1 enero, 2014

La ciudad eterna (e inabarcable)

por Pablo Martínez Zárate

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Cineastas tan distantes como Rossellini y Greenaway lo han intentando. Muchos otros también. De Sica desde los pasos de un viejo y su perro inseparable, Flike. Jarmush desde las manías de un Benigni que provoca un ataque a un sacro pasajero en su taxi, de tanta picardía romana. Por supuesto, Fellini y Antonioni también. Varios han logrado captar fragmentos de la esencia universal de la Cittá Eterna, pero Roma parece fugarse constantemente de la cámara, siempre obsesiva.

En eso quizás la palabra es superior. Si bien la cámara y la ciudad guardan una relación de complicidad, la palabra no depende de la referencia visual. La palabra permite que el espectador invente la imagen, antes incluso que su interpretación de la misma. La palabra es anterior a Roma, la cámara no. Una ciudad tan poderosa espacialmente (arquitectónicamente) como Roma, no puede sino opacar al ojo mecánico, minimizarlo a un insignificante insecto que busca chupar la esencia de la roca y contra quien basta la más ligera ventisca para lanzarle al aire de vuelta, en busca de otros territorios.

No obstante, los esfuerzos continúan. Quizás Roma representa la conquista final del cine, su punto más alto. Una vez que Roma sea conquistada por la narrativa cinematográfica, el cine habrá terminado. Probablemente. El más reciente esfuerzo ha llamado la atención de la crítica desde su estreno. La Grande Belleza, dirigida por Paolo Sorrentino, sugiere en su nombre lo dicho hasta este punto. Porque además, con tan sólo ver el trailer, podemos intuir lo que está detrás de la esquiva esencia total de Roma: su fugaz belleza no está únicamente en la arquitectura, sino en la forma en que sus monumentos, sus plazas y sus avenidas han cobrado forma a lo largo de los siglos.

Ya nos acercamos al amorío entre la urbe y la imagen en movimiento. Amorío pasional que sigue evolucionando conforme el cine digital se apodera de la sensibilidad fílmica (ya llegaremos a ello en el próximo artículo). Roma parece ser la femme fatale. La que nos seduce sin importar lo que hagamos e irremediablemente, conforme más nos obsesionamos con su imagen, más inminente la decepción amorosa, el corazón hecho trizas. Por fortuna, Roma tiene tal poder de seducción que hasta el desamor más desgarrador se olvida con tan sólo ver de nuevo, aunque sea por un segundo, alguno de sus millones de rostros. Puede traicionarnos o rechazarnos a diario. Incluso así, nos enamoramos de ella cada vez que sale el sol (o se oculta).

Rodamos la cinta o las cifras en el disco duro sin cansancio, esperando que esa luz cabal, ese halo que la hace la conquista final del cine, bañe aunque sea uno de los cuadros de los miles que conforman la película. Si lo logramos, entonces podemos presumir que fuimos amados por la más grande y hermosa de todas: la ciudad inabarcable.

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