4 diciembre, 2012

La ciudad de los libros como imagen

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Hace poco discutía con algunos amigos sobre los proyectos arquitectónicos de Conaculta en este sexenio. Les decía que, resumido en una palabra, pensaba que estaban mal. Les di tres razones. Primero, una que ya he comentado [La arquitectura del sexenio, Arquitectura y democracia: no sin concursos y Que doce años no es nada], la manera como fueron asignados los proyectos: directamente y sin que mediara ningún concurso real, esas licitaciones entre tres firmas para ver cuál cobra menos honorarios no son, lo sabemos, concursos. La segunda razón, el tiempo, o más bien, su carencia. Se trata de obras proyectadas y construidas en un tiempo menor al que requieren lo que tiene consecuencias visibles y negativas: fallas en la planeación, una construcción nada cuidadosa cuando no francamente mala, un sobreprecio en la misma construcción a causa de las prisas y, muy frecuentemente, la inauguración de obras no terminadas y que muchas veces no lo serán como estaba planeado, menos cuando no se garantiza una continuidad institucional. La última razón, me parecen ocurrencias. La mayoría de esas obras fueron pimpeos de instituciones ya existentes, lo que pareciera ser una afirmación de la efectiva distribución de la oferta cultural en el país, algo que es totalmente falso.

Visité lo que bautizaron como La ciudad de los libros y la imagen en La Ciudadela. Confieso que iba predispuesto a encontrar todo medianamente mal. Cuando entré, una sinfónica ofrecía un concierto en uno de los patios. Había gente entrando, sentándose a oír la música y recorriendo las distintas bibliotecas. Pensé que lo correcto sería escribir que no, que me había equivocado y eso no estaba mal, al contrario. Pero me tomé el tiempo de recorrerla con calma y cambiar de opinión. Arquitectónicamente, el proyecto general de La Ciudadela, de Bernardo Gómez-Pimienta y Alejandro Sánchez, es bueno, hace que el viejo edificio –una fábrica de tabaco construida en 1807– recupere cierta presencia que había perdido con la mala intervención de Abraham Zabludovsky en 1988. Dentro de La Ciudadela se conservan por ahora las bibliotecas privadas de Carlos Monsiváis, José Luis Martínez, Jaime García Terrés, Alí Chumacero y Antonio Castro Leal. Cada biblioteca ha sido diseñada por un grupo de arquitectos distinto, aunque las diferencias entre cada una son sutiles: todas son una organización más bien clásica de libreros y algunas sillas y mesas. La factura de la construcción, tanto en los patios como en los fondos reservados es buena, aunque lo que inauguraron Calderón y Sáizar el pasado 21 de noviembre es la mitad del edificio completo: la otra parte sigue en obra.

Que el estado decida resguardar íntegras las bibliotecas personales de destacados escritores e intelectuales mexicanos es, sin duda, una idea necesaria y buena. ¿Por qué digo entonces que lo de La Ciudadela está mal? Cualquiera que haya ido a la Biblioteca México antes de su renovación sabe que funcionaba como una gran biblioteca de barrio. Con sus 450 mil ejemplares del Fondo México y el Reservado, era una gran sala para que estudiantes, principalmente de secundaria y preparatoria, hicieran sus tareas. Cuando, durante el gobierno de Fox, se hizo la Biblioteca José Vasconcelos –un concurso en el que participamos más de 500 oficinas de arquitectos y siete en la segunda fase, calificada por un jurado internacional de una docena de arquitectos y especialistas– la idea era construir “el cerebro” de un sistema nacional de bibliotecas que contaría con un acervo de más de 2 millones de libros. En la actualidad sigue sin pasar el medio millón con que se inauguró y, como pasaba en la Biblioteca México, funciona principalmente como un espacio para que jóvenes estudiantes hagan sus tareas –lo que, finalmente, no está mal. Pese a no ser la gran biblioteca que el gobierno de Fox prometió, es uno de los mejores edificios públicos que se hayan construido en México en las últimas décadas.

La nueva Ciudad de los libros y la imagen –al menos como la inauguraron Calderón y Sáizar– ya no es nada de eso. Es una elegante colección de colecciones de libros, ni siquiera de bibliotecas, en el sentido literal. Cuando se entra a cada uno de los fondos reservados, nos encontramos con una idealización casi fetichista de la biblioteca de sus viejos propietarios. Los libros están organizados, supongo que siguiendo la manera personalísima como lo hacían sus dueños, aunque al ser espacios distintos a aquellos que originalmente los albergaban, la exactitud de la reconstrucción es dudosa. Si uno quiere buscar un libro debe hacerlo en el catálogo en alguna de las escasas computadoras que hay en cada biblioteca o intentar que el espíritu de Monsiváis o García Terrés nos guíe hasta la obra que deseamos. También se puede tomar un libro al azar y sentarse en alguna de las 15 o 20 sillas que hay en cada biblioteca, sí: 15 o 20. Y si los encargados del fondo salen, el fondo se cierra, me pasó.

