que las vanguardias del siglo XX habían tenido por la historia y su enseñanza: pensaron que no había razón para ver hacia atrás y seguir llevando la pesada carga de la tradición a cuestas. Para Zevi, a la larga eso derivó no sólo en “la falla de la enseñanza de la historia y la crítica, sino también de la posibilidad de encontrar un método moderno para enseñar arquitectura.” La respuesta que Zevi proponía era una enseñanza que abandonara lo intuitivo y lo irracional y donde la historia usaría cada vez más los métodos del diseño y, en contrapartida, el diseño se serviría cada vez más de la historia y de la crítica. “Si la crítica de diseño en las mesas de dibujo, decía Zevi, se convertirá en científica, será adoptando el método histórico en un sentido activo y operativo. De otra manera, los críticos de diseño seguirán siendo prima donas expresando meramente sus sentimientos con un lenguaje muy pobre.”

En principio, pareciera que los puntos de vista sobre la crítica de Barthes y Zevi se oponen: éste parece buscar una objetividad científica en la historia gracias a la crítica mientras que aquél quiere liberar a la crítica de la carga histórica y volverla otra forma de producción del discurso. Sería poco crítico, tal vez, decir que ambos tenían razón o, para emplear el plural de Tafuri, razones, pero es cierto. Y también es cierto que ambos coinciden en hacer de la historia y de la crítica instrumentos fundamentales de una poética. Ambos hablan de ese sentido operativo. Sólo se puede conocer la historia siendo crítico y permitiendo que así pueda informar lo que hacemos hoy. No suena mal. Pero justo esa es la crisis a la que apuntaba Tafuri. Según explica Carla Keyvanian, la crítica operativa —aquella hecha supuestamente con los medios de la arquitectura para darle una utilidad práctica a la historia— construía mitologías con valores ideales que servían como modelos de diseño. Tafuri lo pone muy claro: “lo que normalmente se llama crítica operativa es un análisis de la arquitectura (o de las artes en general) que no tiene como objetivo una investigación abstracta sino la proyección de una dirección poética precisa, anticipada en sus estructuras y derivada de análisis históricos, distorsionada programáticamente y cerrada.” La crítica operativa, dice Tafuri, diseña la historia para sacar del pasado instrumentos de diseño que previamente colocó ahí. Según explica Mario Biraghi en su libro sobre Tafuri, Project of Crisis, en esa crítica existe —pre-existe, podríamos decir— una carga ideológica a la que, en el sentido clásico de lo ideológico según Marx, el propio crítico es ciego. La crisis de la crítica es una crisis de visión o, poniéndonos etimológicos, una crisis teórica. La historia, pensada a partir de Benjamin, nos permite entender el pasado desde el presente pero para redimirlo, no simplemente para reutilizarlo. En el segundo caso, la dimensión política de la historia —como una crítica de las ideologías y no como una crítica ideológica— desaparecería.

¿Qué es, entonces, criticar? En la introducción a Teorías e Historia de la Arquitectura, Tafuri dio su definición de lo que significa criticar: “recoger la fragancia histórica de los fenómenos, someterlos a una rigurosa valoración, descubrir sus mistificaciones, valores, contradicciones y dialécticas internas y hacer estallar toda la carga de sus significados.”

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