24 abril, 2017

La ciudad que vivimos

por Christian Mendoza

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Estos días apareció un texto de Tamara Velázquez desde su cuenta en Medium titulado “No, Mexico City is not The New Berlin: A Response to Vice” que, afortunadamente, fue compartido por una cantidad decente de lectores. Los contrapesos siempre son necesarios y, ahora, me gustaría continuar con las réplicas a un debate que, para bien o para mal, id-vice planteó, primero, con este texto que preguntaba, de manera un tanto retórica, si la Ciudad de México es el “Nuevo Berlín” y, después, con este otro, que es una nota de viajes con invitación a mudarse a la capital mexicana.

La discusión sobre la ciudad debe ser permanente; es el territorio del futuro y cuya importancia empezó a construirse siglos atrás. Es el sitio que nos encontraremos habitando. Ante este panorama, la mirada debe ser mucho más sostenida, y las perspectivas deben seguir compartiéndose a pesar de la temporalidad mediática.

Nací en la Ciudad de México, pero me crié en Chalco, territorio conurbado de la zona oriente del Estado de México. La concepción del suburbio mexiquense es un experimento con una historia muy específica: tras el terremoto del 85, las posibilidades de vivienda urbana se vieron suspendidas, por lo que muchos ciudadanos tuvieron que dirigirse hacia las periferias. Esas periferias crecieron y se articularon de tal manera que, desde un posible punto de vista cartográfico, son una mera extensión urbana. ¿Qué es lo que las vuelve esa suerte de provincias lejanas a las zonas más céntricas? Si sales de Chalco a las 9 de la mañana para dirigirte, por ejemplo, a la colonia Condesa, tienes que tomar tres medios de transporte público para hacer un trayecto total de dos horas y media, algo que es común a los traslados desde cualquier otra periferia, como Jardines del Pedregal en el sur o Naucalpan en el poniente. Sinceramente, yo hubiera preferido continuar viviendo un poco más de tiempo en Chalco, pero el tiempo que uno pasa en el transporte público disminuye la calidad de vida, así que forcé mi independencia y me mudé a la ciudad.

Los obstáculos más desesperanzadores con los que me enfrenté fueron la dificultad para encontrar un lugar para vivir y los altos costos en rentas. Esta no es sólo mi historia, seguramente es algo que muchos compartimos en la ciudad. Finalmente, encontré mi primer hogar en la calle Victoria, en el Centro Histórico.

Más tarde, me mudé a la Colonia Narvarte Poniente, un barrio primordialmente familiar y constantemente patrullado. Durante los primeros meses de mi estadía, comenzó a faltar el agua en el edificio. Bastó un rápido censo a los vecinos para que me enterara que la falta de agua era común no sólo en esa calle, sino en toda la delegación. Es una imagen irónica que en estructuras que cuentan con estacionamientos y jardines de azotea llegue a hacer falta un servicio que la actual constitución de la ciudad considera un derecho.

Al margen de mis experiencias individuales, me permitiré ampliar las miras. Con la simple mención de algunos hechos ocurridos en la Ciudad de México —entendiéndola como un territorio total y no sólo como las inmediaciones de tres colonias—, podemos hacernos de una idea de lo complejo y difícil que es habitar este territorio: los habitantes de Iztapalapa cierran autopistas fundamentales en protesta por la falta total de agua; las protestas que llegaron a tomar al Zócalo sin impedimentos de las autoridades ahora son brutalmente reprimidas; en un restaurante de la Condesa, colonia que se presume cosmopolita, le niegan el servicio a clientes transexuales y la población indígena, ese fantasma cuya existencia pública nunca queremos reconocer del todo, continúa irrumpiendo en las mesas exteriores de los restaurantes de moda.

Por supuesto, también hay arte contemporáneo, galerías, conciertos y comida de vanguardia. Pero hay construcción y celebración de ciudadanía y de espacio público: los vecinos de Mixcoac se unieron contra el ecocidio perpetrado por la gestión en turno; cada domingo en Reforma la bicicleta es el medio de transporte protagónico en contraste con los automóviles, y los deportistas al aire libre se oponen a las privatizaciones de los parque que utilizan para hacer ejercicio. Pero estas aristas de la ciudad forman parte de una serie de contrastes que dibujan, por un lado, un territorio propio. Ésta es la Ciudad de México, con sus contradicciones, sus problemas y sus glorias. No es Berlín, ni el de hoy ni el de los años 70, no es el París de los 20; no una simple extensión de Europa. La Ciudad de México es mucho más amplia y compleja que una recomendación de restaurantes y museos. Las personas que realmente habitan esta ciudad —porque habitarla es también apropiarse de sus problemas— no pasan un día sin padecerla tanto como la disfrutan, acaso más.

No podría decir que los textos que ven la Ciudad de México como el “nuevo” Berlín operan desde ese campo. Al contrario, describen, desde la ingenuidad turística, una ciudad fácil de habitar, barata y hecha para cosechar los privilegios. Esta ficción urbana resulta problemática. Es una idealización que, tal vez sin malas intenciones, ha sido cómplice de que, por sólo mencionar uno de los muchos factores, la vivienda en ciertas zonas sea cada vez menos asequible para los locales.

Cualquier texto sobre la ciudad, aún cuando la celebre, no debería perder de vista ciertas responsabilidades críticas: ¿qué otras vivencias han tenido en esta capital?, ¿qué diferencias hay con las ciudades de Europa?, ¿el transporte público funciona o satura todavía más a la ciudad?, ¿se sufre acoso por su género o preferencia sexual?, ¿por qué no hay opciones dignas de vivienda para jóvenes o adultos mayores?

Se trata de saber de la ciudad que viven, no de la que imaginan.

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