12 enero, 2018

La ciudad como etiología

por Christian Mendoza
Fotografía: Pedro Hernández Martínez

 

En las entradas que conforman el blog Madrid es periferia, la escritora española Elvira Navarro comenta sus recorridos alrededor de la capital española, y señala aquellos espacios cuya urbanidad se encuentra más bien indeterminada. Ante la imagen de la ciudad como un objeto funcional y siempre populoso, Navarro registra proyectos inmobiliarios que fallaron y cuya arqueología permanece, terrenos baldíos y calles que, en su integridad, son ocupadas por negocios provocando, así, que durante la noche se vuelvan tránsitos solitarios donde se propicia el crimen de poca monta. Igualmente, la perspectiva de Navarro deja constancia de aquellos espacios de artificio que colocan sobre el terreno urbano experiencias parecidas a otras que se viven en regiones ajenas a lo urbano, como el campo de la Ciudad Universitaria madrileña, una zona verde enmarcada por autopistas. Esta colección de espacios bien podría tomarse como un posible llamamiento, una señal de lo que también deberíamos contemplar cuando miramos a la ciudad contemporánea. La ciudad también está conformada por vacíos e inutilidades, y ambos extremos bien podrían tomarse como síntomas no sólo de políticas públicas, sino también de formas subjetivas de habitar. En el registro de la subjetivación, Navarro ha construido un relato que posiciona a la ciudad como etiología de la enfermedad mental.

Fotografía: Pedro Hernández Martínez

 

Probablemente, Madrid es periferia sea el anteproyecto para la novela La trabajadora. Publicada por Random House en 2016, la trama sigue la vida de una correctora de estilo que es empleada de planta de una editorial. Después de una crisis de la empresa, la protagónica logra conservar su trabajo como freelance, situación que la hace mudarse de un piso propio a otro mucho más modesto, el cual tiene que compartir. A partir de este momento, la mujer sufre un cambio corporal. El nuevo departamento continúa estando bajo su responsabilidad como arrendataria, aunque su privacidad y la forma en que ocupa ciertas estancias de la casa se encuentran marcadas por la limitación de lo compartido. Compartir una casa por necesidad es también imponerse una convivencia cuyos umbrales rozan, continuamente, lo invasivo al tiempo que lo comunal. A partir de estos dos extremos, la novela define al departamento como la simulación de una casa, una zona gris que no termina de pertenecerle a ella y tampoco a su compañera de cuarto. Y se agrega un dato más: se nos dice que la trabajadora se encuentra calificada con los más altos niveles académicos y profesionales, y gracias a su formación, también ha tenido que ocupar diversos departamentos de maneras más bien evanescentes: sus estancias en el extranjero se terminaban cuando los periodos de sus becas finalizaban. Mientras tanto, la editorial le envía manuscritos cada vez más exigentes, aunque los atrasos en sus pagos se prolongan cada vez más. La situación económica que comienza a experimentar genera una ansiedad que, más tarde, se convierte en un diagnóstico psiquiátrico —en el texto, la economía es una medida de salud— en el cual la ciudad tuvo mucho que ver. Conforme los episodios de ansiedad son más constantes, el personaje comienza a recorrer obsesivamente Madrid. Las caminatas suceden a lo largo de grandes planicies de arena, los cráteres que anuncian que ahí se levantará una construcción. Y el producto final de esa esterilidad en el suelo es también la esterilidad. La trabajadora se da cuenta que la ciudad abunda en edificios vacíos, escasamente habitados por negocios y por una población indigente que, durante las noches, ocupa ilegalmente esas estructuras para montar un hogar clandestino. Que la gente se busque un techo dentro de edificios que nadie ocupa de por sí es una actividad ilegal.

Fotografía: Pedro Hernández Martínez

 

Las líneas que marca la novela entre el adentro y el afuera son difusas ya que la inestabilidad de los espacios —inestabilidad en tanto que se encuentran vacíos pero no por ello son ruinas, todo lo contrario, se tratan de edificios modernos, estructuras tangibles que delimitan las calles; o bien, forman parte de una economía precaria en la que, aún cuando en tu departamento pongas en renta una habitación, el dinero no termina de alcanzar— forma parte tanto de los entornos domésticos como del paisaje general. Esa misma inestabilidad se traduce igualmente a esa ansiedad que altera a la protagonista. La ansiedad, causada por su inminente pobreza, se acrecienta cuando encuentra una abundancia de edificios cuya funcionalidad se puede explicar a costa de ella, una habitante de la ciudad que necesita de una renta más barata y de servicios que sean más accesibles y asequibles. Ciertamente, el paisaje urbano de la novela no se desentiende  de un contexto económico. Ese desierto de edificios terminados no estimula ningún tipo de capital local, ya no digamos el representado en franquicias, y tampoco funciona como una posibilidad para la vivienda. Esos edificios vacíos son una economía en sí misma: la de la construcción a pesar de las personas que no sólo habitan la ciudad, sino que forman parte de su plusvalía. No sólo te será imposible costearte una vida más o menos digna en la ciudad, tendrás que trabajar dentro de sus perímetros y serás dependiente de aquellos servicios que pueda ofrecerte, como el transporte o la comida. Se trata de una opresión que opera tanto en los niveles físicos de lo que podríamos entender como “mano de obra”, así como en los que atañen a lo neurológico: el cansancio de esperar el pago, el miedo de no poder completar el monto de la renta,  el vacío que se experimenta ante el vacío de los edificios.

Fotografía: Pedro Hernández Martínez

 

Por supuesto, Navarro fabula un exceso de la inmobiliaria actual. Pero la novela resulta un contrapeso interesante. Son varias las voces que construyen una retórica apologética en torno a una ciudad que no le pertenece a nadie. Según esa retórica, las nuevas generaciones tienen una oportunidad de emanciparse de las nociones de propiedad para vivir colaborativamente, teniendo a su alcance toda la oferta que sólo una ciudad puede albergar. Pero, al margen de la vivienda, ya se sabe que la ciudad es el territorio en el que se está jugando el futuro económico de la mayoría de los habitantes del planeta. Por ello, la ciudad no es esta experiencia por elección. La ciudad es un dispositivo del que dependemos, y por eso mismo, uno que bien puede explotarnos.

La ciudad de La trabajadora no es habitada más que por los cascarones inmobiliarios. Los demás son simples recursos humanos que trabajan para ese gran vacío.

Fotografía: Pedro Hernández Martínez

 






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