21 junio, 2017

La ciudad policéntrica

por Enrique Norten | @enorten_tenarqs

 

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En esta sección reproducimos, con permiso de sus autores, textos aparecidos en otros medios: columnas de opinión o crítica dirigidas no sólo al gremio sino a un público más amplio, con la intención de reflexionar, de una manera a veces más general, sobre temas que tocan a la ciudad, la arquitectura y el diseño.

 

Los chilangos vivimos en una ciudad excesivamente dispersa, extensa y sectorizada. Las distancias que recorremos cotidianamente son muy grandes y contamos con un muy pobre sistema de transporte público. El mayor síntoma que pone en evidencia este conjunto de padecimientos ha sido la «contingencia ambiental» a la que hemos sido sometidos y que nos ha afectado últimamente. Han sido muchas las concesiones que se han hecho al automóvil en la Ciudad de México, causa mayor del intenso tráfico y la nociva contaminación que sufrimos los capitalinos, síntoma de la falta de visión y planeación de nuestros profesionales en el tema y autoridades. Nos hemos preocupado demasiado por lo individual y poco por lo colectivo, esencia de la vida urbana.

Otras importantes capitales del mundo moderno se ocupan ahora en eliminar las autovías que construyeron en la segunda mitad del siglo pasado, que han desmembrado el tejido social y urbano de las mismas y en muchas ocasiones las han alejado de sus recursos y atractivos naturales. Igualmente, buscan soluciones para sustituir el us del excesivo número de metros cúbicos construidos destinados a estacionamientos, por otros tipos de ocupación relacionados con el desarrollo propio de los individuos y comunidades, y se esfuerzan por restringir la circulación excesiva de autos en sus centros más concurridos. Mientras, nosotros seguimos dedicando nuestros recursos a la construcción de múltiples viaductos urbanos —segundos pisos— y de estacionamientos, ya saturados e insuficientes aun antes de estrenarlos.

Los reglamentos de construcción siguen insistiendo en obligar a los constructores de nuestras ciudades a aplicar absurdos y obsoletos parámetros de cantidades de estacionamiento. Al construir en la Ciudad de México un edificio de oficinas, comercio o entretenimiento, se requiere destinar el mismo número de metros cuadrados de estacionamiento que de espacio para las diversas actividades de las personas que los ocupan. El caso de las construcciones residenciales no es mejor. En nuestra ciudad existen más de siete millones de lugares de estacionamiento para los 5.5 millones de automóviles y hay una importante escasez de vivienda digna. A modo de comparación, el rascacielos conocido como The Shard, es el más alto —87 pisos— y uno de los más recientes edificios multiusos construidos en el centro de Londres y cuenta con 48 lugares de estacionamiento. La Torre Bancomer, en la Ciudad de México —52 pisos— tiene 3 mil cajones de estacionamiento, los mínimos necesarios para cumplir con nuestro obsoleto reglamento de construcción.

Además de restringir el uso del automóvil —reduciendo las oportunidades de estacionamiento y encareciendo su uso— y de reforzar los sistemas de transporte colectivo, es indispensable atacar el mayor problema de fondo: reducir la necesidad de desplazamiento de los habitante de la Ciudad de México. Muchos se preguntan si es tarde para remediar esa falta de visión que hemos tenido durante años y cuáles podrían ser algunas de las opciones para esta megalópolis de más de 20 millones de habitantes. Durante la anterior administración de nuestra ciudad, dirigida por Marcelo Ebrard y apoyado por sus cercanos —y muy valiosos— colaboradores, los economistas Mario Delgado y Edgar Amador, se planteó un muy interesante nuevo modelo para nuestra ciudad que se superpondría a la actual conservando sus múltiples virtudes. Este plan consistía básicamente en crear una nueva trama urbana identificando y conectando los nodos de transporte colectivo que de manera orgánica y natural se formaron en la ciudad. Se construirían en estos sitios modernos centros de intercambio de modos de transporte (Cetram) que provocarían el desarrollo permitido y regulado de densos conjuntos de demografías y usos mixtos donde las personas tuvieran oportunidad de vivir, trabajar, estudiar, etc., y que además contarían con servicios necesarios que permitieran a su población permanecer y, por tanto, desplazarse lo menos posible. Todos estos nuevos centros neurálgicos estarían conectados por un eficiente sistema de transporte público compartido. Una nueva ciudad policéntrica, más densa y diversa, se superpondría a la ciudad dispersa y sectorizada que vivimos.

Aunque parezca la descripción de una utopía urbana, este es un plan perfectamente factible y realizable. Desafortunadamente, y aunque se tenía la convicción de que se realizaría durante la presente administración, esta visión ha sido diluida y minimizada, resultando en la construcción actual de unos pocos, aislados y desconectados centros de intercambio modal, que contribuirán escasamente a la resolución de nuestros problemas fundamentales. Sin embargo, aunque hemos perdido algunas batallas, la guerra por transformar la ciudad no se ha terminado. Tengo la confianza de que sabremos aprovechar las oportunidades que todavía tenemos en Chapultepec, Taxqueña, Ecatepec, Tacubaya y sobre todo Observatorio, entre otros, y que tienen la gran vocación de convertirse en estos nuevos centros de ciudad, densos y multifuncionales, articulados por espacios públicos bien diseñados y proporcionados, que nos permitirán reconfigurarse y reinventar nuestra gran Ciudad de México para beneficio de la calidad de vida y el bienestar de todos los mexicanos.

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