La experiencia debe ser invaluable para las decenas o acaso cientos de investigadores de la vida y obra de Monsiváis, García Terrés, Castro Leal o Martínez, y es interesante para los que nos gusta husmear en bibliotecas ajenas. Yo abrí varios libros de la de Monsiváis, tratando de encontrar lo que subrayaba pero, de siete libros que vi, sólo uno –sobre la vida de Fidel Velázquez– tenía algunas marcas: líneas verticales hechas con pluma al margen del párrafo que le interesó. También descubrí que Monsiváis compartía conmigo la afición por comprar colecciones de libros baratos en puestos de periódicos. Tiene, como yo, la biblioteca Borges, la de grandes pensadores de editorial Sarpe y la biblioteca de divulgación científica «Muy interesante» de ediciones Orbis. Son libros impresos en un muy mal papel que hoy, a menos de 30 años de haber salido a la venta, ya tienen las hojas amarillas y quebradizas. Imagino los esfuerzos que en pocos años habrá que hacer para conservar tales tesoros bibliográficos.

En la biblioteca de Alí Chumacero están, entre otros, varios ejemplares de los breviarios, de la colección popular y de las lecturas mexicanas del Fondo de Cultura Económica –pensándolo bien, creo que debo decidir a quién donaré mi biblioteca. ¿Exagero?, sí. También hay muchas obras valiosas y claro que lo más valioso son las colecciones completas y lo que nos revelan de quienes las atesoraron. Pero, pese a la belleza de los patios restaurados y de las bibliotecas recién adecuadas, ¿era ese el lugar para esa nueva institución? ¿a dónde se irán a sentar a hacer la tarea los cientos, si no es que miles de adolescentes que cada tarde llenaban la Biblioteca México, además de las exposiciones y el cineclub que ya funcionaban ahí? ¿se trataba de hacer elegantes bibliotecas de libros inalcanzables para sustituir otra siempre llena de jóvenes que seguramente no leían más que lo que la tarea les exigía, pero algo es algo? Eso, miles de jóvenes atareados, contrasta, por supuesto, con la idea de un fondo reservado para conservar bibliotecas de personajes notables.

Hace poco leía un largo texto de Paul Goldberger en Vanity fair sobre la Biblioteca Pública de Nueva York, su renovación a cargo de Sir Norman Foster, y la oposición de los usuarios a que sus más de 2 millones de libros fueran llevados a Nueva Jersey, y sustituidos por versiones electrónicas y la promesa de poderlos consultar dos días después en la biblioteca niuyorquina. En la ciudad de méxico, si quiere ir a la Biblioteca Nacional, hay que llegar al Centro Cultural Universitario, en Ciudad Universitaria, siempre que no sean vacaciones, cuando el sindicato la cierra. La Vasconcelos, como ya dije, nunca rebasó los 500 mil libros con que fue inaugurada, aunque cumple bien aquella función que también tenía La Ciudadela: una gran sala para hacer la tarea. Hoy ésta última, renovada, se llama ciudad de los libros y la imagen, aunque el nombre debiera ser La ciudad de los libros como imagen –lo que se demuestra en la exposición del gran fotógrafo y productor de telebasura Pedro Torres, con la que se adorna uno de los patios–. Muchos libros están a tres o cuatro metros de altura y aunque hay escaleras, no es fácil verlos o alcanzarlos. El colmo es la librería Alejandro Rossi donde también los libros, que uno debiera poder ver y hojear para decidirse a comprarlos, están allá arriba, a cuatro metros de altura, o bajo un suelo de vidrio, como hallazgo arqueológico, guardados cual objetos preciosos e inalcanzables.

En fin, lo confirmo, además de ser una obra asignada a arquitectos por la voluntad personal de una funcionaria, planeada y construida en un tiempo ridículamente menor al que se necesitaba, se trata de una ocurrencia que hace de los libros y la lectura un gusto privado, entre elegante y fetichista, cancelando así un espacio que, aunque feo y descuidado, era utilísimo –y no se por qué supongo que eso a Jaime García Terrés, director de la Biblioteca México, no le hubiera gustado mucho. Resumiendo, como le decía a mis amigos, La ciudad de los libros –como otros proyectos arquitectónicos encargados por Consuelo Sáizar este sexenio– está mal.

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