24 noviembre, 2021

La colonización de la cuenca de México

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Un valle y varias lagunas. Islotes, canales, diques y chinampas. Conocemos las recreaciones del paisaje que probablemente vieron Cortés y los hombres que comandaba al llegar al Valle de México. El cambio fue radical. Se dice que ha sido una de las mayores transformaciones del entorno geográfico emprendidas por la humanidad, y donde antes hubo un complejo sistema lacustre, hoy ha crecido una megalópolis habitada por más de 22 millones de personas. La batalla con el agua, sin embargo, jamás cesó. Donde antes había lagunas, ahora el agua escasea por temporadas —y en algunas partes de la ciudad, casi siempre—, y cuando llueve con fuerza, como llueve en este valle, el agua busca su cauce, provocando inundaciones o deslaves. La Ciudad de México, aunque no fuera causa y resultado de una de las mayores transformaciones del entorno emprendidas por la humanidad, sin duda es claro ejemplo de los resultados del colonialismo y del modelo extractivista que supuso.

El libro La caída de Tenochtitlán y la posconquista ambiental de la cuenca y ciudad de México, de Sergio Miranda Pacheco, da cuenta —como puede leerse en la contraportada— “de las transformaciones ambientales del paisaje del valle y ciudad de México antes y después de la caída y derrota de la ciudad indígena de Tenochtitlán hasta la primera mitad del siglo XX.” El libro es parte de la Colección México 500, publicada por la UNAM este año.

Desde la introducción Miranda plantea que “los humanos han aplicado al funcionamiento, forma, organización y vida de sus ciudades las mismas relaciones utilitarias que históricamente han practicado sobre la naturaleza y sus elementos.” Nos cuenta después que, cuando los mexicas fundaron Tenochtitlan hacia el año 1325, se encontraron con un entorno natural que los puso “ante el desafío de contener las inundaciones para el sostenimiento de su ciudad. Lo lograron —explica Miranda— mediante la construcción de un complejo sistema hidráulico articulado por canales, acueductos, lagunas, islotes y pantanos artificiales que alteró el ambiente y el paisaje.” Esas transformaciones, realizadas junto con los otros pueblos que habitaban en el valle, permitieron que para 1521 la ciudad de Tenochtitlan contara con cerca de 350 mil habitantes y el valle entero rondaba el millón de personas, resultando la región urbana más poblada del mundo en aquél momento.

Durante el sitio y conquista de Tenochtitlan, los españoles arrasaron con la ciudad y con el complejo sistema hidráulico que la alimentaba y protegía. “En una época tan temprana para la nueva ciudad como la década de los años treinta del siglo XVI —escribe Miranda—, el espacio construido por los mexicas como un reservorio de agua dulce al poniente de la ciudad indígena, se había convertido en un pantano salobre poco profundo.” Eso, apunta Miranda, sería un presagio de lo que seguiría:

En los siglos por venir, los desastres ambientales —sequías, inundaciones y, asociadas a éstas, epidemias— reincidieron sobre las poblaciones del valle y la ciudad, a la par que se incrementaba la riqueza de sus élites que, renuentes a convivir con las aguas, se aferraron al proyecto del desagüe —obra faraónica que garantizaría la seguridad de sus posesione, consumiría miles de vidas indígenas a lo largo de su secular construcción y que transformaría el paisaje y el ambiente en proporciones geológicas provocando nuevos problemas (urbanización sin control, enfermedades, hundimiento de los suelos, escasez de agua y tolvaneras, entre otros).

 

 

Tras la independencia, el modelo territorial colonizador y extractivista no cambió, sino que fue reforzado: 

Esta ideología pragmática y utilitaria que se impuso sobre la naturaleza y sobre las poblaciones del valle prevaleció desde la caída de Tenochtitlan, y en el último tercio del siglo XIX, encontraría una sanción “científica” que coincidiría con el establecimiento de un régimen centralizado y autoritario que, como el colonial, prolongaría su ideología racial y ambiental.

Como también ha contado el historiador Matthew Vitz en su libro A City on a Lake. Urban Political Ecology and the Growth of Mexico City, durante el porfiriato, los expertos urbanos y sanitarios “hicieron suyo el objetivo de lograr una ciudad higiénica para borrar componentes nocivos y viciosos de la vida moderna y alcanzar los requerimientos de crecimiento capitalista.” Tras la Revolución de 1910, el modelo urbano y territorial siguió por el mismo camino. Algunos aprovecharon las tierras ganadas al agua, haciendo negocio vendiendo terrenos sin ninguna urbanización y sin ningún servicio a la población más pobre que recién se establecía en la ciudad, propiciando que el deterioro ambiental y los problemas urbanos, además de la marginación social, se alimentaran y aceleraran mutuamente —algo que llega hasta nuestros días, como también la ideología extractivista que imagina al “progreso” como, digamos, construir un aeropuerto donde hubo un lago.

El libro de Sergio Miranda Pacheco —junto con otros como Impacto ambiental y paisaje en Nueva España durante el siglo XVI, de Marta Martín Gabaldón, Huemac Escalona Lüttig y Raquel Güereca Durán, publicado en la misma colección de la UNAM— nos muestran el alcance, por supuesto también territorial y ecológico, además de económico, social y cultural, que ha tenido la empresa colonial que aún hoy, a cinco siglos de la caída de Tenochtitlan, sigue en marcha.

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