17 septiembre, 2021

La ciudad que no existe. Conversación con Carlos Villasana

por Christian Mendoza

El Canal de la Viga, antes de ser una avenida principal, era un río (un canal de agua). Una residencia de una familia decimonónica de alcurnia fue demolida para poner, en su lugar, al Edificio Ermita. Unas edecanes posan frente a la lente de un fotógrafo que pareciera ser extranjero. Sus vestidos tienen el patronaje geométrico de la propaganda diseñada para las Olimpiadas de México, en 1968. Todas estas imágenes pertenecen al archivo personal de Carlos Villasana, investigador iconográfico y miembro del Colegio de Cronistas de México y fueron recientemente publicadas en el libro La ciudad que ya no existe (Planeta, 2021). Las fotografías que Villasana ha coleccionado a lo largo del tiempo ganaron relevancia desde que se abrieron las cuentas de Facebook y Twitter La Ciudad de México en el tiempo. Y todo comienza por una afición sembrada en el entorno familiar. “Mi padre era maestro de telesecundaria, y le tocaba ir a distintos lugares de la República para inaugurar los planteles. Además de que le gustaba mucho tomar fotos, me traía siempre postales de distintos lugares del país. Por otro lado, mi mamá es maestra de historia, por lo que siempre tuvimos libros con imágenes y crónicas. Eran lo que veía y lo que leía. Encima de todo, íbamos los fines de semana a La Lagunilla a comprar de todo: chácharas y postales”, cuenta el autor en entrevista para Arquine. “Ya más grande, cuando tuve el amor por las fotografías, los objetos y los libros, fue que empecé a recopilar imágenes enfocadas en la ciudad”.

La ciudad que ya no existe no reúne la colección en su totalidad, la cual puede ser consultada de manera más íntegra en las redes sociales. Según cuenta Villasana, las fotografías que la conforman salen de los tianguis, de aquellos puestos que guardan en cajas de zapatos las postales del pasado reciente de la ciudad. Además de que se encuentran albergadas en un entorno por demás urbano, las fotografías adquiridas tienen un nivel de especialización: “Tienes que conocer bien la ciudad, para que cuando veas las postales sepas qué es lo que estás comprando. Tienes que saber de edificios, de monumentos. Las imágenes que busco no son solamente de fachadas, sino de paisaje urbano, algo que te diga cosas sobre un lugar. Puede ser una construcción, pero también la gente, el entorno, los coches”, puntualiza Villasana. El tianguis puede ser visto como un archivo de imágenes históricas. “Tal vez en otros países no hay lugares a donde te puedas ir a encontrar todo lo que la gente tiró, a ver fotografías que no se sabe de dónde provengan. Los tenderos desconocen la historia que hay detrás. O luego es que en el tianguis se vuelven expertos. Saben lo que te gusta y lo empiezan a buscar para que les compres en tu próxima visita.” 

Las escalas que son tomadas en cuenta en La ciudad que no existe contemplan monumentos, paisaje o retratos de ciudadanía, estableciendo una relación contundente entre la ciudad y la vida cotidiana. “El libro contiene imágenes que son muy personales, retratos de gente que tienen en un segundo plano a la ciudad”. Pero las tipologías también estructuran al libro. María José Cortés, también investigadora iconográfica, filtró la colección de Carlos Villasana, dividiendo a las imágenes por transporte, personas y espacios icónicos. Sin embargo, la tensión entre la ciudad y el que la habita no deja de ser patente. Villasana lo explica de la siguiente manera: “En una imagen, un joven casi adolescente está teniendo una vida personal en su cuarto. En la imagen pareciera estar reflexionando, y afuera se ve una vida completamente distinta: está el Cine Lido. Otra ciudad completamente distinta a la de su casa. Hay otras fotografías excelentes de autores desconocidos que tal vez nunca supieron que fueran tan buenos. El libro arroja una nueva luz al ejercicio de la fotografía, y a las imágenes que tienen al entorno como el personaje principal. Aparece la ciudad que nunca hemos visto en los libros de texto”.

