22 junio, 2013

La ciudad como laboratorio o el laboratorio para la ciudad

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Herbert A. Simon fue —según se lee en Wikipedia— científico, economista, sociólogo, psicólogo y profesor, cuyos campos de interés iban de la psicología cognitiva a la computación, la administración y la filosofía de la ciencia. En 1975 recibió el premio Turing, por su investigación sobre la inteligencia artificial, y en 1978 el Nobel de economía por su trabajo sobre la toma de decisiones dentro de organizaciones económicas. En 1996 Simon publicó un libro titulado The Sciences of the Artificial. Al inicio, Simon planteó la distinción entre dos ciencias: las naturales y las artificiales. “La tarea central de una ciencia natural es hacer de lo maravilloso un lugar común: mostrar que la complexidad, vista de una manera correcta, es sólo una máscara de la simplicidad; encontrar el patrón escondido en el caos aparente.” Las ciencias naturales se basan en el análisis. Por otro lado, las ciencias de lo artificial son aquellas que permiten, a partir de lo simple, construir sistemas complejos; no son descriptivas como las naturales: no dicen cómo son las cosas sino muestran cómo pueden ser; son, finalmente, sintéticas. La(s) ingeniería(s) y, sobre todo, el diseño, son ejemplos de ciencias de lo artificial —cabe cuidarnos de concebir al diseño sólo como la producción de objetos ornamentales y simbólicos además provistos de una función. Las ciencias de lo artificial producen —casi por evidencia lingüística— artefactos. Un artefacto, explica Simon, “puede entenderse como el punto de encuentro —la «interface» en términos actuales— entre un ambiente «interno», la sustancia y organización del organismo en sí, y un ambiente «externo», el entorno en el cual opera.”

A partir del párrafo anterior podemos preguntarnos si la ciudad puede entenderse como un artefacto: el artefacto por excelencia: la interface entre el afuera radical —la naturaleza— y un ambiente interno organizado según sus propias reglas y leyes para cumplir con ciertos fines, o si la ciudad es ya, sin otra opción, una nueva naturaleza: el entorno al que a su vez responderán ciertos artefactos. La pregunta, en el fondo, es si puede haber —para recordar el clásico título del libro de Rossi— una —o varias— arquitectura(s) de la ciudad. ¿La ciudad se diseña? Podría parecer una pregunta ociosa: por supuesto se dirá: no habría ciudades sin la intervención consciente de quienes la construyen. Hay diseño urbano y en eso intervienen urbanistas, economistas, sociólogos, geógrafos e incluso arquitectos. Pero entonces vendría otra pregunta: ¿cómo se diseña la ciudad? Para Simon las ciencias de lo artificial construyen conocimiento y entienden lo que deben hacer a partir de simular. “La simulación —dice— es una técnica para lograr el entendimiento y predecir el conocimiento de sistemas que precede, por supuesto, a la computadora digital.” Una maqueta o un prototipo son formas de simulaciones que ayudan a prever comportamientos y procesos complejos.

 ¿Podemos construir un modelo de la ciudad? No sólo una maqueta a escala que incluya todo lo construido, la topografía y la infraestructura —lo que ya se revela asaz complejo—, sino un modelo donde lo que tiene lugar en ese contexto —flujos de personas y vehículos, pero también de productos e incluso algunos menos tangibles pero cuyos efectos son tan físicos como una carretera o un rascacielos. Hay algo que hace pensar que el único modelo capaz de servir como simulación de la ciudad sería la ciudad misma —algo parecido al mapa borgiano que, para representar con absoluta fidelidad el territorio, lo recubre. La opción es, por supuesto, no tomar a la ciudad como un todo sino como un sistema de sistemas. Estudiar por separado cada uno de los procesos, ciertas relaciones físicas y estructurales entre ciertas partes, asumiendo que funcionan como sistemas más o menos autónomos y que por tanto se pueden regular sin tener que dar cuenta del sistema completo.

Supongo que esa será una de las estrategias del recién fundado Laboratorio para la Ciudad, “el área para innovación cívica y creatividad urbana del Gobierno del Distrito Federal”. Los grandes retos de este laboratorio —o de cualquier otro laboratorio urbano, supongo— serán, primero, entender cuáles sistemas urbanos pueden estudiarse y transformarse dentro del contexto especial que implica la misma noción de laboratorio —logrando un balance adecuado entre las necesarias respuestas a condiciones de urgencia y planteamientos que, desde cierta perspectiva, podrían parecer utópicos— y, en segundo lugar, lograr implementar esos sistemas estudiados y transformados de nuevo en el sistema de sistemas que es la ciudad real. Dicho de otro modo, y con un peso específico en el contexto local de una ciudad donde muchas decisiones gubernamentales parecen no siempre seguir ni al estudio ni a la planeación, lograr que la simulación no se quede en simulacro —del éxito de labores como ésta dependerá la confianza que nuestros gobernantes, tan dados a la improvisación, tengan en las ciencias de lo artificial.

V

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