1968 fue un año medular para la Ciudad de México ya que la Olimpiada Cultural tomó espacios importantes de la capital con actividades, nueva infraestructura o recintos que serían inaugurados para la ocasión. Ese año tiene una aparición particular en La ciudad que ya no existe ya que el optimismo de algunas imágenes remiten, de manera inevitable, a lo sucedido el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas. “Le llegué a preguntar a mi mamá si ella se había enterado de lo ocurrido en Tlatelolco”, recuerda el cronista. “Ella era maestra, al igual que mi papá. Me contó que no le dio oportunidad de que mi papá fuera a la Plaza de las Tres Culturas. La historia ya inicia así, como algo difícil de digerir. Después me dijo que, conforme iba pasando el tiempo, se iban enterando de lo que estaba ocurriendo. Para ese contexto, las noticias no llegaban, por lo que el libro plantea un contraste interesante. Hay dos mundos, dos ciudades. Estaban los Juegos Olímpicos, con una fotografía de las edecanes posando, o el Auditorio Nacional con los anuncios de la olimpiada. La fotografía con las edecanes me parece increíble porque se capturó que estaban ante un fotógrafo. Es una foto que te habla de la moda, de esas dos partes que se encontraron en el 68. La de los Juegos Olímpicos y la imagen y el mensaje que se tenía que producir y, después, aunque en el libro no aparezca, Tlatelolco”.

Los cines llegaron a ser recintos importantes para la vida de muchos barrios de la ciudad. Antes de que muchos se perdieran en los sismos o que, en la década de los 90, se diseñaran salas de proyección que se pudieran reproducir fácilmente, algunos cines tuvieron un valor arquitectónico además de que funcionaron como un lugar de encuentro para los ciudadanos. “Tenemos el ejemplo del Cine Odeón, en la colonia Guerrero, una  mole inmensa, una joya arquitectónica que, además, funcionó como un cine de barrio. Hubo muchos cines en barrios muy modestos, pero el caso del Odeón es importante porque una obra de esa calidad estuvo en una colonia así. Y a uno ya se le olvida qué era tener un cine en la colonia, un edificio al que le tenías cariño, con miles de asientos y donde uno se encontraba con la comunidad. Ahora, tenemos estos complejos que proyectan muchas películas, que tal vez ya no activan una experiencia incluso arquitectónica, como la tenían los cines temáticos, como lo fue el Palacio Chino. Eje Central también tuvo un recinto importante: el Cine Teresa. Otros cines se perdieron en los sismos o en la construcción de los ejes viales.”

¿El título del libro habla de una ciudad con costumbres irrecuperables, de una ciudad de la nostalgia, de una ciudad a la que ya no podemos ver físicamente? “Hay un registro de lugares desaparecidos y con personas a las que, probablemente, les gustaba mucho la ciudad. También creo que muchas de estas fotos existen porque a muchos les gusta recorrer las calles. De muchos monumentos que se recopilan, no pueden ubicarse los espacios donde se encontraban. Muchos fueron demolidos cuando, por ejemplo, se amplió Paseo de la Reforma para conectarlo con Nonoalco-Tlatelolco. Muchas veces surge la duda de qué hubo en un espacio específico antes de que un edificio existiera. Muchos inmuebles no duraron más de 20 años porque eran públicos, y fueron borrados por las administraciones subsecuentes, o algunos se perdieron por una renovación del estilo arquitectónico”, comenta Villasana, a lo que añade la necesidad de tener más a la mano herramientas para saber apreciar la ciudad. “En la escuela, nunca nos enseñaron urbanismo ni algo que hablara sobre términos arquitectónicos, o algo que afinara nuestra percepción. La ciudad te rodea. Y hablando de una que es como la nuestra, tan abrumante en arquitectura, nos hizo falta identificar muchos elementos que antes estaban. Es posible que por eso se hayan destruido tantas cosas.”

Villasana concluye: “Si bien, muchas cosas que aparecen en el libro ya no existen, también se habla de muchas ciudades y de muchas transformaciones que ha tenido a una velocidad impactante. Incluso, muchas de las cosas que se han retirado, como una fuente o un monumento, ni siquiera llegamos a entender el por qué ya no están. No tuvieron el tiempo suficiente para generar identidad. Pero más que hablar sobre tipos de monumentos, la reflexión está en cómo la ciudad impacta en nosotros. Las personas que trabajaron en ciertos edificios, ¿qué pensaron cuando se modificaron con un cambio de gobierno o con los sismos? Una ciudad de nuestros antepasados o de nuestros abuelos quedó enterrada. Todo esto es lo que hay que traer a la conversación. También pensamos que hay algunos archivos para consultar esta historia, cuando hay muchos más  que incluso son públicos. La idea es encontrarlos, desempolvarlos, difundirlos. Los que están en los tianguis, por ejemplo”.

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